Cómo perder el trabajo y las llaves de casa

He estado toda la semana intentando hablar con un indio que se llama Atiqur. Le escribo, suda, me llama y no le cojo, y así cinco días laborables. Con sus correspondientes broncas y explicaciones: no me coge, no me llama, su puto equipo se desentiende. Tengo una jefa que me flipa y me acojona a partes iguales. Cada vez que tenemos una reunión importante me mira con esos ojos imperdonables y me dice que he de ser fuerte. Yo, que sigo sin tener ni puta idea de inglés, le digo que yes, que I will. Ella se ríe un poco, lo justo, con esa risa a medio camino entre el sarcasmo y la alegría. En la reunión me insultan, les increpo, les digo que no me cuenten milongas y se me tiran encima. Y cuando estoy desamparado, cuando mi lamentable dominio del idioma me pierde y recurro al silencio aparece su voz. La de la perra de mi jefa. Sin dudas en sus vocales, con un grito enmascarado en sus frases de café parisino. Mi jefa, esa que tanto me acojona, está (esa vez) de mi parte. Haciendo preguntas que duelen, como si preguntase al manager si sigue enamorado de su ex mujer o si Oliver se va de putas asiáticas. Agotador, estimulante, desgraciadamente gráfico. Salgo de la oficina con una rabia transitable y difuminada girando en mi mirada. Cansado, sereno. Escondo mis manos en los bolsillos del abrigo y vuelvo a pensar en Atiqur y en lo que me recuerda. Un policía sosteniendo una escopeta. Prefiero que lo hagas tú, Atticus. Y Atticus Finch, ante la insólita presencia de sus hijos -unos hijos que de alguna manera habían perdido la esperanza- coge esa escopeta y apunta en silencio. Aprieta el gatillo y una detonación les devuelve a todos la realidad que extrañaban. Me leí Matar a un ruiseñor en inglés y me jode por que no pude apreciar los silencios de aquel abogado honesto; advirtiéndoles a sus hijos que matar a un ruiseñor era pecado. Es curioso, pienso, que el cabrón de Atiqur me recuerde a Atticus Finch. Un vendaval recorre Tottenham Court y recuerdo lo que dice un amigo, que hay que cambiar las frases de orden: Take a side on the wild walk.

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Es de noche y hace frío. El viento me despeina sin criterio. El paso melancólico y lento me recuerda al de William Thacker y el paso de las estaciones; aquella canción de desgarro. Evito las calles concurridas y me pierdo por el Soho intentado disfrutar del día que agoniza, de la tranquila sucesión de segundos sin presión ni alegría. Llego a casa pensando en Francia, en el gran Levowski, en un amigo que está jodido, en lo complicado del paso del tiempo, las personas que se marchan. Subo penosamente las escaleras, la corbata en el bolsillo, la camisa arrugada, el cansancio tomando forma. Exhausto, rendido, extenuado. Aquel profesor de literatura: “Un hombre no está cansado, está agotado. No digáis muy triste, usad taciturno. El lenguaje se inventó para enamorar a las mujeres y eso no se consigue con vaguería”. El noble arte del timo. Que prosigue el poderoso drama y tu puedes contribuir con un verso. Me quito el reloj, las llaves, la chaqueta y me acuerdo de que hoy La Roche duerme en mi casa y que no hay nada más parecido a dormir con un oso. Recurro a lo último que me queda, a la vergüenza de perderse en uno mismo, la satisfacción de llegar vivo al crepúsculo. Me meto una cuchara en la boca y el metal, frío e impersonal, me devuelve a mi casa, a unos pies descalzos que caminan por la hierba en La Rioja, a la suave lluvia que decora mis mañanas. Con un yogur en la mano busco la ventana indicada, encuentro la escalera de incendios y subo con cuidado dejando atrás el murmullo lejano de la calle. Los coches que pitan a los turistas despistados, chinas que ofrecen masajes, mendigos que tocan la armónica como un soldado dispara -ausentes y resignados. Esos ojos hundidos y distantes estancados en algún lugar del siglo pasado. Subo, como digo, la escalera de incencios y me siento como Tom Bishop subiendo a aquella azotea en Berlín. Pero ya no siento la violencia en mis manos y las gaviotas graznan en una negrura sin futuro.

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No hay sillas ni esperanza pero apoyo la espalda contra una pared de ladrillo y contemplo en la lejanía los tejados de Londres, la espalda de Nelson, las cúpulas y chimeneas; el vapor que huye hacia el cielo. El tacto de la cuchara en mi boca, el sabor metálico de la sangre. Stephen tenía clase y Bloom tenía a Stephen. Vuelvo, qué remedio, a Atiqur, a Atticus Finch y cuando empiezo el yogur de vainilla -que está de cojones- el silencio del abogado me alcanza – otra vez, una más. Huyo hacia delante y sonrío y me doy cuenta de que tengo menos miedo, de que he empezado a olvidar. Sus sentencias vuelan en mis labios:

Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.

Sonrío a la oscura noche. Es triste, hay vacío, melancólica soledad. Pero es importante saber dejar que las cosas se acaben.

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