Don Alfonso de la Mancha

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Hacía calor en Lezuza. O en Munera. O en Toboso. Ya no lo recuerdo. Era un pueblo de la Mancha. Un solitario conjunto de casas blancas, soleadas y frescas. En una habitación, Alfonso, un joven sudoroso y algo desquiciado, terminaba de leer Ivanhoe. En una repisa, desordenados, otros títulos se amontonaban como una pira de leña. El último mohicano. El tango de la guardia vieja. Tirante el Blanco. Y se dijo: yo también quiero ser caballero. Bajó al patio. El sol perfilaba la tarde de una luz indecisa. La cuadra se había convertido hace tiempo en un desván y comenzó a buscar, entre los objetos más variopintos, algo que le sirviese de armadura. El ajetreo atrajo a su primo Pancho.

-¿Qué buscas?

-¡Cómo osáis –rugió Alfonso desde dentro- tutearme! Soy un caballero. ¡Tratadme como tal!

El chaval de ocho años dudó. Pero abrió los sorprendidos ojos al contemplar a su primo con almohadones atados en el torso, una pértiga en la mano y la cabeza cubierta por un viejo cubo de latón.

-¡Tú, deslenguado! –gritó Alfonso señalando a Pancho-. Tú serás mi escudero. Si me sirves bien te haré gobernador de una ínsula. ¡Sígueme!

En el corral, rodeado de gallinas, un viejo y delgado rocín masticaba distraídamente alfalfa.

-¡Ayúdame a montar, escudero!

Apoyando el pie en el hombro del silencioso Pancho, el paladín consiguió asentarse en la grupa de Cinorrante; que así se llamaba el caballo. Éste, sorprendido, comenzó a andar y se dirigió a campo abierto. Pancho corrió hacia las casas.

-¿A dónde vas bellaco? ¡Villano! ¡Rústico! ¡Patán!

Al rato, Pancho alcanzó a Alfonso accionando con brío los pedales de una vieja BH verde.

-Necesitaba mi montura – se excusó-. ¿A dónde vamos?

-A vivir aventuras, a socorrer doncellas bajo el yugo del bullying. ¡Combatiremos al corrupto y veremos países exóticos y lejanos!

-¿Y cuántos días nos iremos? Se lo debería decir a mamá.

-Tu madre no podrá gobernar en tu lugar las islas que estoy dispuesto a ofrecerte.

-Pero…

-¡La gloria es del audaz! – exclamó Alfonso, perdiendo la vista en la lejanía. Alzando la pértiga como un trofeo, como una amenaza.

Lo campos de trigo inundaban la vista. Y a lo lejos, dispuestos ordenadamente, cortaban el aire las aspas de unos modernos molinos eólicos. Los ojos de Alfonso se quedaron clavados en aquellas estructuras. Largos, estilizados, blancos. Centinelas inmutables del campo.

-Estamos de suerte. Parece que la batalla viene a nosotros, amigo Pancho. Rendiremos a esos gigantes con dos lanzadas.

-¿Qué gigantes?

-Aquellos que tienes enfrente. Aquellos de blanca vestimenta que nos desafían alzando los brazos. El viento me trae sus gritos de júbilo y guerra. ¡Seré su castigo por tamaña afrenta!

-Señor –dijo Pancho, ligeramente preocupado- son molinos eólicos. ¡No son brazos! !Son aspas que giran empujadas por el viento!

-Ay, felón. Cobarde. ¡Tienes miedo! Pero no importa. Mía será toda la gloria. Observa cómo se bate un caballero.

Alfonso clavó los talones y Cinorrante avanzó a desgana. Con un trote sin futuro dejando atrás a Pancho aturdido y boquiabierto. El primer golpe de la pértiga contra el metal resonó como un campanario. El impacto derribó a Alfonso de su montura. Cinorrante siguió con su galope discreto hasta detenerse algo más adelante. Iracundo, Alfonso recogió la pértiga del suelo y comenzó a golpear la base del molino con rabia.

-¡Malandrín! –gritaba-. ¡Cuesco de dátil! ¡Truhán!

Descargaba golpes terribles sobre la torre inmóvil. En las alturas, las aspas, impasibles, ocultaban intermitentemente el sol, cegando al novel caballero en intervalos regulares. Alfonso juraba y golpeaba sin descanso. Sin perder el aliento. Un insólito odio guiaba su verbo y sus manos. Pancho alcanzó pedaleando a su señor en el mismo momento en el que el motor de un coche amortiguaba el sonido metálico de las estocadas. Dos hombres uniformados de verde se apearon del vehículo.

-¿Qué pasa aquí? –preguntó uno de ellos dirigiéndose a Alfonso.

-¿Por qué tendría que darles yo explicación alguna? –respondió arrogante.

-Somos del SEPRONA –puntualizó el segundo-. ¿Nos puede explicar por qué golpeaba usted los molinos?

-No reconozco autoridad ninguna por encima de mi juramento. Ni recibirán de mi boca…

Un guantazo resonó en la tarde templada, por encima del sonido de las aspas de los molinos rompiendo el viento. Cuando, más tarde, el ronroneo del motor se perdió en la lejanía, dos figuras desandaban el camino a casa. Uno, el más pequeño, empujaba una bicicleta verde. El mayor guiaba, con una mano, las riendas de un flaco caballo y, con la otra, se apoyaba en una pértiga rota.

-Señor –preguntó Pancho-. ¿Por qué no ha querido batirse con aquellos asaltadores de caminos?

Su amo rumiaba una respuesta convincente. Le palpitaba aún la mejilla, enrojecida. La marca de cinco dedos surcándole el rostro.

-Un caballero –reflexionó Alfonso- ha de saber elegir sus batallas. Luchaba contra gigantes, Pancho. ¡Gigantes! Aquellos bandoleros me sorprendieron a traición.

-Ya entiendo –comentó Pancho, observando la mirada triste del caballero-. Algún día les vencerá. Puede que solo necesite beber un poco de leche.

Alfonso sonrió agradecido.

-Seguir vivo es la victoria, Pancho.

Pancho respiró tranquilo. La brisa cálida del atardecer. El sol agonizando detrás de lejanas colinas. Un rojo y un rosa violento pintando el cielo de amor y agonía. Nadie salió a recibirles cuando llegaron. Viendo el rostro abatido de su amo, Pancho se giró abriendo los brazos y comenzó a gritar:

-¡Abran paso! ¡Abran paso a Don Alfonso de la Mancha! ¡También conocido como el Caballero de la Triste Victoria! ¡Abran paso!

Por detrás, Alfonso, sorprendido y sonriente, saludaba a todos lados.

-De la Triste Victoria – murmuraba-. Me gusta, me gusta. La victoria es insolente –decía-. Todas las victorias lo son. Todas menos esta.

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Don Alfonso de la Mancha

Muéstrame lo que hoy desconozco

Se aprende a vivir perdiendo. Eso es así. Puede ser un antiguo mapa de Madrid, un atardecer, el autobús o las ganas de seguir jugando. Todos estamos un poco rotos y eso está bien. Por que cuando todo va mal pienso en ti y todo eso. Lo que deja de ser nuestro y echamos de menos. Se nos pone esa mirada de alta mar y miramos sin ver. El recuerdo nos asalta, las decisiones, la incógnita, lo que nunca será, aquello que ya no puede volver. En un prólogo acojonante Javier Marías resume perfectamente como la nostalgia nos traiciona, nos vende a Mnemósime, nos lastra el presente, nos fusila:

Cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos. De lo que nos abandonó a nosotros. Quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Supongo que todo tiene sentido. Las jodidas procesiones de recuerdos que me recorren de arriba a abajo, mis ojos lejanos, mi obsesión con esa isla, el desastre del 98, un fusil Remington, Vara de Rey, barcos sin honra. Trincheras carlistas en el caribe. Está claro. Tuve que mandarlo todo a la mierda  e irme a Cuba con cinco camisetas de Primark, dos pantalones y el deslumbre agazapado de los que vivimos manteniendo la esperanza. De los que mueren pero no se rinden.

Buscaba, qué se yo, ignorar el paso del tiempo, la inexorable carrera que acaba con todo y con todos. Escapar del recuerdo, aquellos besos ya intransitables, lo que nunca será. Las posibilidades, el destino que me llevó al Valle de Viñales, los caballos Mojito y Salsita, el humo que despedía aquel puro que sabía a miel y a destierro. Una discoteca sin música, ron y conversaciones largas y profundas como un pozo, como una noche sin luna, como un adiós. Miradas insondables. Un amigo besando a una prostituta en un bar de La Habana Vieja. No escribiré su nombre porque puede que alguien conocido acabe leyendo esto; y claro, en la oficina dirían: “He leído que La Roche pilló en Cuba con una puta”. En fin, las cosas que llenan sin ningún motivo. Las escenas que te sorprenden, que merecen tu silencio. Disfrutar mínimamente de esta existencia de mierda. Un atardecer que te reconcilia con tu padre, con una ex novia, con una elección precipitada. Un paisaje que te dice que no es tan grave, que siempre hay una solución. Que aún resiste la belleza en este mundo. Que, efectivamente, Dios creó más poetas que poesía; pero que la sensibilidad es inherente al que enmudece sin público, al que sabe callar, al que intuye la gravedad sin equilibrio. Que un viaje está en el camino, que Itaca es Circe, Troya, Nadie, aquellas putas sirenas, tensar un arco. Desafiar a la muerte. Zarandear la vida.

Cuando emprendas tu viaje a Itaca, pide que tu camino sea largo. Lleno de aventuras, lleno de conocimientos.  A los Lestrigones y a los Cíclopes, al fiero Poseidón no encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si tu alma no los coloca ante ti.

Ningún viaje debería acabar cerca y el que mira, el que observa y siente, no debería acabar entero. Dejar partes de uno mismo aquí y allí. Perder, desgarrarse, vivir. Dominar el extravío como Elizabeth Bishop. Perdí dos ciudades, dos preciosas ciudades. Y aún más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Una isla, un coche, dos amigos, una mujer imposible, un reloj, unas gafas que surgieron del océano, las cosas que nunca dije. Quedarse sin ganas de seguir intentándolo es la peor de las renuncias. Sobrevivir, rehacerse. Forzar con rabia una sonrisa esquiva, distante, mentirosa. El mundo se divide entre los que se quejan y los que luchan con los dientes apretados. Encontrar aquellas viejas herramientas de Kipling para empezar de nuevo. Yo que sé. Un viaje – Itaca-, un libro, una frase, el orgullo que calienta, una noche de primavera, un proyecto (una aventura), un recuerdo, una moneda de oro. Un paseo, la amistad, un abrazo a tiempo. La voluntad de resistir. De vivir como Ramón Acín escribía: sujetándose el hígado, agarrándose el corazón. Sangre en cada página de la vida, cicatrices plateadas que dicen que has luchado, que cuando todo estuvo perdido supiste morir de pie. La toma de Báyamo. La caída de Santiago de Cuba.

La pérdida. La puta pérdida. Lo que nunca fue nuestro o lo que perdimos, lo que nos arrebataron. Tiene sentido, yo creo, que perdiese todo aquello en Trinidad. El móvil, la tarjetera que me regaló mi padre cuando tenía diecisiete años, todos aquellos números, las fotos, instantes y recuerdos. El post it con el móvil de aquella francesa, Elodie, la puta tarjeta VIP de Graf. La púa que me regaló Padre Pere. La dirección de Silvia. Aquella copa que nunca llegué a tomarme en Musée. La zozobra que me invade al recordarlo, al escribir estas líneas. Las reliquias que me permitían volver a veranos irrecuperables, a un tiempo ya imposible. El hilo que Teseo utilizó para matar al Minotauro, para esquivar la soledad, para encontrar el amor. Tiene sentido que haya perdido parte de mi mismo en Cuba, que no recuerde que pasó y que, en alguna parte, haya un vídeo que lo inmortalice. Lidiar con el paso ecuánime del tiempo, con la memoria inabarcable del pasado. Aprender a perder, doblar la apuesta. Afrontar esa puntual desolación a medida.

Cathy Linton estaba zumbada de cojones pero tenía razón. Es un viaje muy duro para hacerlo con el corazón triste. Y es verdad. Porque nos queda una certeza insignificante y definitiva. Asimilar que en lo más profundo de la derrota siempre hay algo que pugna por levantarse. Tener el coraje de empezar de nuevo. Llegar a Itaca cansado y herido. Feliz. Sediento y audaz.

Muéstrame lo que hoy desconozco

Qué importa de donde vengas

No creo en las casualidades. Me da por Cuba – siempre me ha dado por Cuba-. Puede ser por Hermenegildo Alonso, que se dejó la cordura en la isla. Puede ser por el libro que llevo dentro y que empieza a tomar forma. O puede ser porque es un enigma, uno de los últimos territorios en ultramar (esa palabra), los Jardines de Rey, el Fuerte Navidad. Los brazos esforzados de quienes creyeron que valía la pena morir por algo. Lo repito: no creo en las casualidades. Kennedy y Kruschev a un mal día de acabar con el mundo con Cuba como telón de fondo. Releo la crisis de los misiles en 1962 y un escalofrío me recorre la memoria. Hasta le pusieron un nombre: MAD. Mutua destrucción asegurada. Entonces, entre tanta línea y tensión, aparece el pollo que le escribía los discursos a Kennedy. Haciendo preguntas que desmontan una invasión. Esa retórica, su afilado saber incitar, incomodar, rebelarse. Su conocimiento profundo de las palabras. Ted Sorensen conocía el poder de la emoción, de apretar los dientes y luchar sin esperanza. Y me pregunto si ese notas será el mismo que le escribió el discurso a aquel presidente guaperas para el aniversario del décimo quinto año del muro de Berlín. Recuerdo a mi padre, con esa sonrisa de canalla, declamando aquellas palabras. Recuerdo la mesa de madera de la cocina, el mantel, la disposición de los muebles, una cena cualquiera, un día sin utopías ni remedio. Recuerdo lo de: <<Hace dos mil años el más orgulloso alarde era poder decir Civis Romanus Sum. Hoy, en un mundo de libertad, el orgullo reside en decir Ich bin ein Berliner>>. Total, que tiro de Wikipedia, de internet, y me leo el discurso entero.

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Leo las frases como un cazador, buscando la esencia de Sorensen. Atento, paladeando cada pausa, despacio, repito mentalmente cada artificio buscando la sonoridad adecuada del lenguaje. Como no se quién decía de Shakespeare. Que fue el primer pavo que descubrió el escalofrío paciente, escondido entre el público, esperando la potencia de un diálogo encendido. Esos que te dejan sin respiración, trastocado, herido; paulatinamente diferente. En aquel discurso, enfrente de un pueblo cansado de la guerra, sin paz ni luz, busco el ímpetu de Sorensen. Ese tío que con 24 años ya escribía los discursos para uno de los presidentes del mundo. Y lo encuentro joder. Lo encuentro y sonrío con suficiencia. Fuerza, esperanza, determinación. Fue volando solo a Berlín cuando me di cuenta de lo que me acojonaba. Anto esperándome en el aeropuerto mamadísimo con una botella de vodka entera. La música, la gente, la completa vorágine, el Reichstag incendiado por Hitler, las puertas de Istar en el museo del Pérgamo, esos putos cuervos del tamaño de un caballo. La lejana promesa de Munich. Maik y Lorenzo hablando alemán sin darse cuenta. Aquel after en un barco que se hundía y que no parecía importarle a nadie. Mi única foto en el Muro; en calzones y durmiendo en el suelo. Las Montañas del Diablo, la estación abandonada. Lo he dicho. No creo en las casualidades. Dos días después estalla en mis oídos los bajos de una canción que no podía -no puede- ser de verdad. Reconozco palabra por palabra a Sorensen, a Kennedy, fundidos en un ritmo impersonal, agnóstico y furtivo. El grito de la muchedumbre, la impotencia, la resolución de seguir viviendo. No me lo puedo creer me digo.

Miro a mi alrededor y están todos los topos de mi departamento observando mi cara de sorpresa, un estupor recién creado, nuevo en mi mirada. No puede ser, repito. Y va Kennedy, en esa canción que devora los últimos conceptos de destino que me quedaban, y lo dice. Lo. Puto. Dice. With the vitality, and the force, and the hope, and the determination of the city of West Berlin.

Joder. Me dan ganas de coger de las solapas al tonto de Adnan y preguntárselo. Clavar mis ojos en sus pupilas vacías y gritarlo. Estuvimos a punto de irnos todos a la mierda una preciosa mañana de octubre en 1962. El general McNamara reconoció años después que pensó que iba a ser el último amanecer de su vida. Un puñado de hombres valientes -en los dos bandos- supieron encontrar el camino de vuelta. Recurrir a la serenidad. Espías fríos de mirada lánguida, periodistas suspicaces. Pienso en la entrevista que he leído esta mañana. Quique Gonzalez hablando de supervivencia. Seguir pese a todo, vivir sabiendo que el pasado es irrecuperable y casi siempre injusto. Que jugamos a ciegas. La muerte, la pérdida. Pienso en las palabras, los libros, el amor que no habría sido posible. Pienso en Vasco y el artículo que me pasó el otro día. James Rhodes cabreando al mundo como terapia. Aspirar a ser lo suficientemente bueno. Como padre, como amigo, como simple amante. El precio de la redención. Las columnas de Leila Guerriero. Un bálsamo entre los gritos del mundo. Poemas disfrazados de breviarios.  El libro de Javier Marías. Aquel título. Mañana en la batalla piensa en mí. Mi hermana diciendo que era un título súper romántico. Debí explicarle que no era de amor, ni de guerra. Que aquella frase pertenecía a un espectro, que el destinatario era un traidor. Pero le gustó. Supongo que las historias de corazones rotos son las más cautivadoras. Hay algo de cansancio lúcido en todas ellas. De hastío, de destrucción. Las bombas atómicas: Little Boy y Fat Man. La Bomba del Zar.

¿Que habría sido del futuro?

Vuelvo de mis pensamientos y me sorprendo. Cojo aire con ansia, como cuando Diego se despertó en coma, en medio de clase. ¿Qué cojones hago aquí? Como Gandalf. Sigo rodeado de mis coleguísimas del curro. Apáticos, concentrados, ignorando la vida y el fluir del tiempo. La luz entra por los ventanales de la oficina. Una luz mortecina y débil. Son las diez y cincuenta y tres de la mañana. Tengo tiempo. Sigo escuchando esa canción que aún no puedo creerme. Recorro otra vez aquel edificio abandonado de la CIA. La extraña acústica de las bóvedas. Las Montañas del Diablo. La victoria es por sí misma insolente. Negrín – el último republicano lúcido- diciendo que resistir es vencer. Un bárbaro -uno de tantos- afirmando que lo mejor de la vida es aplastar enemigos, verlos destrozados y oír el lamento de sus mujeres. Otra vez Quique Gonzalez, murmura a las cuatro de la mañana que el puto show de la vida está pasando y que no, no vamos a rendirnos. El futuro es de los intrépidos, de los audaces. Resistir, avanzar. El coraje de enfrentarse a una larga sucesión de amaneceres indescifrables. Las. Putas. Montañas. Del. Diablo.

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Qué importa de donde vengas

Cómo perder el trabajo y las llaves de casa

He estado toda la semana intentando hablar con un indio que se llama Atiqur. Le escribo, suda, me llama y no le cojo, y así cinco días laborables. Con sus correspondientes broncas y explicaciones: no me coge, no me llama, su puto equipo se desentiende. Tengo una jefa que me flipa y me acojona a partes iguales. Cada vez que tenemos una reunión importante me mira con esos ojos imperdonables y me dice que he de ser fuerte. Yo, que sigo sin tener ni puta idea de inglés, le digo que yes, que I will. Ella se ríe un poco, lo justo, con esa risa a medio camino entre el sarcasmo y la alegría. En la reunión me insultan, les increpo, les digo que no me cuenten milongas y se me tiran encima. Y cuando estoy desamparado, cuando mi lamentable dominio del idioma me pierde y recurro al silencio aparece su voz. La de la perra de mi jefa. Sin dudas en sus vocales, con un grito enmascarado en sus frases de café parisino. Mi jefa, esa que tanto me acojona, está (esa vez) de mi parte. Haciendo preguntas que duelen, como si preguntase al manager si sigue enamorado de su ex mujer o si Oliver se va de putas asiáticas. Agotador, estimulante, desgraciadamente gráfico. Salgo de la oficina con una rabia transitable y difuminada girando en mi mirada. Cansado, sereno. Escondo mis manos en los bolsillos del abrigo y vuelvo a pensar en Atiqur y en lo que me recuerda. Un policía sosteniendo una escopeta. Prefiero que lo hagas tú, Atticus. Y Atticus Finch, ante la insólita presencia de sus hijos -unos hijos que de alguna manera habían perdido la esperanza- coge esa escopeta y apunta en silencio. Aprieta el gatillo y una detonación les devuelve a todos la realidad que extrañaban. Me leí Matar a un ruiseñor en inglés y me jode por que no pude apreciar los silencios de aquel abogado honesto; advirtiéndoles a sus hijos que matar a un ruiseñor era pecado. Es curioso, pienso, que el cabrón de Atiqur me recuerde a Atticus Finch. Un vendaval recorre Tottenham Court y recuerdo lo que dice un amigo, que hay que cambiar las frases de orden: Take a side on the wild walk.

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Es de noche y hace frío. El viento me despeina sin criterio. El paso melancólico y lento me recuerda al de William Thacker y el paso de las estaciones; aquella canción de desgarro. Evito las calles concurridas y me pierdo por el Soho intentado disfrutar del día que agoniza, de la tranquila sucesión de segundos sin presión ni alegría. Llego a casa pensando en Francia, en el gran Levowski, en un amigo que está jodido, en lo complicado del paso del tiempo, las personas que se marchan. Subo penosamente las escaleras, la corbata en el bolsillo, la camisa arrugada, el cansancio tomando forma. Exhausto, rendido, extenuado. Aquel profesor de literatura: “Un hombre no está cansado, está agotado. No digáis muy triste, usad taciturno. El lenguaje se inventó para enamorar a las mujeres y eso no se consigue con vaguería”. El noble arte del timo. Que prosigue el poderoso drama y tu puedes contribuir con un verso. Me quito el reloj, las llaves, la chaqueta y me acuerdo de que hoy La Roche duerme en mi casa y que no hay nada más parecido a dormir con un oso. Recurro a lo último que me queda, a la vergüenza de perderse en uno mismo, la satisfacción de llegar vivo al crepúsculo. Me meto una cuchara en la boca y el metal, frío e impersonal, me devuelve a mi casa, a unos pies descalzos que caminan por la hierba en La Rioja, a la suave lluvia que decora mis mañanas. Con un yogur en la mano busco la ventana indicada, encuentro la escalera de incendios y subo con cuidado dejando atrás el murmullo lejano de la calle. Los coches que pitan a los turistas despistados, chinas que ofrecen masajes, mendigos que tocan la armónica como un soldado dispara -ausentes y resignados. Esos ojos hundidos y distantes estancados en algún lugar del siglo pasado. Subo, como digo, la escalera de incencios y me siento como Tom Bishop subiendo a aquella azotea en Berlín. Pero ya no siento la violencia en mis manos y las gaviotas graznan en una negrura sin futuro.

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No hay sillas ni esperanza pero apoyo la espalda contra una pared de ladrillo y contemplo en la lejanía los tejados de Londres, la espalda de Nelson, las cúpulas y chimeneas; el vapor que huye hacia el cielo. El tacto de la cuchara en mi boca, el sabor metálico de la sangre. Stephen tenía clase y Bloom tenía a Stephen. Vuelvo, qué remedio, a Atiqur, a Atticus Finch y cuando empiezo el yogur de vainilla -que está de cojones- el silencio del abogado me alcanza – otra vez, una más. Huyo hacia delante y sonrío y me doy cuenta de que tengo menos miedo, de que he empezado a olvidar. Sus sentencias vuelan en mis labios:

Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.

Sonrío a la oscura noche. Es triste, hay vacío, melancólica soledad. Pero es importante saber dejar que las cosas se acaben.

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Cómo perder el trabajo y las llaves de casa

Saber renunciar

Decía Hemingway que nunca hay que escribir sobre un sitio hasta que te has marchado. Al final todo puede reducirse a las manos de mi madre. Es navidad y ha puesto toallas blancas con renos rojos en todos los baños de la casa. A ella le hace ilusión. Me descubro volando un lunes de madrugada con una rabia indescriptible guiándome como un sonámbulo. Y recuerdo; cojones, qué remedio. Recuerdo con una nítida perfección que asusta las cenas en casa de mi abuela. Las voces, las risas, los besos a mi primo pequeño que suenan a promesa: chuick, chuick. La venganza que leo en los ojos de Javierito. Ya creceré, cabrón, me dice su sonrisa mientras le como los mofletes. El concurso de tortillas de patata; mi primo Luis aceptando su derrota, sirviéndose, humillado y herido, el último trozo de la tortilla contraria. Leopoldo tocando Día de feria en el office. Las conversaciones desnudando a Zweig, a Rulfo y a Onetti. El poema El Futuro de Cortázar. La niebla que surge del Pisuerga, las manos en los bolsillos. Siempre, en la plaza mayor, nos recordamos unos a otros el suicidio de nuestro antepasado. Mi abuela abriéndose en abanico: todo esto, antes era nuestro. Mi tío Javier, por detrás, descojonado, diciendo que es mentira. Los diálogos de la trilogía que me acompañan como un bálsamo: no os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas. Tienen razón. La familia, al final, es la que tú eliges. Las personas que te salvan día a día. Amigos fieles y eternos. Aun así, no te puedes negar ese íntimo pálpito, la relación sanguínea, el orgullo de estirpe; de prolongación. Ese anhelo ancestral que te vuelve a reunir de cualquier manera. En mi avión, ese que me aleja de mí mismo, me sonrío. Empieza a despegar y aprieto un libro contra mi pecho, acojonado. El avión se eleva, pierde el contacto con el suelo y yo me pregunto si este será el vuelo donde definitivamente palmo. Durante unos minutos no puedo pensar en nada, atento a mi estómago. Mirando con los ojos desencajados por la ventanilla, comprobando que todo sigue en su sitio. El tío que tengo al lado observándome como si estuviese loco. Vuelvo a mi nostalgia cuando el avión se estabiliza. Recuerdo la Castellana en moto; la lluvia llenando mi salón de penumbra y todos sepultados bajo mantas. El consomé para las resacas, Xavi (en su español voluble) explicándole a mi padre a qué se dedica un trader. Mi padre diciéndome que vendo humo. Salir un martes: Las Tablas, El Cuento, Green. Me pegan por bailar con alguien. Todas las visitas que se quedan en el tintero. Y no sobraba papel. Las cosas que se acaban, que perdemos; y que por lo tanto son ya siempre nuestras. Turbulencias. Puta isla. Es imposible llegar sin turbulencias. Bueno, si me mato hoy, no sería tan grave. No me dolería tanto. El amigo insensato, pujas de chupitos por regalos de mierda. La familia, la otra familia, la que elegimos. Diego escribiendo en un libro de Conrad: <<Cuando todo falla, cuando todo se va a la mierda y no puedes más, sólo hay dos cosas que te pueden salvar: la música y la compañía de un hermano que has elegido>>. Y brindo por ello. Yo escribiendo mierdas, borracho, en ese mismo libro pensando que lo había ganado otro y resultó ser para mí. Más turbulencias. Me agarro al brazo del de al lado y me quita la mano con violencia: ¡qué cojones haces! Mi estómago me dice que no estamos cayendo. Agarro con fuerza el libro y recuerdo cuando hace una eternidad, hace un año -la coña de Noche Vieja: nos vemos el año que viene- en diciembre, volví a casa. Cenando con mi madre de madrugada. Ella corta jamón de la pata mientras yo bato tomate y tuesto pan. Ya sentados, lo pruebo y cierro los ojos, transportado a un lugar donde no te pueden arrebatar las cosas. Mi madre muerde la tostada y también cierra los ojos murmurando que se abriría una cerveza. Digo que vamos a abrir una, que qué cojones, que estoy en España, que es Navidad. La compartimos y levanto mi vaso, brindando por nosotros. Mi madre levanta su vaso y me corrige. Por el futuro. Por el futuro, que es también por las alegrías y los desvelos. Por todas las derrotas que tuercen nuestra mirada. Por las conquistas. Por lo que vendrá. Por el vértigo, la pérdida y el miedo. Por el valor que desconocemos pero que intuimos. Por el camino y el cambio. Por la Navidad que ha empezado a acabarse. Por los que no están y por los que no estarán. Por la familia, la de sangre y la elegida. Porque -lo decía Bukowski- seguir vivos es la victoria. Por los atardeceres que nos quedan por contemplar. Porque este puto avión no se caiga.  Por llegar y saber marcharse. Por romperse. Por saber volver a empezar.

Saber renunciar

Canta, oh musa, la cólera de Aquiles

Supongo que es porque hay luz y héroes esforzados. La Ilíada y todo eso. Entro en Biotza con un miedo que me lastra desde hace años y salgo con una congoja distinta, recién creada. Un dolor diferente al que no reconozco. Podría ser la luz, que he entrado ligeramente deslumbrado, que no me acostumbro a la blancura del cielo – un cielo que extraño y busco en los horizontes de otras ciudades. Puede ser por la resaca que arrastro desde el domingo y que aún baila en mi estómago. Lo he intentado. Busqué la oscuridad, la imprecisión de la sombra. Pero siempre hubo algo de Ítaca en mí, algo de destino truncado y honestidad, algo de luz belicosa. Hay veces que el cambio es absurdo y el propósito inestable. La luz reside en aceptar las derrotas. El dolor saltando de pecho en pecho. Un amigo que te habla de Nepal, de turbulencias, vuelos interminables. Se intuye, en el vibrar de sus palabras, un amor que se le escapa de las manos. Las cosas que se rompen y son insustituibles. Él continúa, haciendo un esfuerzo por no quebrarse, mezclar los sentimientos que se le agolpan en la garganta. El recuerdo, la emoción y la altura. Un estómago embargado de un amor que no le corresponde. Pero él sigue. Bajamos del avión desorientados. Habíamos dormido mal los últimos dos días – las lágrimas humedeciendo la base de sus ojos, brillantes y temibles, esperando rodar por sus mejillas. Habíamos dormido mal los últimos dos días y bajamos del avión desorientados. Lo repite sin que le tiemble la mandíbula. Entonces, a lo lejos, imagínate, el Himalaya recortando un cielo que parecía un cuadro de Turner. La rabia y la pérdida representadas en un sol agonizante entre la niebla. Imagínate, dice, ese cielo que ardía, un sol recortado entre las montañas más altas del mundo. Yo consigo imaginarlo. La quietud del cielo y del día, la nieve lejana, la tranquila mirada de los sherpas, la súbita indiferencia ante algo que hace tiempo dejo de ser un milagro. Tío, no sabíamos si era un atardecer o amanecía. No sabíamos si el sol se entregaba a Érebo o surgía, un día más, de las tinieblas. Teníamos que esperar. Y en la creciente agonía de la incertidumbre, en ese holocausto de luz y colores, de luz y oscuridad, lo comprendí. Yo le pregunto, reconociendo en sus ojos el dolor que me llenaba cuando había entrado en Biotza. ¿Qué comprendiste? Cabrón, ¿qué comprendiste? Las lágrimas le desbordan y de pronto le crece una mirada llena de claridad y asombro. Comprendí que yo era ese momento. Comprendí que en la ambigüedad está mi venganza. Yo le di la razón, desarmado y herido; y el cielo se llenó de luz, de tragedia y de esperanza.

Canta, oh musa, la cólera de Aquiles