Saber renunciar

Decía Hemingway que nunca hay que escribir sobre un sitio hasta que te has marchado. Al final todo puede reducirse a las manos de mi madre. Es navidad y ha puesto toallas blancas con renos rojos en todos los baños de la casa. A ella le hace ilusión. Me descubro volando un lunes de madrugada con una rabia indescriptible guiándome como un sonámbulo. Y recuerdo; cojones, qué remedio. Recuerdo con una nítida perfección que asusta las cenas en casa de mi abuela. Las voces, las risas, los besos a mi primo pequeño que suenan a promesa: chuick, chuick. La venganza que leo en los ojos de Javierito. Ya creceré, cabrón, me dice su sonrisa mientras le como los mofletes. El concurso de tortillas de patata; mi primo Luis aceptando su derrota, sirviéndose, humillado y herido, el último trozo de la tortilla contraria. Leopoldo tocando Día de feria en el office. Las conversaciones desnudando a Zweig, a Rulfo y a Onetti. El poema El Futuro de Cortázar. La niebla que surge del Pisuerga, las manos en los bolsillos. Siempre, en la plaza mayor, nos recordamos unos a otros el suicidio de nuestro antepasado. Mi abuela abriéndose en abanico: todo esto, antes era nuestro. Mi tío Javier, por detrás, descojonado, diciendo que es mentira. Los diálogos de la trilogía que me acompañan como un bálsamo: no os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas. Tienen razón. La familia, al final, es la que tú eliges. Las personas que te salvan día a día. Amigos fieles y eternos. Aun así, no te puedes negar ese íntimo pálpito, la relación sanguínea, el orgullo de estirpe; de prolongación. Ese anhelo ancestral que te vuelve a reunir de cualquier manera. En mi avión, ese que me aleja de mí mismo, me sonrío. Empieza a despegar y aprieto un libro contra mi pecho, acojonado. El avión se eleva, pierde el contacto con el suelo y yo me pregunto si este será el vuelo donde definitivamente palmo. Durante unos minutos no puedo pensar en nada, atento a mi estómago. Mirando con los ojos desencajados por la ventanilla, comprobando que todo sigue en su sitio. El tío que tengo al lado observándome como si estuviese loco. Vuelvo a mi nostalgia cuando el avión se estabiliza. Recuerdo la Castellana en moto; la lluvia llenando mi salón de penumbra y todos sepultados bajo mantas. El consomé para las resacas, Xavi (en su español voluble) explicándole a mi padre a qué se dedica un trader. Mi padre diciéndome que vendo humo. Salir un martes: Las Tablas, El Cuento, Green. Me pegan por bailar con alguien. Todas las visitas que se quedan en el tintero. Y no sobraba papel. Las cosas que se acaban, que perdemos; y que por lo tanto son ya siempre nuestras. Turbulencias. Puta isla. Es imposible llegar sin turbulencias. Bueno, si me mato hoy, no sería tan grave. No me dolería tanto. El amigo insensato, pujas de chupitos por regalos de mierda. La familia, la otra familia, la que elegimos. Diego escribiendo en un libro de Conrad: <<Cuando todo falla, cuando todo se va a la mierda y no puedes más, sólo hay dos cosas que te pueden salvar: la música y la compañía de un hermano que has elegido>>. Y brindo por ello. Yo escribiendo mierdas, borracho, en ese mismo libro pensando que lo había ganado otro y resultó ser para mí. Más turbulencias. Me agarro al brazo del de al lado y me quita la mano con violencia: ¡qué cojones haces! Mi estómago me dice que no estamos cayendo. Agarro con fuerza el libro y recuerdo cuando hace una eternidad, hace un año -la coña de Noche Vieja: nos vemos el año que viene- en diciembre, volví a casa. Cenando con mi madre de madrugada. Ella corta jamón de la pata mientras yo bato tomate y tuesto pan. Ya sentados, lo pruebo y cierro los ojos, transportado a un lugar donde no te pueden arrebatar las cosas. Mi madre muerde la tostada y también cierra los ojos murmurando que se abriría una cerveza. Digo que vamos a abrir una, que qué cojones, que estoy en España, que es Navidad. La compartimos y levanto mi vaso, brindando por nosotros. Mi madre levanta su vaso y me corrige. Por el futuro. Por el futuro, que es también por las alegrías y los desvelos. Por todas las derrotas que tuercen nuestra mirada. Por las conquistas. Por lo que vendrá. Por el vértigo, la pérdida y el miedo. Por el valor que desconocemos pero que intuimos. Por el camino y el cambio. Por la Navidad que ha empezado a acabarse. Por los que no están y por los que no estarán. Por la familia, la de sangre y la elegida. Porque -lo decía Bukowski- seguir vivos es la victoria. Por los atardeceres que nos quedan por contemplar. Porque este puto avión no se caiga.  Por llegar y saber marcharse. Por romperse. Por saber volver a empezar.

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