La casa de las dagas voladoras

Lo he escrito muchas veces: Hemingway dijo una vez que no se puede escribir sobre un sitio hasta que te has marchado. Son las 4 de la mañana, una brisa cálida e inverosímil entra por la ventana y me encuentro observando con ternura las proporciones de mi cuarto. La mesilla de noche a la que hice un agujero para meter el cargador. Mi cama, la colcha, las almohadas. Mi cuarto vacío, sin mí. Con los restos de mi pasado. Las huellas que cantan que un día existí. Libros, los mecheros, un cajón lleno de multas. Las conversaciones que las paredes de mi cuarto esconden. La experiencia, la memoria, la reflexión de la sombra. El milagro de la amistad.

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La luz mortecina de la mesilla de noche concede a la situación la melancolía necesaria. La nostalgia precisa. Que le jodan a Hemingway. Tengo entre los dedos la estilográfica que me ha regalado Moreton. Me palpita en el muslo el tatuaje que nos hemos hecho en un arrebato de sinceridad, de familia, de instinto. Un grito contra la impostura, a favor de la sangre que eliges. Un tatuaje que habla de cerraduras, de posibilidades. De cosas que se abren y se destruyen. De rehacerse. Un tatuaje que habla de nosotros. Un tatuaje que dice que nunca nos podremos olvidar.

Y cómo cojones podríamos hacerlo.

Han sido dos años llenos de traspiés, de viajes, de desvelos, penurias, éxitos, derrotas y esperanza. Sería injusto no mencionar a La Roche, a Chefo, a Silverio, a Miguel, a Mike, a Vela, al Primo. Miami, Infernos, La Armada, Mestizo, Ibérica, Cask, el moro hijo de puta de la esquina, el Waitrose, todos y cada uno de nuestros vecinos. Sería injusto – incluso –  no nombrar a ciertas mujeres. Pero todo a su tiempo.

Esta noche es para recordar lo que fuimos capaces de crear juntos – una familia en el corazón de la ciudad más agresiva del mundo. Recorro mentalmente Moreton Place. La calle donde aparcaba la moto (últimamente pienso que nunca le puse nombre), la torre de Artiñano reinando a lo lejos. La apacible calma que nos encargábamos de romper cada fin de semana. La aldaba del león (la que casi nos tatuamos), la puerta negra, el macetero con las bolas verdes de plástico. Atravieso la entrada y recorro el cuarto de las bicicletas, que es a la vez cuarto de invitados, el cuarto de la plancha, de los abrigos, de las camisas; el cuarto de Vela. Enfrente, la cocina. La mesa de madera donde tantas conversaciones se fraguaron. Gritos, insultos, comida, Doritos con la salsa esa de mierda que estaba de cojones. Risa en general, en particular, como conclusión y sustento. Risa envuelta en todos los aromas que impregnaban, a diario, aquella cocina; una cocina traída de algún lugar que aún conserva – intactas – la cordura, las ganas de vivir, la fuerza para seguir luchando. Recuerdo ciertos detalles, detalles intrínsecos a aquel espacio: Amaro vestido de biciclista comiendo pollo, Juan con gafas, concentrado, cocinando cualquier cosa, Alfonso trajeado y su salsa de tomate, Maligna en calzoncillos y calcetines cortando lomo. Cada uno con una frase, un comentario personal y sincero. Un modo de ser, unas personalidades que, mañana, cuando regrese a España, cuando abandone esta isla, perderé para siempre.

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Se me encharcan, otra vez, en esta madrugada, – aún más – los pulmones de pérdida. Y empiezo, para variar, a recordar.

A Juan le conocí en Salamanca. Abrió dos veces una puerta, la segunda vez pensando que era otra. Representando el error humano más antiguo. El más obsoleto y fatal: tropezar con la misma piedra. La primera vez que nos tomamos en serio fue hablando sobre el número de soldados muertos en la segunda guerra mundial. Aquel atisbo de comprensión, de interés por el pasado. Después vino todo lo demás – John, Johnie, Jonathan, Unpredictijohn. Imprevisible, volátil, carismático. “¿Qué pasa papi?¿Nos mamaremos accordingly?“. Supongo que todo empieza con los porros de maría, pasa por las películas de Kurosawa y termina en Kvothe. Vertebrándose, todo, en el placer de la lectura, en las carcajadas leyendo La sombra del águila, en las conversaciones en la terraza sobre el tiempo y el amor. El sofá como refugio, el aprendizaje de italiano, el póker, las tías que le sacaban a él – curiosamente a él – los temas más escabrosos que habían decidido olvidar. La boina, Dorothy, los feeling unwell de los martes, la coca cola light con hielo, los huevazos al vecino, la frente sudada, la risa fácil, la mirada honesta. Una persona que, si no conoces, la inventas por necesidad. La constante rivalidad con el subnormal de Maligna.

A Maleficiencia le conocí en Santander. Era un niñato de diecisiete años, alto y deforme, y yo era un subnormal de veinte, peludo y también deforme. Lo único que nos diferenciaba es que yo tenía coche y él tenía ganas liarla. Fue amor a primera vista. Nos reencontramos, cinco años después, en el concierto de Melendi, en Londres. Y la llama seguía intacta. Seguía siendo alto, era menos deforme y le habían crecido – como una enredadera, como las uñas, como el vértigo – las ganas de liarla. Y la liamos. Una ciudad que no conocíamos pero que íbamos intuyendo en cada copa, en cada garito, en cada palpitar juntos. Después de cada noche, llegaba la luz, el alba; y con ella venían las confidencias, el día a día, la comprensión, las cosas bien hechas (aunque nunca pidió un puto Uber). Le robé mil camisas, un abrigo, un cargador y las ganas de vivir con el desparpajo de la gente que sabe soltar lastre. La nitidez de cada mañana cuando yo bajaba las escaleras con desgana – esa desgana implícita en cada madrugada – y entraba en su cuarto para observar cómo se anudaba la corbata con esmero; con esos ojos cansados y esa sonrisa, resuelta, al verme. “Joder, estoy destrozado“. A pesar de la confrontación, de las mañanas etílicas en las que casi acabamos a tortazos, también ha sido refugio y consuelo. Un lugar al que recurrir cuando todo se desmoronaba y la fría lucidez de quien ve más allá era necesaria. La tranquilidad de quien conoce los resortes del alma humana; esa serena y extraña habilidad que – como dice Amaro – le permite orquestar un método en su locura.

A Amaro le conocí tres semanas después que a Maligna, en Llanes. Aquel mes de agosto que me llenó el armario de futuro. Llegó el último a Londres y ha sido – y es – mi compañero de desvelos. Supongo que convivir en el último piso de un manicomio y compartir baño durante un año te hace merecedor de cierto estatus; digno de un indiscutible rango. Estoy sentado en el suelo de mi cuarto escribiendo y le imagino paseando de lado a lado, como tanto otros días de este año que ya son irrecuperables. Analizando la parte más humana de cada acción, de cada frase. Oigo como llama a mi puerta para ir a nadar, para hablar a la una de la mañana sobre la necesidad de ser un cabrón, para poner verde a Barrera, para convencerme de que el Garmin es la polla. Me veo recorriendo su cuarto, atrapado, enjaulado, violento e indeciso, reproduciendo a la inversa todas las conversaciones en las que nos volcábamos. Le veo llegando a casa, saludando y diciendo: “¿Qué pasa chicken? Joder hoy he nadado mil quinientos metros en tres segundos“. Le visualizo realizando la complicada maniobra del timonel holandés, le veo durmiendo etílico con zapatos. Le siento, al otro lado de la pared, y le extraño en la distancia que ya nos separa; aunque siempre le quedará Alfonso para retroalimentarse.

Alfonso era el único al que no había conocido en Madrid. Adivinábamos en cada conversación – en cenas, en copas, en conciertos –  la amistad que en un futuro surgiría sin remedio. Aquella complicidad propia de los que antes de conocerse, ya se conocen. Fue una noche (una de tantas) en Raffles; no nos dejaron entrar  sobornando a los puertas y decidimos, con el amanecer en los bolsillos, volver a casa. Le hablé de Delibes, de aquella mujer con carácter que quería – que necesitaba –  en mi vida, una mujer de rojo sobre fondo gris. Una bestia social que cuidaba de un pintor brillante y apático. El reloj de pared destripado y lleno de libros. Ahí, supongo, empezó todo. Y todo llegó después. La conversación en la que le dimos la última vuelta – el último giro de tuerca – a la novela, la temperatura de la ducha, la necesidad de luz en la nueva casa. Las putas pesas que olvidé, las mudanzas. Las conversaciones en la cena, el otro punto de vista; las segundas y terceras derivadas de su jefe. El futuro. Aquella cena en Ibérica que estuvo llena de altura. Su cuarto amueblado tres veces. Su puto sombrero dado la vuelta que utilizaba como mesilla. El colchón en el suelo. Su antifaz, los tapones. La salsa de vino, el gazpacho, la vuelta que le dimos a mi proyecto, con Amaro, en aquella noche desesperada: el service debt coverage ratio. Su paciencia con los números, su afán por explicar y entender. Su mirada sin juicio y su calma resuelta. El agradecimiento que siento por su serenidad ante mi inquietud en estos últimos meses. Aquellas largas llamadas para recuperarme. La canción de Notorius que me regalaba cada domingo.

Cojo el móvil, abro Spotify y pongo Old thing back; y le veo, le veo joder. Veo a Alfonso mover de arriba a abajo, serio, la cabeza mientras escucha la canción. Nos veo a todos de resaca, en silencio. Con pantalones cortos en cualquier Uber dirigiéndonos a defender a una Armada en la que dejamos de creer hace ya cuatro meses. Juan reconociendo que ni un jodido domingo le había apetecido ir a jugar al fútbol.

Perdí, junto a todos, el miedo al abismo del domingo en aquella casa previa de sofás blancos y techos altos. Comprendí – atisbé – que la vida es sencilla. Que somos nosotros los que decidimos complicarla. Que merece la pena y que siempre hay que jugar. Que hemos venido a palmar y que el calambre es necesario. Que si te equivocas es por que lo has intentado; que quedarse quieto – con el dinero, con el amor – no sale rentable. Que la soledad compartida no es tan definitiva y que no hay mejor terapia que hablar las cosas con el corazón, el hígado y los pulmones en la mano. Que llorar es de valientes y que levantarse es cosa de uno mismo. Que nadie puede salvarte  – uno se salva a sí mismo o se pierde – pero que un abrazo, una conversación, o una sonrisa a tiempo diluye la rabia. He aprendido que amueblar una casa te enseña a ordenar tu cabeza, tu paciencia, tu instinto; y que cuidar de cuatro subnormales te prepara – a la larga – para cuidar de ti mismo.

Recorro en mi cabeza cada estancia de 17 Moreton Place – de la Casa de las dagas voladoras – y una profunda inquietud me llena el estómago de añoranza. Mañana, como siempre, contemplaré, por última vez mi casa. Estos cuartos, este salón, esta terraza, esta cocina, esta calle que ha vivido mi insomnio y mi alegría, mi felicidad y mi desgracia. Transitaré, como un fantasma, por aquellas habitaciones, por aquellos salones que me vieron crecer y convertirme en la persona que he conseguido llegar a ser. Una persona que habría sido imposible sin esta casa, sin esta familia, sin esta ciudad. Cierro los ojos y siento, otra vez, la brisa cálida del amanecer que se acerca inexorable, un amanecer que me cambiará la vida. Sonrío – con esa sonrisa familiar, de lobo estepario cansado – y me digo que, definitivamente, Hemingway tenía razón.

No se puede escribir de un sitio hasta que te has marchado.

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