La barca de Caronte

Tengo unos amigos que son, definitivamente, subnormales. Pensaba en ello el otro día, en la despedida de Joaquín. Después de 40 años cotizando y con 64 hierros en el coleto decidió que ya era suficiente. Recursos Humanos montó la fiesta que se merecía y en su discurso le tembló la voz y, como debe ser, le faltaron las palabras. Después, entre copas, aparecieron los detalles sobre cómo Joaquín y Claudio se habían conocido, el calambre que les había unido. Por lo visto, Joaquín ayudó a Claudio y a su madre con cierto papeleo tras el fallecimiento de su padre. Y al escucharlo, me acordé de aquella conversación en Granada, en la despedida de Goitia. El crujir de hielos, las siete de la tarde – todos recordando aquel enero donde compartimos un fin de semana con Luis en Barcelona. El ofrecimiento de ir a cazar a su finca, cómo nos sorprendió a Maik y a mí hablando de lo putos amos que éramos los de ICAI (su carcajada al descubrirlo), el concierto de Izal, aquella cafetería donde nos alcoholizamos sin remedio. El comentario del puerta de Bling Bling cuando nos vio llegar a las once de la noche arrastrándonos por el suelo: “Joder, estos vienen calentitos”. Somos lo que arrebatamos al olvido. Eso es así. Estamos hechos de lo que perdemos. También de nuestros triunfos, de nuestros logros, pero lo que duele en la mirada es ese camino ya para siempre intransitable. Una risa, un rostro, unas manos, las palabras que nunca dijiste y que son para siempre tuyas. A Fredi le lleva abrasando esta certeza desde hace mucho tiempo y sabe que recordar a los que ya no están es el mejor de los homenajes. El único. Recordar – del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón. Y en aquella mesa, en Granada, a las siete de la tarde, Fredi se emocionó porque recordábamos a Luis. Y todos nos emocionamos con él.

Un sextante. Claudio explicó que lo había comprado en un anticuario y que le había acompañado desde la fundación de la empresa. Era un objeto antiguo, poco práctico, grande y pesado. Pero era un jodido sextante. Auténtico, genuinamente real. Con él, perdido en la inmensidad del océano, solo hace falta el horizonte, el sol y la hora del día para conocer la latitud del navegante. Un sextante – en un viaje, en una aventura – te permite saber donde estás. Concede la realidad necesaria para ubicarte y te recuerda hacia dónde te diriges (o de dónde huyes). Fue el regalo que le hizo, a título personal, Claudio a Joaquín. Para que siempre sepas volver, creí escuchar. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, y de pronto todos fuimos marineros, el aire se llenó de salitre, de viento, de gaviotas; y nos sentimos libres y audaces. Aquella frase nos permitió ser corsarios. De pronto, estábamos (y nunca mejor dicho) en alta mar; y todo dependía de la fuerza de nuestros brazos, de nuestro arrojo y de nuestro valor.

Fue una buena despedida. Después de las palabras vino el alcohol, pero yo, como buena prostituta que soy, tuve que volver a currar. Todos mamándose por la oficina y yo haciendo cash flows. Pero entre tanto número, celdas de excell, rentabilidades y múltiplos, volví a pensarlo: Tengo unos amigos que son subnormales. Esa certeza me arrancó una sonrisa y un suspiro. Intenté concentrarme en lo que hacía, pero en realidad había vuelto a Granada. A las seis de la mañana. A Borja completamente etílico buscándonos, desesperado, por la discoteca. Repitiéndose que es imposible, que debería poder salir de ese garito de mierda; pero, oh destino inefable, no conseguía encontrar la salida. Además, había perdido el abrigo. El viernes el jersey y el sábado el abrigo. La gracia del siglo. Le había preguntado varias veces a la chica del ropero si tenía un abrigo negro y absolutamente todas las veces le había mandado a la mierda. También, le preguntó si por casualidad no tendría un aparato bucal. No sé, alguno, el que sea. Que él había perdido el suyo hace unas semanas y que cualquiera le valía. De repente notó un dolor en el brazo izquierdo y se alejó del ropero para acercarse tambaleándose – como si estuviese en un barco, como si fuese un pirata empapado en ron – a un puerta.

– Perdona…

El puerta le miró como si estuviese resolviendo un sudoku y le acabaran de interrumpir.

– Es que… creo… Creo que me está dando un infarto.

El puerta le miró de arriba abajo. Borja, en camiseta, sujetándose el brazo derecho (que no el izquierdo) con los ojos girándole en la cara como un camaleón. La boca tiritando de la mega mierda que llevaba.

– Borja – dice el puerta, llamándole por su nombre, sin un atisbo de duda – me llevas tocando los cojones toda la noche. Vete a casa de una puta vez.

Sonrío desarmado, ahogando una carcajada, delante de la pantalla. Recordando. Una de mis jefas entra gritando que está borracha y yo le digo que eso está muy bien. Que es muy bonito. Terrés escribió  hace mucho  que los cambios pocas veces son para mejor. Pienso en Joaquín y en su mirada lejana de mar abierto. Pienso en su tristeza, en su voz rompiéndose contra las rocas. Leí el otro día que la Playa de las Catedrales se está yendo a la mierda debido a la afluencia masiva de turistas, que causan desprendimientos. Leí también que la playa tailandesa donde Leonardo DiCaprio rodó La Playa ha tenido que cerrar porque los turistas estaban jodiendo el ecosistema. Otro artículo, desolador, contando cómo habían cazado a una manada de elefantes en Zambia con kalashnikovs, acribillándoles sin piedad. Todo por el marfil de sus colmillos. Y puede que el subnormal de Terrés tenga razón y que sea verdad – los cambios pocas veces son para mejor. Ya no se puede viajar, ni comer, ni querer como antes. Todo es estándar y replicable. Todo tiene un nombre, un precio, una pega. Puede ser. Pero, de repente, se me va la olla (el miedo, las dudas) y, de un día para otro, me mudo al centro de Madrid y vuelvo a tener conversaciones a la hora de cenar que suplen mi apatía. Que la arrinconan. Y un día, Rober me cuenta como su abuelo, rodeado de su familia, en su último estertor, le miró a los ojos y le dijo: “Creo que estoy preparado para morir”.

Cuando Paco de Lucía quería definir el duende de una canción o de un guitarrista que se arriesgaba llegando hasta el final para buscar lo que quería expresar, cuentan que simplemente decía: “Tiene abismo”.

Hay frases que cuando las escuchas (o las lees) te llenan de la melancolía necesaria para seguir luchando. Por un lado – nostalgia por lo que perdiste, por lo que disfrutaste, por lo que quisiste con locura. Por el otro – valor, coraje para lo que vendrá. Siempre llega ese lunes de mierda, a primera hora de la mañana y eres Joaquín y ya no hay copas, ni discursos, ni despedidas. No hay ni siquiera una oficina a la que volver. Una rutina a la que aferrarte. Solo nos queda respirar profundamente y disfrutar de la zozobra. Aceptar la incertidumbre del mañana. Quién sabe. A lo mejor la vida te pone en las manos un sextante, y consigues, por fin, regresar. O huir.

A lo mejor, si tienes suerte, el camino se hace largo. Y puede que, por las noches, contemples las estrellas. A lo mejor te enamoras, luchas y te traicionan. O a lo mejor viajas, a lo mejor tienes hijos o un barco. A lo mejor pierdes con clase y vences con osadía. A lo mejor te decepcionan o a lo mejor te llenan los ojos de luz. A lo mejor – qué cojones – vives. Y al final, rodeado de todos tus recuerdos y cicatrices, puedes suspirar derrotado y admitir, por fin, que crees que estás preparado para morir.

Sabiendo que otros te recordarán.

Resultado de imagen de sextante marinero

P.S. Borja es Ingeniero Industrial del ICAI y en agosto comenzará a cursar el MBA del MIT. Ahí es nah. El gilipollas.

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