Como dicen en la Traviata: Domani

Todo empezó, supongo, cuando quedé con Juan a tomar pintas; antes de ir a Mestizo. Una ciudad nueva, costumbres diferentes y un cielo plomizo y cansado en cada amanecer. Siempre a punto de romper en lluvia, gris; un horizonte sin altura. Ahí, en un pub – seguramente de nombre absurdo: El caballo y la nieve, o El pollo y la esperanza – se rompió el cosmos, el big bang, Dios hizo el verbo. Conocí a Miki. Un pavo que no paraba de peinarse, flirtear con mujeres y beber espresso Martini. Después Maleficiencia puso la cabeza y Alfonso el saber estar; Chefo el salto de altura – la risa sin complejos. Silverio, la desnudez como bandera; La Roche su libertad conquistada, su mirada de niño perdido, su saber volver a empezar. Y de repente un Chevrolet diseñado para un coloso nos llevaba por las calles de Miami mientras una canción manoseada sonaba en la radio. Un conductor cubano sin erres en sus frases. Las ventanillas bajadas, marzo, los colores del atardecer llenando el cielo de promesas y derrotas.

Siempre he sido yo el que se ha marchado. Dejaba algo intacto a mi espalda, no miraba hacia atrás. Conocía la melancólica estela que deja una conclusión, un final – la certeza de seguir viviendo pese a todo. Primero fue Lille. Un año de blackouts y una cinta en la cabeza. Un año de postales, de miradas sedientas, de soledad y lectura. Un coche cargado: el bonsai que compramos un diciembre ya imposible, una guitarra, maletas, un edredón. La mirada empañada de mi amigo Xavi, vuelcafresas de corazón rojigualda, agitando la mano mientras se mordía los labios. Las preguntas sin respuesta. La amistad que por fin le ardía en el pecho. ¿La perdería para siempre? ¿Volveríamos a vernos? ¿Viajaríamos a más Sarajevos? ¿Conoceríamos a Vinagre, a Alicia, a Perséfone? Aún me repito que vivir es perder. Que estar roto es ese amanecer que descubres al salir de un after. Una realidad cotidiana que descubres cada cierto tiempo – y siempre es la primera vez. Ese asombro infantil ante la claridad del cielo cuando rompe el día. Tuve que perder una isla, sus rincones, el olor a jazmín, los cascos de los caballos bajo mi ventana para comprenderlo. El último helado en la Plaza del Quadrado, la historia de un amor imposible, de otro tiempo, otro espacio – su voz rasgada, la suave cadencia de su pelo cuando bailaba, aquel perfume de abismo. Leonardo DiCaprio diciéndole a los ojos azules de Jennifer Connelly “in another life maybe, all right?”. Seguir, traicionarse, perder. El corazón desolado mientras un silencioso taxi te lleva al aeropuerto y que, al final, te está llevando a otra vida. Aprender a marcharte silbando un tango. La canción apropiada para cada final – que no es otra cosa que un comienzo.

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Pero esta vez me toca a mi. Esta vez, en otra isla, soy yo el que se queda sentado viendo como alguien se marcha. Herido, abandonado, sintiendo que se llevan algo, que me traicionan. Aullando al cielo, buscando vengarme, desenterrando mis armas. Acude, a veces, a mi rostro una sonrisa de lobo solitario y cansado. Una mueca que entiende que el pasado es irrecuperable. Cruzamos, como cada domingo, en Uber, el Vauxhall Bridge – y alguien dice que esa vista del Big Ben es la mejor de Londres. Entonces yo me siento ligeramente afortunado. Por la luz, por el sentimiento de pertenencia, por la resaca que me llena los pulmones de remordimientos. Comparo el Támesis con el Guadalquivir, recuerdo lo que he leído de Mnomgo, de Herodoto, de las columnas de Hércules; y sonrío. Sonrío porque una vez le solté a alguien que las columnas de Hércules estaban en Galicia y Cádiz. Contemplo la luz del mediodía reflejándose en la corriente cambiante del río y me pregunto cuantas despedidas habrán presenciado sus riberas. Cuántos desastres, cuantos reencuentros. Cuánta desgracia inmerecida. Qué pasa cuando Aquiles sobrevive y se conviernte en Ulises y tiene sangre entre las uñas. Conrad describiendo el estuario del río, learnt by heart:

Nos sentíamos meditabundos, incapaces de hacer nada, excepto dejar vagar nuestra mirada plácidamente. El día se acababa en una serenidad de tranquila e intensa brillantez. El agua relucía apacible; el cielo, sin una mancha, era una dulce inmensidad de luz inmaculada; incluso la bruma sobre las marismas de Essex era como un tejido radiante y transparente, colgado de las boscosas colinas del interior y revistiendo las costas bajas de pliegues diáfanos. [..] ¡Qué grandeza no había flotado en el flujo de ese río hacia el misterio de una tierra desconocida! Los sueños de los hombres, la semilla de las colonias, el germen de los imperios. 

Incapaz de expresar lo que siento en ese momento (el Uber, la resaca, la inmensa alegría de respirar, de recordar, de poder sentir amor y miedo) un suspiro se hace sonoro en mis labios. Me vacía los pulmones, y la resignación se queda flotando en algún punto del paisaje. Sonrío, otra vez, una más, la penúltima, recordando lo que soy, de lo que he sido capaz. Recordando a un amigo que he perdido en el día a día, un amigo del que no conoceré más – no tanto como antes – sus inquietudes, sus avatares con las mujeres, sus decisiones y alegrías. Entonces, vuelvo sin remedio, sin ningún pretexto, como catapultado por una fuerza invisible a Miami. A aquel Chevrolet, una canción huyendo por las ventanillas, el cielo estallando para nosotros cuando aún estábamos juntos. Sin decisiones, sin ningún tipo de futuro. El viento corriendo dentro de nuestras camisetas y camisas. El frenesí etílico, la apuesta de un porvenir desesperado.

Somos lo que perdemos. Nada es inmutable. Ni la amistad, ni el Támesis, ni las Columnas de Hércules. La muerte, las despedidas, nos zarandean para que recordemos que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Dar los abrazos a tiempo, decir más tequieros –la mirada azorada de mi hermana-, saber por qué haces las cosas. Y quizá, algún día, si se es valiente; si hay lucidez, calambre y aventura, comprenderlo todo. Y entender nada.

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Como dicen en la Traviata: Domani