Que duela lo que tenga que doler

Las cosas siempre duran un poco más de lo que deberían. Pienso en ello en la Terminal 1 de Barajas. Son las seis de la mañana y tengo que coger un vuelo a Londres, o a Calella, o a Venecia, o a San Sebastián. Ya no lo recuerdo. Y hace tiempo que dejó de importarme. Loriga escribió aquello de que la memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa. Y es verdad. Las imágenes desfilan rápido por mi cabeza. Cada recuerdo unido a cierto desequilibrio, a un vértigo que se me antoja ajeno. Una amalgama de sensaciones torturando a mi estómago, a mis manos, a lo que era yo antes de sentirme incompleto. Antes de que me arrebataran algo. Los rasgos que difumino en mi cabeza para que el pecho me duela menos. Para que el desconsuelo me encuentre llorado, y que mis lágrimas canten el amor que sentía, y que a pesar de todo no fue suficiente.

El avión despega y yo, como siempre, me concentro en las turbinas. Recuerdo con precisión las palabras de Miki, en Dubai, cuando me contaba que, en el despegue, la clave está en las turbinas. Si una falla, la otra tiene la potencia suficiente para levantar el avión. Tiene fuerza para socorrer a su compañera, para cargar con la responsabilidad de las dos. Las turbinas están resueltas a no rendirse. Y a mí se me inundan los ojos de alternativas cuando pienso en eso. Debería, quizá, a lo mejor, aquel día, si hubiese hecho, si hubiera sido, si hubiera callado. Qué más da, concluyo, si el puto avión ahora mismo se cae. Si total, quién nos dice que este mundo no es el infierno de otra vida. Intento dormir pero un extraño impulso llega a mis dedos, desbloqueo el móvil y borro su número. Y el aire se detiene en mis pulmones. Pero hay algo más. Aquella conversación, aquella línea conocida, aquella foto gris y azul que me desdice cuando aprieto los puños y me grito que ya es suficiente. Doscientos cuarenta archivos. Lo volveré a escribir más despacio. Doscientos. Cuarenta. Archivos. Fotos, pantallazos, selfies. Esos putos ojos que me persiguen, que están incrustados en el fondo de mi ansiedad y son la causa de mi desvelo. Esos ojos que me atenazan hasta lo indecible. Respiro hondo y ya, sin pudor, las lágrimas hacen carreras por mis mejillas. Giro la cabeza para ocultarlas, mirando por la ventanilla, y ahogo un lamento mientras deslizo el pulgar y corto para siempre el hilo de Teseo. Quemo los barcos, destruyo los puentes, renuncio a Cristóbal de Mondragón. Dejo que el Elba anegue mis anhelos.

Y de pronto estamos en el aire, el avión no se ha caído y la vida sigue y yo me seco las lágrimas como quien renuncia a la esperanza, al futuro o a encontrar las llaves de casa que perdió Maligna hace tres meses.

Empieza a amanecer y el horizonte es una línea de fuego anaranjada que ofrece nuevas oportunidades para los intrépidos. Yo, que siempre fui audaz, inquieto, despierto, lúcido, hoy, ya no lo soy. No ahora. Y quizá no lo seré jamás. Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Consigo dormir un poco, con los brazos cruzados sobre el pecho para no romperme, sujetándome con la entereza de un puto panda. Temblando en el recuerdo y en la ausencia. Aterrizo – creo reconocer a donde he llegado – y piso, de nuevo, como un mantra, como una triste cantinela, el suelo de la pérfida Albión. Las verdades acuden a mí y me dicen y me preguntan: ¿Qué quieres cenar hoy?  Yo respondo agradecido mientras se derrumba mi convicción. Como la vida, como el amor, como las cosas que se rompen y se arreglan, esa verdad – la que me pregunta qué quiero cenar – trae consigo un lado amargo. Y aparece cuando mi mente vuela y me traiciona y decide ser todas las cosas inalcanzables que la habrían mantenido a mi lado. No va a volver – dice aquella verdad sin ningún quiebro, sin que la voz le vibre mucho, sin saber que me hace resonar a mí como un cueva llena de murciélagos y de derrotas -. Las mujeres son así. Quiere dejar una puerta abierta. Pero no va a volver. 

Y recuerdo las palabras de Benedetti que tuve la desgracia de encontrar hace tiempo, cuando todo se derrumbaba: Creo que tenés razón, la culpa es de uno cuando no enamora, y no de los pretextos, ni del tiempo. Y muero un poco, lo justo, lo necesario para poder seguir respirando. Para poder pasar el control de pasaportes, para coger el Stansted Express e irme a tomar por el culo.

Al final, me digo, todo pasa. Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y empezar de nuevo. Le lanzo al mundo un suspiro temerario y aprieto los dientes, los puños, el corazón. Estoy vivo. Y como decía el mamao de Bukowsky, seguir vivo es la victoria. Sé – esa certeza me brilla en los ojos – que los próximos findes van a ser un infierno. Que habrá mil dudas, que lloraré, que sentiré vértigo, nostalgia, que mis manos echarán de menos su piel (al escribir esto me ha dado una punzada en el estómago). Pero también sé que está saliendo en sol en Londres. Que Amaro se ha dejado cien mil pavos en una bicicleta y que Alfonso a lo mejor le compra la antigua. Sé que Juan ha comprado una mesa y sillas para la terraza y que nos vamos a hacer un tatuaje porque de alguna manera hay que inmortalizar este año. Que Moreton Place es una familia y que me rompe el corazón abandonarles. Que mis amigos de Madrid me esperan con ansia. Que Anto está intentando recuperar Cris. Que un colega le va a pedir matrimonio a su novia – me lo dijo ayer y aún me dura el escalofrío – y que el amor existe y que aún hay esperanza, joder. Que, por supuesto, hay tiniebla. Que necesito tiempo. Que, como Gayo Máximo, necesito un Rin que me separe de mis bárbaros. De mis recuerdos, de las alternativas. Un cuartel de invierno al que retirarme, aunque sea Ibiza, aunque sea Tiedra, aunque sea agosto con mi hermano en casa.  El puto final del poema de Benedetti:

Siempre cuesta un poco empezar a sentirse desgraciado. Antes de regresar a mis lóbregos cuarteles de invierno, con los ojos bien secos, por si acaso, miro como te vas adentrando en la niebla,

y empiezo a recordarte.

Pues eso.

Que duela lo que tenga que doler