Detrás de todo este espectáculo de palabras

La certeza de los años. La madurez del estío – el invierno que avanza y se desmorona. Aquella atalaya de Londres desde donde contemplaba con placidez resignada – los días despejados – los tejados, las chimeneas y el cielo, mientras abajo, en mi oficina, Lorenzo y Pierandrea me disculpaban encogiéndose de hombros, mirándose, resignados, conocedores de los entresijos del corazón, del alma humana, de la potencia de un adiós definitivo. Viene a mi esa imagen como un reflejo. Esa ventana, el canto de las gaviotas, la proximidad del Támesis. La incipiente humedad del día, la melancolía que me invadía. Por lo menos allí había distancia, soledad; días de lluvia, atardeceres encendidos, parques infinitos, edificios que cantaban sobre la guerra y el tiempo, sobre el tiempo y el amor, sobre la muerte y la vida. Pienso en aquella terraza –  si fumase habría subido ahí con el impulso suicida de llenarme los pulmones de petróleo – en lo que sentía cuando subía allí, en quien era y a donde quería llegar. En lo que me estaba convirtiendo.

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El otro día. Un restaurante. Tres colegas. Un anuncio de boda – otra más –. Enhorabuenas y abrazos. El que se casaba, sonriente, feliz, se giró para contemplar mi tranquila apatía y me lo soltó como si nada: “Por cierto, vete preparando el discurso, porque 100% vas a hablar en mi boda”. Pronunció el “cien por cien” con una rotundidad que me faltó llevarme el índice al pecho: ¿Yo? ¿Hablar en tu boda? ¿De amor, de compromiso, de felicidad? Estás tonto, ¿yo? Que he hecho de la pérdida un deporte; que aún conservo un temblor indescriptible en las manos, en la garganta, en la vida. De verdad, tío, ¿yo?

Y me dice el cabrón – sí, tú. Para que vuelvas a escribir, cojones. Para que creas en algo. Para que regreses.

Y recuerdo que pensé: ¿Regresar de dónde? Como si no lo supiera. De su piel, de sus piernas, de su sonrisa, de su manera de chasquear la lengua, de sus manos mientras explicaba las cosas, de aquel día de julio en el que sus ojos verdes resplandecían cuando les daba la luz del sol y el viento bailaba en su vestido. En definitiva, de mi puto turismo emocional. Y volví a pensar en la terraza – en mí terraza –. Donde conseguía hacer, por un segundo, las paces conmigo mismo. Perdonarme. Los brazos apoyados en la barandilla, el día despuntando – las diez o las once de la mañana – y yo ahí, ensimismado como un gilipollas, perdiendo el tiempo, recordando otros días donde la felicidad me vistió de héroe griego y conquisté Arcadia. Así que, el otro día, etílico después de dos cervezas – siempre fui un pusilánime con carisma – llegué a casa, cogí un papel, la estilográfica de Moreton, ajusté la luz y escribí el discurso del tirón, rompiéndome en cada frase. Incinerándome. Recordando – recordándome – con una honestidad que me agrietaba por dentro, que es mejor arder y consumirse que permanecer entero.

“¿Y sabes? No supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara”

Como decía aquella puta canción, no supe que estaba triste hasta que me pidieron – en mi caso – que escribiera. Me froté los ojos, cansado, releyendo mi proclama, mi grito, mi jodido abordaje, y yo que sé por qué me acordé de todo lo que no había escrito hasta ese momento. Recordé el impulso, las palabras en mi cabeza, las frases que no había querido que crecieran en mí. El miedo que aún sentía, el vértigo que me seguía invadiendo en cada recuerdo. Me acordé de Diamantes de Sangre, de London Boulevard, de todas las películas que acaban mal. Me acordé del torrijo de Lyovin proponiéndole matrimonio a Kitty, de Kitty enamorada de Vronski, de Vronski largándose con Anna Karenina. Me acordé de todas las tragedias, de todas las historias de amor truncadas. De la voz destrozada de Beret cantando Vuelve. De las palabras que Horacio repetía siempre a los Buendía, del post Incendios en la Nieve del Manual de un Buen Vividor. Recordé los Diarios de Gil de Biedma, cuando se va de Filipinas, cuando se arrepiente de no haber escrito una última carta a su amante. Una última carta de desgarro, de despedida, de amor, de melancolía, de dicha, de destierro.

El caso es que paré, empanadísimo, en moto, hace nada, en un semáforo en rojo. La palabras me habían vuelto a encontrar e iba repasando el discurso de la boda en mi memoria; dándole vueltas a un párrafo. Evocando – mientras sonreía – una frase que me dijo mi padre el otro día mientras comíamos en Bibo que me había recordado a otra que soltó cuando yo era pequeño y a él aún le gustaba cazar. Y pensaba, también, qué puto remedio, en ella.

Entonces, la luz del atardecer, la Castellana, el ralentí de la moto, el frío que hacía en la calle y el otro, el que llevaba yo dentro, me transportó a un lejano mes de marzo en el que me llevé a mi primo a montar en moto a Tiedra. Un finde lleno de nostalgia, con esa débil luz primaveral de la meseta – traslúcida, herida – que da ganas de morirse o de matar. Esa luz melancólica que nos acompañó mientras recorríamos los campos de trigo, mientras mi primo intentaba olvidar y rehacerse. La combustión de la gasolina rompiendo el silencio del atardecer y él intentando permanecer entero. Aquella loma donde le prometí que le dedicaría mi novela – “Para Luis; aquella loma, aquel río, aquel camino” – mientras él revisaba el WhatsApp con manos temblorosas. Los paseos, por la noche, contemplando la infinidad de estrellas y todas aquellas preguntas desesperadas y sinceras que me conmovían hasta lo indecible: si aquel dolor en el pecho le duraría siempre, si podría volver a dormir bien, si aquella ansiedad desparecería, que porqué las cosas hermosas se nos rompen en las manos. La certeza de estar perdiendo un amor irrepetible. El miedo a no saber (o no querer) volver a empezar.

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Y todas aquellas preguntas – preguntas que yo creía lejanas e imposibles – las reconozco hoy en mi como un diagnóstico. Como una evaluación terrible y definitiva sobre mi estado terminal. Como si estuviese roto. Como si necesitase que alguien me llevara a montar en moto, como si mirase las estrellas haciéndome las preguntas más antiguas del mundo, como si estuviese perdiendo algo hermoso, como si algo único se me hubiese roto en las manos. O sin el cómo.

La última vez que escribí sobre ella me dijo que lo hice con rabia. Pero no era así. Era, tan solo – y se lo dije después – un pobre hombre intentando permanecer entero mientras la combustión de la gasolina rompía el silencio del atardecer. O se rompían otras cosas, yo qué cojones sé. El segundo viaje a la Costa Brava (aquella habitación alejada del mundo), los sábados de resaca en su casa con Goiko Grill, ella y yo bailando etílicos en Amazónico, las llamadas a las nueve y veinte de la mañana antes de entrar a currar. Su sonrisa – esa que me dedicaba, siempre, antes de llamarme subnormal – o los besos de película que nos dábamos en el portal de su casa. Su mirada – aquellos ojos inverosímiles – cuando se daba cuenta de que me quería sin remedio. La ternura de sus manos. Todas las terrazas de Madrid donde nos bebimos el tiempo.

No. Nunca podría haber habido rabia porque ella era Arcadia, Ítaca, el lugar al que se dirigía Inman, todas las películas de amor que acaban bien, la última conversación por teléfono de Diamantes de Sangre. Lyovin casándose con Kitty.

J.R. Moehringer escribió que “La vida es una sucesión de historias de amor, y cada una de ellas es la respuesta a la anterior”. Y ella era, sin duda, la respuesta a todas las mías.

El semáforo se pone en verde y yo acelero sin mucha convicción. Recuerdo la mirada preocupada de mi padre, el otro día, en Bibo, diciéndome que ojalá pudiese sufrir por mí. También le recuerdo – yo mucho más pequeño y él aún con bigote – con una escopeta en las manos, moviéndose despacio entre las encinas del coto de Villavellid, indicándome que no hiciese ruido. Aquel tiempo en el que aún disfrutaba del rececho, de la adrenalina, del temblor de un arma al dispararse. Recuerdo su voz, su mirada despierta, el tacto de sus manos, mientras me decía que huir solo sirve para morir cansado. “Hijo, siempre hay que luchar”. Y acelero, ya con vehemencia, perdiendo la mirada en el cielo de Madrid. Imaginando que mi primo me acompaña mientras desciendo por una ladera imposible con espigas de trigo rozándome las rodillas y que la luz del atardecer nos invade y nos salva, nos zarandea y nos transporta a otro lugar donde el amor triunfa y no hay dolor, ni suspiros, ni congoja. Acelero, diciéndome que sí, que las preguntas son siempre las mismas, que todos estamos un poco rotos y que cuando todo va mal pienso en ti. Que hace falta tiempo. Que hace falta soledad.

Pero – y lo sé – hay cosas que permanecerán en mí sin ningún tipo de remedio. Instantes llenos de calambre y emoción. Recuerdos que me dan forma, que me explican, que me acompañarán siempre. Y no puedo evitar imaginarlo. Ella corriendo a mi lado (y perdiendo un pendiente) por aquella siembra, un domingo, buscando las vistas para una casa que ahora ya no tiene tanto sentido sin sus manos, sin su criterio. Contemplando juntos el horizonte, con los campos desiertos a nuestros pies. Con el futuro por delante.

Acelero. Acelero y vuelvo a aquella terraza, la de Londres, que ya siento lejana y extranjera. Aquella terraza donde puedo recordar mejores días. Días como aquel domingo. Días como la mirada sincera de mi padre. Días en los que la felicidad me vistió de héroe griego y conquisté Arcadia.

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