Canta, oh musa, la cólera de Aquiles

Supongo que es porque hay luz y héroes esforzados. La Ilíada y todo eso. Entro en Biotza con un miedo que me lastra desde hace años y salgo con una congoja distinta, recién creada. Un dolor diferente al que no reconozco. Podría ser la luz, que he entrado ligeramente deslumbrado, que no me acostumbro a la blancura del cielo – un cielo que extraño y busco en los horizontes de otras ciudades. Puede ser por la resaca que arrastro desde el domingo y que aún baila en mi estómago. Lo he intentado. Busqué la oscuridad, la imprecisión de la sombra. Pero siempre hubo algo de Ítaca en mí, algo de destino truncado y honestidad, algo de luz belicosa. Hay veces que el cambio es absurdo y el propósito inestable. La luz reside en aceptar las derrotas. El dolor saltando de pecho en pecho. Un amigo que te habla de Nepal, de turbulencias, vuelos interminables. Se intuye, en el vibrar de sus palabras, un amor que se le escapa de las manos. Las cosas que se rompen y son insustituibles. Él continúa, haciendo un esfuerzo por no quebrarse, mezclar los sentimientos que se le agolpan en la garganta. El recuerdo, la emoción y la altura. Un estómago embargado de un amor que no le corresponde. Pero él sigue. Bajamos del avión desorientados. Habíamos dormido mal los últimos dos días – las lágrimas humedeciendo la base de sus ojos, brillantes y temibles, esperando rodar por sus mejillas. Habíamos dormido mal los últimos dos días y bajamos del avión desorientados. Lo repite sin que le tiemble la mandíbula. Entonces, a lo lejos, imagínate, el Himalaya recortando un cielo que parecía un cuadro de Turner. La rabia y la pérdida representadas en un sol agonizante entre la niebla. Imagínate, dice, ese cielo que ardía, un sol recortado entre las montañas más altas del mundo. Yo consigo imaginarlo. La quietud del cielo y del día, la nieve lejana, la tranquila mirada de los sherpas, la súbita indiferencia ante algo que hace tiempo dejo de ser un milagro. Tío, no sabíamos si era un atardecer o amanecía. No sabíamos si el sol se entregaba a Érebo o surgía, un día más, de las tinieblas. Teníamos que esperar. Y en la creciente agonía de la incertidumbre, en ese holocausto de luz y colores, de luz y oscuridad, lo comprendí. Yo le pregunto, reconociendo en sus ojos el dolor que me llenaba cuando había entrado en Biotza. ¿Qué comprendiste? Cabrón, ¿qué comprendiste? Las lágrimas le desbordan y de pronto le crece una mirada llena de claridad y asombro. Comprendí que yo era ese momento. Comprendí que en la ambigüedad está mi venganza. Yo le di la razón, desarmado y herido; y el cielo se llenó de luz, de tragedia y de esperanza.

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Canta, oh musa, la cólera de Aquiles