Muéstrame lo que hoy desconozco

Se aprende a vivir perdiendo. Eso es así. Puede ser un antiguo mapa de Madrid, un atardecer, el autobús o las ganas de seguir jugando. Todos estamos un poco rotos y eso está bien. Por que cuando todo va mal pienso en ti y todo eso. Lo que deja de ser nuestro y echamos de menos. Se nos pone esa mirada de alta mar y miramos sin ver. El recuerdo nos asalta, las decisiones, la incógnita, lo que nunca será, aquello que ya no puede volver. En un prólogo acojonante Javier Marías resume perfectamente como la nostalgia nos traiciona, nos vende a Mnemósime, nos lastra el presente, nos fusila:

Cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos. De lo que nos abandonó a nosotros. Quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Supongo que todo tiene sentido. Las jodidas procesiones de recuerdos que me recorren de arriba a abajo, mis ojos lejanos, mi obsesión con esa isla, el desastre del 98, un fusil Remington, Vara de Rey, barcos sin honra. Trincheras carlistas en el caribe. Está claro. Tuve que mandarlo todo a la mierda  e irme a Cuba con cinco camisetas de Primark, dos pantalones y el deslumbre agazapado de los que vivimos manteniendo la esperanza. De los que mueren pero no se rinden.

Buscaba, qué se yo, ignorar el paso del tiempo, la inexorable carrera que acaba con todo y con todos. Escapar del recuerdo, aquellos besos ya intransitables, lo que nunca será. Las posibilidades, el destino que me llevó al Valle de Viñales, los caballos Mojito y Salsita, el humo que despedía aquel puro que sabía a miel y a destierro. Una discoteca sin música, ron y conversaciones largas y profundas como un pozo, como una noche sin luna, como un adiós. Miradas insondables. Un amigo besando a una prostituta en un bar de La Habana Vieja. No escribiré su nombre porque puede que alguien conocido acabe leyendo esto; y claro, en la oficina dirían: “He leído que La Roche pilló en Cuba con una puta”. En fin, las cosas que llenan sin ningún motivo. Las escenas que te sorprenden, que merecen tu silencio. Disfrutar mínimamente de esta existencia de mierda. Un atardecer que te reconcilia con tu padre, con una ex novia, con una elección precipitada. Un paisaje que te dice que no es tan grave, que siempre hay una solución. Que aún resiste la belleza en este mundo. Que, efectivamente, Dios creó más poetas que poesía; pero que la sensibilidad es inherente al que enmudece sin público, al que sabe callar, al que intuye la gravedad sin equilibrio. Que un viaje está en el camino, que Itaca es Circe, Troya, Nadie, aquellas putas sirenas, tensar un arco. Desafiar a la muerte. Zarandear la vida.

Cuando emprendas tu viaje a Itaca, pide que tu camino sea largo. Lleno de aventuras, lleno de conocimientos.  A los Lestrigones y a los Cíclopes, al fiero Poseidón no encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si tu alma no los coloca ante ti.

Ningún viaje debería acabar cerca y el que mira, el que observa y siente, no debería acabar entero. Dejar partes de uno mismo aquí y allí. Perder, desgarrarse, vivir. Dominar el extravío como Elizabeth Bishop. Perdí dos ciudades, dos preciosas ciudades. Y aún más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Una isla, un coche, dos amigos, una mujer imposible, un reloj, unas gafas que surgieron del océano, las cosas que nunca dije. Quedarse sin ganas de seguir intentándolo es la peor de las renuncias. Sobrevivir, rehacerse. Forzar con rabia una sonrisa esquiva, distante, mentirosa. El mundo se divide entre los que se quejan y los que luchan con los dientes apretados. Encontrar aquellas viejas herramientas de Kipling para empezar de nuevo. Yo que sé. Un viaje – Itaca-, un libro, una frase, el orgullo que calienta, una noche de primavera, un proyecto (una aventura), un recuerdo, una moneda de oro. Un paseo, la amistad, un abrazo a tiempo. La voluntad de resistir. De vivir como Ramón Acín escribía: sujetándose el hígado, agarrándose el corazón. Sangre en cada página de la vida, cicatrices plateadas que dicen que has luchado, que cuando todo estuvo perdido supiste morir de pie. La toma de Báyamo. La caída de Santiago de Cuba.

La pérdida. La puta pérdida. Lo que nunca fue nuestro o lo que perdimos, lo que nos arrebataron. Tiene sentido, yo creo, que perdiese todo aquello en Trinidad. El móvil, la tarjetera que me regaló mi padre cuando tenía diecisiete años, todos aquellos números, las fotos, instantes y recuerdos. El post it con el móvil de aquella francesa, Elodie, la puta tarjeta VIP de Graf. La púa que me regaló Padre Pere. La dirección de Silvia. Aquella copa que nunca llegué a tomarme en Musée. La zozobra que me invade al recordarlo, al escribir estas líneas. Las reliquias que me permitían volver a veranos irrecuperables, a un tiempo ya imposible. El hilo que Teseo utilizó para matar al Minotauro, para esquivar la soledad, para encontrar el amor. Tiene sentido que haya perdido parte de mi mismo en Cuba, que no recuerde que pasó y que, en alguna parte, haya un vídeo que lo inmortalice. Lidiar con el paso ecuánime del tiempo, con la memoria inabarcable del pasado. Aprender a perder, doblar la apuesta. Afrontar esa puntual desolación a medida.

Cathy Linton estaba zumbada de cojones pero tenía razón. Es un viaje muy duro para hacerlo con el corazón triste. Y es verdad. Porque nos queda una certeza insignificante y definitiva. Asimilar que en lo más profundo de la derrota siempre hay algo que pugna por levantarse. Tener el coraje de empezar de nuevo. Llegar a Itaca cansado y herido. Feliz. Sediento y audaz.

Muéstrame lo que hoy desconozco