Qué importa de donde vengas

No creo en las casualidades. Me da por Cuba – siempre me ha dado por Cuba-. Puede ser por Hermenegildo Alonso, que se dejó la cordura en la isla. Puede ser por el libro que llevo dentro y que empieza a tomar forma. O puede ser porque es un enigma, uno de los últimos territorios en ultramar (esa palabra), los Jardines de Rey, el Fuerte Navidad. Los brazos esforzados de quienes creyeron que valía la pena morir por algo. Lo repito: no creo en las casualidades. Kennedy y Kruschev a un mal día de acabar con el mundo con Cuba como telón de fondo. Releo la crisis de los misiles en 1962 y un escalofrío me recorre la memoria. Hasta le pusieron un nombre: MAD. Mutua destrucción asegurada. Entonces, entre tanta línea y tensión, aparece el pollo que le escribía los discursos a Kennedy. Haciendo preguntas que desmontan una invasión. Esa retórica, su afilado saber incitar, incomodar, rebelarse. Su conocimiento profundo de las palabras. Ted Sorensen conocía el poder de la emoción, de apretar los dientes y luchar sin esperanza. Y me pregunto si ese notas será el mismo que le escribió el discurso a aquel presidente guaperas para el aniversario del décimo quinto año del muro de Berlín. Recuerdo a mi padre, con esa sonrisa de canalla, declamando aquellas palabras. Recuerdo la mesa de madera de la cocina, el mantel, la disposición de los muebles, una cena cualquiera, un día sin utopías ni remedio. Recuerdo lo de: <<Hace dos mil años el más orgulloso alarde era poder decir Civis Romanus Sum. Hoy, en un mundo de libertad, el orgullo reside en decir Ich bin ein Berliner>>. Total, que tiro de Wikipedia, de internet, y me leo el discurso entero.

sorensen

Leo las frases como un cazador, buscando la esencia de Sorensen. Atento, paladeando cada pausa, despacio, repito mentalmente cada artificio buscando la sonoridad adecuada del lenguaje. Como no se quién decía de Shakespeare. Que fue el primer pavo que descubrió el escalofrío paciente, escondido entre el público, esperando la potencia de un diálogo encendido. Esos que te dejan sin respiración, trastocado, herido; paulatinamente diferente. En aquel discurso, enfrente de un pueblo cansado de la guerra, sin paz ni luz, busco el ímpetu de Sorensen. Ese tío que con 24 años ya escribía los discursos para uno de los presidentes del mundo. Y lo encuentro joder. Lo encuentro y sonrío con suficiencia. Fuerza, esperanza, determinación. Fue volando solo a Berlín cuando me di cuenta de lo que me acojonaba. Anto esperándome en el aeropuerto mamadísimo con una botella de vodka entera. La música, la gente, la completa vorágine, el Reichstag incendiado por Hitler, las puertas de Istar en el museo del Pérgamo, esos putos cuervos del tamaño de un caballo. La lejana promesa de Munich. Maik y Lorenzo hablando alemán sin darse cuenta. Aquel after en un barco que se hundía y que no parecía importarle a nadie. Mi única foto en el Muro; en calzones y durmiendo en el suelo. Las Montañas del Diablo, la estación abandonada. Lo he dicho. No creo en las casualidades. Dos días después estalla en mis oídos los bajos de una canción que no podía -no puede- ser de verdad. Reconozco palabra por palabra a Sorensen, a Kennedy, fundidos en un ritmo impersonal, agnóstico y furtivo. El grito de la muchedumbre, la impotencia, la resolución de seguir viviendo. No me lo puedo creer me digo.

Miro a mi alrededor y están todos los topos de mi departamento observando mi cara de sorpresa, un estupor recién creado, nuevo en mi mirada. No puede ser, repito. Y va Kennedy, en esa canción que devora los últimos conceptos de destino que me quedaban, y lo dice. Lo. Puto. Dice. With the vitality, and the force, and the hope, and the determination of the city of West Berlin.

Joder. Me dan ganas de coger de las solapas al tonto de Adnan y preguntárselo. Clavar mis ojos en sus pupilas vacías y gritarlo. Estuvimos a punto de irnos todos a la mierda una preciosa mañana de octubre en 1962. El general McNamara reconoció años después que pensó que iba a ser el último amanecer de su vida. Un puñado de hombres valientes -en los dos bandos- supieron encontrar el camino de vuelta. Recurrir a la serenidad. Espías fríos de mirada lánguida, periodistas suspicaces. Pienso en la entrevista que he leído esta mañana. Quique Gonzalez hablando de supervivencia. Seguir pese a todo, vivir sabiendo que el pasado es irrecuperable y casi siempre injusto. Que jugamos a ciegas. La muerte, la pérdida. Pienso en las palabras, los libros, el amor que no habría sido posible. Pienso en Vasco y el artículo que me pasó el otro día. James Rhodes cabreando al mundo como terapia. Aspirar a ser lo suficientemente bueno. Como padre, como amigo, como simple amante. El precio de la redención. Las columnas de Leila Guerriero. Un bálsamo entre los gritos del mundo. Poemas disfrazados de breviarios.  El libro de Javier Marías. Aquel título. Mañana en la batalla piensa en mí. Mi hermana diciendo que era un título súper romántico. Debí explicarle que no era de amor, ni de guerra. Que aquella frase pertenecía a un espectro, que el destinatario era un traidor. Pero le gustó. Supongo que las historias de corazones rotos son las más cautivadoras. Hay algo de cansancio lúcido en todas ellas. De hastío, de destrucción. Las bombas atómicas: Little Boy y Fat Man. La Bomba del Zar.

¿Que habría sido del futuro?

Vuelvo de mis pensamientos y me sorprendo. Cojo aire con ansia, como cuando Diego se despertó en coma, en medio de clase. ¿Qué cojones hago aquí? Como Gandalf. Sigo rodeado de mis coleguísimas del curro. Apáticos, concentrados, ignorando la vida y el fluir del tiempo. La luz entra por los ventanales de la oficina. Una luz mortecina y débil. Son las diez y cincuenta y tres de la mañana. Tengo tiempo. Sigo escuchando esa canción que aún no puedo creerme. Recorro otra vez aquel edificio abandonado de la CIA. La extraña acústica de las bóvedas. Las Montañas del Diablo. La victoria es por sí misma insolente. Negrín – el último republicano lúcido- diciendo que resistir es vencer. Un bárbaro -uno de tantos- afirmando que lo mejor de la vida es aplastar enemigos, verlos destrozados y oír el lamento de sus mujeres. Otra vez Quique Gonzalez, murmura a las cuatro de la mañana que el puto show de la vida está pasando y que no, no vamos a rendirnos. El futuro es de los intrépidos, de los audaces. Resistir, avanzar. El coraje de enfrentarse a una larga sucesión de amaneceres indescifrables. Las. Putas. Montañas. Del. Diablo.

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