Al final del silencio

Es viernes, es San Isidro, hace un día de pelotas y el cielo se tiñe de todas las cosas que vuelven en primavera. Cruzamos el Madrid castizo, preguntándonos, sin saberlo, si volveremos a ser los mismos, si volveremos a estar enteros. Pero qué importa de dónde vengas, si estás aquí, es viernes y hay toros. Nos mamamos en los bares del centro de la ciudad y recorremos las calles con la mirada de quien descubre un incendio o un tesoro. Gonzalo sonríe, a lo lejos, mientras murmura que no hay planes como éste. Que lo de los toros es algo ancestral que devuelve al pueblo la esencia de la sangre. Echarle cojones a la vida. Yo le cuento todas las cosas que he leído sobre el toreo que hacen que se me erice la piel. Un artículo de José Tomas, el libro sobre Belmonte, las frases de El Gallo. Palabras que me reconcilian con mi jefa, con mi padre; reflexiones que me recuerdan que la verdad del toreo – de la vida – es tener un misterio que contar. Y encontrar la entereza para hacerlo.

Entre tanto verbo y sacudida, vamos calzándonos copas, cambiando de bares e, inevitablemente, pasamos por la Plaza del Dos de Mayo. Comento que lo que está vallado es la puerta de lo que fue el parque de artillería de Monteleón, edificio que defendieron los dos únicos militares que salieron a la calle a combatir. Recuerdo que, justo, hace tres semanas, fue su aniversario – el día de la Comunidad de Madrid – y que estuve dieciocho hoyos contándoles el levantamiento a Juan y a Albiñana, en Marbella. Juan hinchándose a porros mientras mandaba las bolas a tomar por el culo, cabreándose como un demonio, blasfemando, lanzando los palos por el aire. Yo mordiéndome los labios para no descojonarme en alto.

No me hace ni puta gracia. ¡Ni puta gracia! – gritaba, mirándome desbocado . ¡Llevo cinco bolas Titleist perdidas, cojones! ¡Me voy a cagar en la puta!

Yo, llorando de la risa, pidiéndole perdón, reconociendo que en verdad me reía del esperpento que estábamos montando todos. No sólo de él. Que si seguíamos así nos iban a echar del campo. Recurrí al Dos de Mayo para que se le pasase el cabreo, y Gonzalo me pide que le cuente como empezó todo; los detalles, la furia – la trampa mortal en la que se convirtió el Madrid que hoy recorríamos para los franceses. Pero le contesto que la historia es muy larga, que hoy es día de toros y que hoy queremos otro calambre, otra mirada; y que, si eso, escribo alguna mierda otro día, pero que hoy no. Cogemos la moto, el cielo se llena de nubes y avanzamos entre los coches mientras Gonzalo comenta que va a llover y yo le digo que no, que aguanta. La cadencia del motor, la brisa en el rostro y yo pensando que ni de coña escribo nada sobre el Dos de Mayo, que ya se ha escrito de todo. Y, aún menos, que Juan se revienta a porros, o que soy malísimo (tampoco tanto, no dramaticemos) al golf. Mi acceso a ese mundo de ryders y domingos al sol se acabaría abruptamente. Y no queremos eso.

Pero a veces, las promesas que se hace uno a sí mismo pueden, supongo, irse un poco a la mierda.

Después de ser derrotado en Waterloo, Napoleón Bonaparte, desterrado en la isla de Santa Elena, en medio del Atlántico Sur – entre Angola y Brasil – le dictaba sus memorias a un secretario mientras languidecía contemplando el mar, dándole vueltas a sus errores y a sus remordimientos. Había tenido a Europa a sus pies, depuesto y nombrado reyes y aniquilado ejércitos. Miraba hacia atrás y veía, a pesar de su ocaso, grandeza. Y eso le imprimía en la mirada una melancólica satisfacción. Pero, al recordar la guerra en España y, en particular, el levantamiento del Dos de Mayo, se le oscurecía de una manera muy particular la expresión. Y es lógico.

Había invadido España sin pegar un tiro. En seis meses, cien mil franceses habían tomado sin apenas oposición Barcelona, Pamplona, Valencia, San Sebastián y Burgos; y mientras tanto, el subnormal de Carlos IV y el comepollas de su hijo Fernando se peleaban por la corona. El hijo obligaba a abdicar al padre en Aranjuez, el padre lloraba, Godoy se tiraba a la reina y el ejército español, con órdenes estrictas de dejar al francés hacer lo que le saliera de las pelotas, se mordía los labios y apretaba los puños, abochornados. Y, claro, los franceses se descojonaban. Con medio país en sus manos, creyeron, con razón, que todos los españoles éramos gilipollas. Murat, lugarteniente de Napoleón en España, engañó como a un chino al recién coronado Fernando VII para que viajase a Francia. Primero Burgos, luego Vitoria y, al final, Bayona. Siempre escoltado por los franceses porque la peña – el pueblo, la gente, con esas miradas hondas que acojonaban a los gabachos y ese silencio estoico, intentaba impedir que el rey cruzara la frontera.

Pero Fernando, por Dios, tonto de las pelotas, ¡no vayas a Francia! ¿En qué estás pensando? ¿Eres idiota? 

Algo así le gritaban. Pero él quería que Napoleón le reconociera como rey de España y lo demás se la pelaba. Llegaba a Bayona el 20 de abril y nadie salió a recibirle. Por otro lado, Murat, en Madrid, decretó que Napoleón no reconocía a otro rey que a Carlos IV. Y éste, decidió ir a Bayona para recuperar la corona, siendo recibido y agasajado el 30 de abril por Napoleón como el verdadero rey. Comieron todos juntos en amor y compañía y el corso les comunicó que lo de la corona, pues que bueno, que se lo había pensado mejor. Que ni uno ni otro, que a mamarla. Que el rey de España iba a ser su hermano José y que ellos se quedaban ahí, en Francia.

Mientras tanto, las noticias iban llegando y los españoles se empezaban a calentar. Ese odio acérrimo al vecino empezaba a aflorar. Aquellos franceses, con su arrogancia, pedían a gritos que los degollaran. El caso es que la gente empezó a llegar del campo a Madrid diciendo que qué cojones era aquello, que dónde estaba el ejército, que dónde estaba el Gobierno, que donde estaba el rey. En definitiva, que quién iba a mandar todo a la mierda y a luchar. Y el Dos de Mayo, mientras los franceses se intentaban llevar a Francia, de madrugada, al infante Francisco de Paula – hijo de Carlos IV – último miembro de la familia real en España, alguien articuló un grito que dio paso a toda la crueldad de la que sólo los españoles somos capaces. Un grito con el que comenzaría la Guerra de Independencia.

¡Que se lo llevan!

Entonces, el gentío empezó a montarla. Gente de a pie: herreros, mozos de cuadra, costureras y panaderos. Murat, flipando ante aquella muchedumbre enfervorecida que golpeaba a sus soldados, ordenó hacer fuego sobre la multitud. Y aquello fue la gota que colmó el vaso. El pueblo – abandonado por sus gobernantes y su ejército – se armó de cualquier manera y luchó. Luchó porque le salía del pecho, porque la venganza le temblaba en las manos. Luchó porque la infamia le había desbordado y la vergüenza le ardía en la cara. Luchó por decencia, por dignidad. Por el que dirán. Porque qué pollas era eso de dejar paso a los gabachos como si nada.

Los franceses comprendieron, aquel día, que se habían equivocado. El pueblo de Madrid – junto a los militares Luis Daoiz y Pedro Velarde – se lanzó a la calle, improvisó armas y le plantó cara al despotismo apretando los dientes y acuchillando a matar. En inferioridad, sin caballería, sin oficiales. Una explosión letal de arrojo y cólera.

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Es lógico, como digo, que el Petit Cabrón, en Santa Elena, diez años después, recordase aún, aquel día, con cierta turbación. A su secretario le confesó que manda huevos, que quién lo iba a decir. Aquellos hijos de puta armados con navajas enfrentándose a cara de perro a los mamelucos, coraceros y húsares del ejército francés. Y así quedó recogido en el Memorial de Santa Elena:

Enfoqué mal el asunto; la inmoralidad debió resultar demasiado patente; la injusticia demasiado cínica. Los españoles, todos, se comportaron como un solo hombre de honor.

Hay cosas que deberían ser inmutables. No sé. Mi madre, la luz de Turner, los artículos de Reverte, el tuit del alarmista, la película de Troya (Aquiles conquistando la playa), el cielo de Tiedra, aquella sala solitaria del Prado (aquel cuadro de Trafalgar), el cansancio de la Batalla de los Bastardos, las resacas introspectivas y melancólicas de los domingos y Las Ventas.

Entro en la plaza con respeto, como si entrase en un templo al que soy ajeno. Me pierdo, con asombro, en los detalles; descubriendo otro yo que se emociona con algo que no entiende, pero que siente en el estómago como una evidencia. Las Ventas es un viaje en el tiempo. Los colores – rojo, blanco y albero – el olor a campo, la tradición, la fiesta; el homenaje al valor. El arte del toreo como renuncia, un desafío a la época que nos ha tocado vivir. Rafael de Paula mostrándonos el camino de vuelta:

Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás; pero también como se vive, o como ha de vivirse, a compás.

O como ha de vivirse. No me gustan los toros, pero aprecio el coraje. Entiendo que, cuando un pollo se viste de luces, se santigua, resopla y se planta delante de media tonelada de mala hostia con cuernos, los tiene bien puestos. Llevo el alcohol justo en la sangre para que me hipnotice el movimiento. Para que aprecie si abre la mano, si el toro acompaña; si hay, en definitiva, armonía. La plaza otorgando a cada faena el silencio necesario para llenarla de abismo. Treinta mil gargantas conteniendo la respiración.

Y después, en la distancia, entre la bruma del olvido y la luz de lo eterno, más allá de la desesperación, rozando el enojo, está Roca Rey. Un chaval de veintidós años que vino de otro planeta – donde no existe el miedo – para enseñarnos lo que es aguantar de pie. Lo que es el desplante, la agonía. Lo que es vivir.

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¿Y qué esconde? ¿Qué pretende? ¿De dónde viene ese desprecio, ese amor, esa mirada? Somete a su antojo a la luz mientras arquea la espalda, estira las piernas y el pecho se le llena de un dolor desconsolado que le permite bailar con el toro como quién se despide, para siempre, de un amor imposible. Recurre a la rabia porque sabe que las cosas tienen siempre un final. Esa nostalgia que le satura los pulmones y se convierte en aliento; y grita para ayudar al animal a encontrarle, para fundirse con él en una maniobra que nos lleva, al resto, al borde del colapso; perfilándose ante la muerte para condenarnos a la vida.

Y al final, silencio y una estocada. Roca Rey cubierto de sangre y, tras él, la certeza ineludible de que todo ha acabado y hemos sobrevivido.

La gente, desorientada, comienza a aplaudir con una timidez intrínseca al desgarro. El pecho compungido y roto de cada uno, donde irremediablemente se confunde la piedad con la belleza, la muerte con el arte y el dolor con la vida. Entonces, el clamor crece – mientras la muchedumbre recuerda quién era – y el cielo se llena de pañuelos blancos y suspiros. De todas las promesas que ya no saben a derrota.

Pero yo sigo estático, pensativo, incompleto. Contemplo la profundidad de la plaza, la sangre, el artificio, el trágico ritual del que soy partícipe. Y siento, de pronto, como todo encaja.

Aquellos presos de la Cárcel Real que pidieron al alguacil salir a combatir al francés, jurando volver cuando todo acabase. Un campesino que, hace doscientos años se dio la vuelta, escupió al suelo, y con una navaja y un sable se enfrentó a una carga de coraceros, él solo, en una angosta calle de Madrid, para salvar a dos niñas que corrían asustadas. Aquiles, destrozado por la muerte de Patroclo, vengándole; precipitando al Hades el alma de múltiples heroes esforzados. Churruca, en Trafalgar – la furia de aquel cuadro – al mando del San Juan Nepomuceno, pidiéndole al guardiamarina que clavase la bandera al mástil. Que aquel no era día de rendirse, que aquel era día de morir. Roca Rey, envuelto en su misterio, recordándonos el valor del que una vez fuimos capaces; la osadía que a veces olvidamos. Velarde y Daoiz – altivo uno, profesional y resignado el otro – combatiendo en Monteleón. Al frente de sus hombres, heridos, exhaustos, cubiertos de pólvora, de sangre; seguros de sí mismos. Peligrosos como la madre que los parió. El orgullo, el valor de aquel tercio español improvisado que rechazó la carga de los mamelucos en la Plaza Mayor. La entereza para no huir, la frialdad inhóspita de aquellos incautos. Avanzar, resistir, romperse. Ser fiel a uno mismo. Mirar de frente. Luchar pese a todo. No rendirse jamás.

Miro a Gonzalo que, sin expresar nada, entiende mi calambre y sonrío.

Al final, digo, todo encaja. En el golf, en los toros, en la guerra, en el amor. Los hombres llevamos vagando perdidos desde hace miles de años y siempre fue la misma historia.

Lo único que nos diferencia es cómo vivimos y cómo elegimos morir.

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