Don Alfonso de la Mancha

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Hacía calor en Lezuza. O en Munera. O en Toboso. Ya no lo recuerdo. Era un pueblo de la Mancha. Un solitario conjunto de casas blancas, soleadas y frescas. En una habitación, Alfonso, un joven sudoroso y algo desquiciado, terminaba de leer Ivanhoe. En una repisa, desordenados, otros títulos se amontonaban como una pira de leña. El último mohicano. El tango de la guardia vieja. Tirante el Blanco. Y se dijo: yo también quiero ser caballero. Bajó al patio. El sol perfilaba la tarde de una luz indecisa. La cuadra se había convertido hace tiempo en un desván y comenzó a buscar, entre los objetos más variopintos, algo que le sirviese de armadura. El ajetreo atrajo a su primo Pancho.

-¿Qué buscas?

-¡Cómo osáis –rugió Alfonso desde dentro- tutearme! Soy un caballero. ¡Tratadme como tal!

El chaval de ocho años dudó. Pero abrió los sorprendidos ojos al contemplar a su primo con almohadones atados en el torso, una pértiga en la mano y la cabeza cubierta por un viejo cubo de latón.

-¡Tú, deslenguado! –gritó Alfonso señalando a Pancho-. Tú serás mi escudero. Si me sirves bien te haré gobernador de una ínsula. ¡Sígueme!

En el corral, rodeado de gallinas, un viejo y delgado rocín masticaba distraídamente alfalfa.

-¡Ayúdame a montar, escudero!

Apoyando el pie en el hombro del silencioso Pancho, el paladín consiguió asentarse en la grupa de Cinorrante; que así se llamaba el caballo. Éste, sorprendido, comenzó a andar y se dirigió a campo abierto. Pancho corrió hacia las casas.

-¿A dónde vas bellaco? ¡Villano! ¡Rústico! ¡Patán!

Al rato, Pancho alcanzó a Alfonso accionando con brío los pedales de una vieja BH verde.

-Necesitaba mi montura – se excusó-. ¿A dónde vamos?

-A vivir aventuras, a socorrer doncellas bajo el yugo del bullying. ¡Combatiremos al corrupto y veremos países exóticos y lejanos!

-¿Y cuántos días nos iremos? Se lo debería decir a mamá.

-Tu madre no podrá gobernar en tu lugar las islas que estoy dispuesto a ofrecerte.

-Pero…

-¡La gloria es del audaz! – exclamó Alfonso, perdiendo la vista en la lejanía. Alzando la pértiga como un trofeo, como una amenaza.

Lo campos de trigo inundaban la vista. Y a lo lejos, dispuestos ordenadamente, cortaban el aire las aspas de unos modernos molinos eólicos. Los ojos de Alfonso se quedaron clavados en aquellas estructuras. Largos, estilizados, blancos. Centinelas inmutables del campo.

-Estamos de suerte. Parece que la batalla viene a nosotros, amigo Pancho. Rendiremos a esos gigantes con dos lanzadas.

-¿Qué gigantes?

-Aquellos que tienes enfrente. Aquellos de blanca vestimenta que nos desafían alzando los brazos. El viento me trae sus gritos de júbilo y guerra. ¡Seré su castigo por tamaña afrenta!

-Señor –dijo Pancho, ligeramente preocupado- son molinos eólicos. ¡No son brazos! !Son aspas que giran empujadas por el viento!

-Ay, felón. Cobarde. ¡Tienes miedo! Pero no importa. Mía será toda la gloria. Observa cómo se bate un caballero.

Alfonso clavó los talones y Cinorrante avanzó a desgana. Con un trote sin futuro dejando atrás a Pancho aturdido y boquiabierto. El primer golpe de la pértiga contra el metal resonó como un campanario. El impacto derribó a Alfonso de su montura. Cinorrante siguió con su galope discreto hasta detenerse algo más adelante. Iracundo, Alfonso recogió la pértiga del suelo y comenzó a golpear la base del molino con rabia.

-¡Malandrín! –gritaba-. ¡Cuesco de dátil! ¡Truhán!

Descargaba golpes terribles sobre la torre inmóvil. En las alturas, las aspas, impasibles, ocultaban intermitentemente el sol, cegando al novel caballero en intervalos regulares. Alfonso juraba y golpeaba sin descanso. Sin perder el aliento. Un insólito odio guiaba su verbo y sus manos. Pancho alcanzó pedaleando a su señor en el mismo momento en el que el motor de un coche amortiguaba el sonido metálico de las estocadas. Dos hombres uniformados de verde se apearon del vehículo.

-¿Qué pasa aquí? –preguntó uno de ellos dirigiéndose a Alfonso.

-¿Por qué tendría que darles yo explicación alguna? –respondió arrogante.

-Somos del SEPRONA –puntualizó el segundo-. ¿Nos puede explicar por qué golpeaba usted los molinos?

-No reconozco autoridad ninguna por encima de mi juramento. Ni recibirán de mi boca…

Un guantazo resonó en la tarde templada, por encima del sonido de las aspas de los molinos rompiendo el viento. Cuando, más tarde, el ronroneo del motor se perdió en la lejanía, dos figuras desandaban el camino a casa. Uno, el más pequeño, empujaba una bicicleta verde. El mayor guiaba, con una mano, las riendas de un flaco caballo y, con la otra, se apoyaba en una pértiga rota.

-Señor –preguntó Pancho-. ¿Por qué no ha querido batirse con aquellos asaltadores de caminos?

Su amo rumiaba una respuesta convincente. Le palpitaba aún la mejilla, enrojecida. La marca de cinco dedos surcándole el rostro.

-Un caballero –reflexionó Alfonso- ha de saber elegir sus batallas. Luchaba contra gigantes, Pancho. ¡Gigantes! Aquellos bandoleros me sorprendieron a traición.

-Ya entiendo –comentó Pancho, observando la mirada triste del caballero-. Algún día les vencerá. Puede que solo necesite beber un poco de leche.

Alfonso sonrió agradecido.

-Seguir vivo es la victoria, Pancho.

Pancho respiró tranquilo. La brisa cálida del atardecer. El sol agonizando detrás de lejanas colinas. Un rojo y un rosa violento pintando el cielo de amor y agonía. Nadie salió a recibirles cuando llegaron. Viendo el rostro abatido de su amo, Pancho se giró abriendo los brazos y comenzó a gritar:

-¡Abran paso! ¡Abran paso a Don Alfonso de la Mancha! ¡También conocido como el Caballero de la Triste Victoria! ¡Abran paso!

Por detrás, Alfonso, sorprendido y sonriente, saludaba a todos lados.

-De la Triste Victoria – murmuraba-. Me gusta, me gusta. La victoria es insolente –decía-. Todas las victorias lo son. Todas menos esta.

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