En tu final encontré la aventura

Cuando por fin, todos estuvimos juntos, eran las tres de la mañana. El hotel más decente en la calle más infame de Bangkok. Un habitación con vistas al vicio. Carteles de luz, combinados y prostitutas. Yo estaba en coma, las dos rubias holandesas habían empezado a arrepentirse y Xavi, una vez más, con sus palabras, me había anegado el corazón de una emoción lenta e indescriptible. Pedimos más botellas, más crujir de hielo, alzamos el tono de voz; comenzaron los gritos y la risas. El desafío, la aventura, acababa de empezar. Después – qué añadir – la isla de los monos, cómo dejaron K.O. a Xavi en un ring, la venganza de Abel. La villa de Koh Samui, las prostitutas que llamaron a la policía, la espalda de Vasco, Manuel fumando porros por primera vez en su vida, Gorka con los ojos fantásticos, con aquella sonrisa que le hacía volver a los quince años. Pablo con su tatuaje, sus viajes nacionales, los disparos a través de la puerta del hotel. Pablo y su mundo. El mundo, Tailandia y nosotros.

Siempre siento una amarga felicidad cuando un viaje acaba. Nada une más que contemplar un amanecer en coma. Compartir conversaciones largas, desvelos, zozobras; el tono de voz, los detalles de una convivencia fácil, que ya nos sorprendió haciendo el Camino de Santiago en putas bicicletas – los Cipocletas -. Después de cinco días de sufrimiento y sudor, ni una discusión, ni una voz. Tan solo la desesperación en los ojos de Jorgito cuando girábamos una curva y la carretera parecía no tener fin. “A la siguiente me pido un taxi. Me cago en mi vida. ¿Quien me manda venir a hacer esto? ¡Que soy un paleto de ciudad!”.

Cuando un viaje acaba significa que has sobrevivido a él. Que tus ojos han recogido cosas nuevas, tu paladar se ha equivocado, tus pies han recorrido otras ciudades, otros fracasos. Porque las cosas nunca salen bien. Las condiciones nunca son las perfectas. El tiempo (los monzones), el azar, un amigo irresponsable que pilla y desaparece, la pereza, el cansancio. Un coro emocionado y etílico que canta Un beso y una flor y que interrumpen unos ingleses lanzando buckets de vodka con kiwi. El viaje acaba. Su final te sorprende como una ex novia en una discoteca. Miras alrededor y estás en un puerto feísimo rodeado de viento, en la cafetería de un aeropuerto, tumbado en una cama intentando sobrevivir a la resaca. Bueno, dice alguien, nosotros nos vamos. El abrazo rápido, un beso en la mejilla, las sonrisas a medio hacer, ha sido la polla, te debo veinte pavos. Una tristeza que nadie se reconoce del todo. Esa alegría taciturna que envuelve cada despedida. Volver a casa, descansar, perder lo que podría haber sido. Lo que no conseguimos juntos. El viaje acaba, los días se agotan y hay que regresar a la rutina; a la decencia de ser quien eras antes de coger aquel avión. Antes de despedirte de tu novia en el coche, antes de mandar el último email en el curro. Traicionarte una vez más – la penúltima – no siendo el rufián buscavidas y cabrón que soñaste ser. El último de los mohicanos. Volver – necesariamente – a la agonía y a la felicidad de quien lucha.

Mi viaje acabó ayer. Volvimos huyendo de ese país caótico y explotado. De milagro, gracias a que Pablo se dio cuenta de que el avión salía un día antes. Cansados de tanto vuelo, de la incertidumbre del mañana, de la búsqueda de un paisaje definitivo y arrebatador. Hasta las pelotas de tanto templo y elefantes maltratados. Exhaustos, envueltos en una luz diurna, completamente derrotados. Volvía a casa – reconociendo lo inmutable, las cosas que siempre siguen en su sitio – con una paz intranquila girando dentro de mi. Todo empieza y todo acaba. Mis amigos se desvanecen, poco a poco, en mi memoria. Una extraña angustia me alcanza, me revuelca en su desesperación medida y yo dejo que me conquiste un poco. Lo justo. Llego a casa agitado, nervioso, herido y me pongo a escribir estas líneas porque, al final, estamos hechos de memoria. De lo que somos capaces de recordar un puto lunes a las nueve de la mañana yendo al curro. Sonreír mientras susurras: vaya pavo. Un pensamiento de algo inverosímil, una escena que recuperas en cada derrota; una frase, un consejo, la voz gutural de Diego analizando el porqué de cada huida. No hay alternativa a lo vivido. Venimos de nuestros errores. Al final, entre todos, conseguiremos recuperar cuatro historias. Reírnos de la policía que nunca vino, del salto a la arena desde un barco varado, los golpes en la puerta. Volver a lo que supimos encontrar juntos. Ser lo que una vez nos permitimos.

En eso consiste viajar. Viajar con amigos. Con una loca que te arranca una sonrisa. Emborracharte, exponerte, medirte; volver con cicatrices o tatuajes que cuentan una historia. La leyenda que después narras entre copas. La nostalgia de lo que nunca volverá.

Deshacerte, envejecer, aprender a observar. Luchar y devorarte. Volver a casa con los nudillos magullados y el labio partido preguntándote: ¿quién cojones bebe vodka con kiwi?

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