El fulgor del mediodía

La belleza es imperfecta. Pensaba en ello, etílico, en clase de Uncerntainty & Judgement. Aquel profesor indio creyente en la estadística cósmica. Su movimiento relajado, su inglés directo, clínicamente impecable. El pelo revuelto de genio zumbado, como si se acabara de levantar; la pose tranquila – la diversión en los ojos – convencido de la veracidad de su ciencia: que la estadística supera la ficción y desmonta la realidad. Apostaba pasta con los alumnos, que si cara o cruz, que si cuanto pesas, que si la semana pasada no te mamaste. Soltaba y recogía los billetes sin dudar; y disfrutaba, el hijo de perra disfrutaba. Una sonrisa le llenaba la boca mientras se movía hacia delante y hacia atrás, contándonos que el médico siempre se equivoca, que nunca seremos felices. 

La belleza es imperfecta. Lo dijo, también, con su voz rota de Sabina inglés, Tom Winter, hablando sobre Hoh Chih Min en las copas de despedida de Keystone. La antigua Saigón; una ciudad maltratada con alma de gitana de mercadillo. El ambiente cargado, irrespirable, las motos cruzando las calles como flechas lanzadas al azar. El ajetreo asiático, la humedad, el sudor perlando la frente de todos los vietnamitas, el vacío agnóstico y terrible de su mirada. A las afueras, en la jungla, el Vietcong excavó kilómetros de túneles para combatir a los americanos. Los cojones cuadrados de aquellos asiáticos enanos, firmes y decididos. La resolución de su lucha, el valor – la destreza, el aplomo – que doblegó el orgullo de un imperio que se creía inexpugnable. Recuerdo, el garito, la azotea, la ciudad dormida e iluminada; Ollie a mi derecha, en silencio, con unos inusuales ojos de otoño, paseando la mirada por los edificios, por los antiguos palacios franceses abandonados a su suerte. Pensando, quién sabe, en el futuro, en el amor, en su pecho lleno de incertidumbre, en que se está quedando calvo; en por qué se ha hecho colega de tanto español gilipollas. La bandera comunista ondeando en cada farola como una vela lacia en un barco sin rumbo.

La belleza es imperfecta. Se lo dije, también, a Thomas, una noche, en casa. En una de aquellas cenas que hacíamos – con pan, con vino, con primer y segundo plato; con alegría y venganza – intentando suplir la distancia que nos separaba de España. Se lo dije porque advertí el asombro en su mirada, el desconcierto, la sorpresa de quien descubre a seis idiotas gritándose con cariño, mientras comparten creencias, recuerdos, anhelos y derrotas en un país ajeno. Seis gilipollas que creen en la amistad, en los errores, en avanzar y romperse. Se lo dije porque Thomas necesitaba escucharlo. La belleza es imperfecta porque es efímera; porque es casual. Porque la emoción se puede encontrar en una cena, en una conversación cansada, en una carcajada que rompe la noche. 

Lo dijo, también, Christian, en Hush, en una de las cenas que organizó Mireia donde te clavaban cien pavos por unas costillas de mierda y dos cervezas. Lo dijo ligeramente borracho – la mirada brillante, la sonrisa de infancia – ciscándose en el gilipollas de Personal Development. ¿Regrets? ¿Cómo cojones me voy a arrepentir de cada error que he cometido? Lo dijo sorprendido, visiblemente enfadado. No sería quién soy, no estaría aquí. Nos equivocamos, añadió, porque estamos vivos. 

Lo pense, también, después del desastre del Strategy Day. Un día cansado, una pelea dialéctica, una propuesta que no salió bien. Un centro comercial vacío, y yo, agotado, esperando mi turno para pedir una hamburguesa y volver a la biblioteca para hacer un pitch sin futuro. Y de repente – sin abertura, sin aspavientos – a lo lejos, alguien empezó a tocar el piano, y el sonido me llegó a través de las columnas como si fuese el viento de otros atardeceres. Un tío, gordo, en camiseta, la mochila tirada a sus pies, los ojos cerrados, tocando en trance, meciéndose suavemente como un ciprés en la meseta. Pulsando las teclas con una dulzura agresiva, concentrado en la sensación, disfrutando de esa cólera medida y desesperada. Y yo ahí, en medio de aquel espacio aséptico, cansado de cojones, derrotado, escuchándole con el corazón encogido, agradecido por aquel momento intrínseco de fuerza y desgarro.

Más y más despedidas. Personas que no volveré a ver en la vida. Ethan, mi colega chino, que eligió su nombre occidental – su nombre asiático es Xialong – porque le flipaba Tom Cruise en Misión Imposible. Alexey, el ruso que vino del frío para enseñarme que siempre hay que intentarlo. El bullicio del puerto, la humedad, la brisa del mar a lo lejos – los barcos de carga esperando su turno en la bahía – el merlión, el símbolo de Singapur, la estatua más ridícula que he visto en mi vida. Una gamba-león lanzando agua por la boca. Y de pronto, la luz del atardecer haciendo espejismos en el cielo saturado; el Marina Bay Sands recortado en el horizonte como un gigante paciente, la certeza de dejar, todo aquello, atrás. Charbel escuchando mis quejas – mi nostalgia – con una sonrisa esquiva. 

Men, beauty is imperfect, but it is real. 

Y es cierto. La belleza es real porque se mueve, porque lo intenta y se equivoca. La belleza está en las arrugas de mi madre, en la notas de voz de mi hermano, en la hija que va a tener Manuel; en la sonrisa radiante de Irisarri cuando hay luz, agua y alegría. La belleza se basa en la inconsistencia del tiempo. En que nada es eterno. En que hay que disfrutar a bocajarro. La belleza está en el profesor de New Business Ventures gritando con su acento británico en el anfiteatro.

You will fail. I am pretty sure about that. You will try and fail – and I will exclaim: ¡Hooray! 

Se alegrará porque hay belleza – también – en el fracaso. Porque todo avanza, y porque nada permanece. Porque lo vivo resiste. Porque el futuro – la incertidumbre, el nervio, la promesa – reside en saber que será difícil y, aún así, intentarlo. 

Porque el presente sonríe a los intrépidos. Y porque la belleza – un proyecto, una idea, la luz de Ta Prohm, la lluvia de Francia – nos hace más humanos.

IMG_2287

 

Anuncios
El fulgor del mediodía

El camino de vuelta

Sábado 30 de marzo, 2019 – Barcelona

Once y media de la mañana

Verso del padrino 

Creo que todo llega si se está dispuesto a todo.

Creo que la vida requiere coraje, humildad y fuerza.

Y creo que hay personas que protegen,

que recuerdan,

que inspiran;

personas que, de alguna manera, siempre permanecen.

No hay que buscarlo.

Si uno es sincero,

si arde, si vive, si sonríe,

el amor – irremediablemente – te encuentra.

Creo que cada mirada es una llave,

que la risa es un destino

y las manos un pretexto.

Y cuando todo lo anterior confluye,

y nieva en la Cerdaña, y hace frío;

y las manos se encuentran,

las sonrisas se ensanchan,

y las miradas son sinceras,

todo – de repente – encaja.

Y ya no hay vértigo, sólo aventura;

vestidos de color mostazo y futuro.

 

En el día de hoy,

en la mañana que nos une e ilumina,

todo está dispuesto a llegar, y llega.

A pesar de las manos nerviosas,

las sonrisas son radiantes

y las miradas son eternas.

Hoy el amor es cierto, es tangible,

hoy es aquella noche en Badiú,

hoy es la emoción de aquel baile sin tiempo.

Hoy es vuestra decisión,

vuestro ímpetu, vuestro anhelo.

Hoy el amor existe.

Hoy, Marta, llegarás a la puerta de la iglesia

y José se dirá:

“Qué canteo.

Esto es lo que busco, lo que quiero.

Ella es mi amiga, mi fortaleza, mi futuro.

No puedo ser más feliz.

Es la mujer más guapa de Barcelona.

Soy el hombre más afortunado del mundo.”

El camino de vuelta

Sandokán era un gilipollas

Salgo a correr y la humedad me recibe – me abraza – con una indiferencia fingida, como si estuviese hasta los huevos de mí y no se explicase cómo aún sigo aquí; cómo consigo soportarlo. Me duele el gemelo izquierdo, el que me impidió hacer la media maratón; pero lo fuerzo un poco, lo justo, para que el movimiento sea continuo y elástico. Un dolor lejano, que, como la tragedia en la vida, me recuerda que aún sigo luchando. Intento no concentrarme en el esfuerzo, y pienso en la serie de mierda que hemos empezado a ver en casa; en sus conversaciones absurdas, en el cansancio impostado de los protagonistas. Una canción, como en el mito de Odiseo y Parténope – la dulzura de lo que se acaba, una voz en la penumbra – llenándome de reflexión y nostalgia. Avanzo por la acera, dejo atrás el ruido de los coches, las luces de los intrépidos rascacielos; y me desvío para correr por un canal inhóspito, que me acecha en la oscuridad como una pantera; atento a mis movimientos, pendiente de mi debilidad. La humedad crece, la vegetación avanza y me encuentro transitando, a golpe de talón y desconsuelo, una jungla olvidada en el centro de Singapur.

A lo lejos, un cielo gris, altivo, se desplaza como un navío imposible; con un movimiento oceánico, casi tranquilo, meciéndose en el atardecer, llenando el mundo de lluvia y zozobra. Truena a lo lejos –  acojonándome bastante – y varios relámpagos cruzan el cielo. Hefesto, pienso, iluminando el decorado; y me digo que ya está, que mañana aparezco en las noticias, que un occidental imbécil decidió salir a correr, ayer, el listo, una noche de tormenta.

Aprieto el paso, implorando que, por favor, las nubes me ignoren; que no me alcancen. Que cambien de dirección o de destino. Me concentro en la respiración, en la zancada que me aleja de lo que fui, en el ímpetu que me acerca a lo que soy. Pienso en las costas de Labuán y Borneo, en cómo serán; en las playas de Sumatra; en los imperios que dominaron esta parte del mundo, y que me son distantes y desconocidos; casi impronunciables. Pienso en Filipinas, que las llamaron así – aquél archipiélago que reinaba solitario en el Pacífico, orgulloso e ingobernable – como homenaje a Felipe II.

No me va a dar tiempo, me digo. Hay demasiada historia, demasiados naufragios; demasiadas goletas mercenarias con nombres de mártires, demasiados buques hundidos. No hay tiempo, repito, para revivir – con Carlos Cuarteroni como guía, o el capitán Carrión como bandera – las rutas de los esclavos cristianos, el tráfico de carey, de opio, de perlas; la crueldad de los piratas malayos, la indiferencia de los visires, la caridad de un rajá. Una princesa – Irisarri, por ejemplo – envuelta en el misterio de su mirada; unos ojos azulados e imposibles, la certeza de sus manos, ese andar; probándose adjetivos como quien se prueba pendientes.

Vuelvo a la vorágine, recorro Holland Village, me cruzo a mil chinos que me miran como si estuviese ardiendo – esa puta cara a medio camino entre el asco y la sorpresa – y llego a casa, derrumbado, sin aliento. Recibo el agua fría en el rostro, en el cuerpo; y pienso que, por fin, algo ha empezado cambiar.

Ya en la cama – el agua golpeando con violencia en la ventana – Enric Gonzalez me habla de los Windsor, de La Firma, del origen de su apellido, de la omisión germana, de la Reina; del subnormal de su hijo. Del negocio que representan. Paso las páginas, una tras otra, – como quien tira de una soga – con una determinación constante y relajada. Paso las páginas y olvido el dolor, la humedad, la lluvia; el rayo que me recorre la espalda, las nubes que enmascaran mi huída.

Recorro, con un despotismo suicida, las líneas que me delatan. Asumo el pragmatismo de la iglesia anglicana; una religión tolerante, práctica, ajena a las contrarreformas, a los protestantes, a los italianos; una religión inteligente y salvaje.

La iglesia anglicana – dijo Chancellor, con su acento de Cambridge y su habitual estilo declamatorio – es una institución pensada para gentes con temperamento religioso, pero sin fe. Puro simple y encendido sentido común. 

De pronto, una foto. Hace años que no duermo; pierdo el conocimiento. Yo asiento, convencido, de las palabras que le roba a Delibes para explicarme lo que yo he visto con mis ojos. La cabeza apoyada en mi pecho, el libro abierto entre las manos; el cabeceo suave, leve, estoico; forcejeando con el sueño como un artista con los años.

La siento lejos, pero me alcanza su risa. Me lo dijo en Asturias, y tenía razón. No importa el naufragio, siempre me encuentra su viento.

 

 

Sandokán era un gilipollas

Trust your guts

Dieciocho horas de vuelo, dos aviones, una parada intermitente y fugaz en Doha. Tres películas de mierda – en qué momento me clavé Alpha – la sala VIP de la terminal 4S, la ausencia de carisma, Arana criticando la calefacción derrochada en un aeropuerto faraónico. Leo a Umbral, y me recuerda que la metáfora es la jodida esencia de la Literatura; que no hay arte sin horizonte, cuerpo sin alma. Las luces me deslumbran como una linterna en la oscuridad; como un faro en la lejanía. Un halo blanco, cegador, inconcluso, que me impide reconocer las formas y acaba conmigo en cualquier mirada ajena no pretendida. En esto consiste viajar – me digo – mientras cambio de posición como un contorsionista con viruela en el espacio mínimo del avión, cagándome en la puta; cruzando las piernas, chocando con el de al lado, pidiendo perdón. La azafata, simpatiquísima, esbelta como un mástil, elegante y resuelta, me sonríe, me pregunta y le pido, por favor, una Coca Cola y una jodida pistola. Para beber y pegarme un tiro en las pelotas, en ese orden. Arana, a mi lado, se descojona. Me revuelvo, la enésima vez, intentando dormir, consciente de que no voy a poder; y sucumbo a la evidencia – clara, vertebrada y definitiva – de que voy a palmar al día siguiente.

Pero la voluntad, a veces, como un dique, resiste más que lo físico. Se adelanta a lo natural.

El Managing Director, un vietnamita con ese aspecto asiático – tan reflexivo y marcial, tan decimonónico; tan inmensamente paciente – pasea la mirada entre los asistentes como un padre buscando respuestas. Intuye, en cada solsticio facial, la ansiedad, el cambio, la honestidad como renuncia. Un cansancio tan antiguo como los siglos que nos rodean.

Una mujer india. La piel tersa, tenebrosa e iluminada – como un incendio – vestido blanco y sonrisa impostada. Un inglés lento, meticuloso; las piernas cruzadas tras el atril, la autosuficiencia del triunfo. Hubo otros días – dice – en los que dudé. ¿Esto está bien? ¿Estaré haciendo lo correcto? Hubo días, dice, que no sabían a futuro. Pero no son esos días los que importan; es el viaje. La sucesión de los diferentes todays que conforman el paisaje, el camino y el porvenir. La ausencia de miedo como ampliación del campo de batalla; el coraje como escudo, el verbo – Lope, Quevedo, Góngora, Umbral – como espada.

Se suceden los días como el paisaje desde un tren. Una rapidez intensa, la vorágine definitiva. Preguntas que se lanzan al aire y planean sobre nosotros como aves espléndidas e inalcanzables. El vocablo incompresible del mandarín, un chino riéndose en la biblioteca, rompiendo la barrera del humor, mostrando los dientes; cerrando – aún más, si cabe – los ojos. William, con esa lejanía, con esa pausa británica, explicándome su herencia oriental. Confiándome, como si fuera un psicólogo herido, su razonamiento más íntimo. Entender que, al final, todo es un pitch; que se trata de entender qué quiere la gente, de qué huyen, qué les aterra.

Las seis de la mañana, abro la llave de la ducha y pienso – en inglés – que por lo menos he dormido seis horas y grito, como Arquímedes, que por fin soy bilingüe. Arana me grita que seguro, que no lo duda; que puede sentir la vibración de mi anglicismo a través de las paredes. Salimos de casa, le cuento a Thomas, en un inglés lamentable algo que ya no recuerdo y, tras media hora de viaje, accedo a un colegio vacío, a un castillo sin aire, a un jardín sin dolor.

Aspiro a madera recién cortada y me transporto, sin querer, a La Rioja; a una mañana estival. Aspiro de nuevo – aún más lento – cerrando los ojos, sintiendo el tacto imposible de lo que no permanece; las manos de mi abuelo, su risa, el orgullo primitivo en sus ojos. El aire se convierte en suspiro, abro los ojos, y estoy de vuelta. Y ante mí se perfila un Singapur que huele a jungla, destila aventura y que sabe – definitivamente – a futuro.

Trust your guts

Aquel verano incandescente

17ac75ef-4c64-4b87-b2ce-be7045b464a0.JPG

El norte de España, en verano, huele a infancia.

En la Carretera de la Coruña – cerca de Sanxenxo – hay un pueblo que se llama Sandías. Kilómetros después, como en un sueño, hay uno que se llama Melón. Asturias se despereza, cubierta de niebla. Custodiando los secretos del paraíso, llenándolo todo de cachopos, sidra y orballo. Acantilados al borde del colapso, playas recónditas y fulgor. Mi madre – tostada por el sol – desayunando en la terraza, contemplando el verde imposible de los pastos. Preguntándose, feliz, que qué ha hecho ella, en otra vida, para merecer tanto. Santander y cualquier garito. Las tantas de la mañana. Un pollo haciendo una foto y yo preguntándole que si se la está haciendo al tío ese, el de ahí, el de las patillas raras.

– Que va, que va. Es una foto a la camarera. Que está buenísima.

La noche continúa, el alcohol nos desborda y a la media hora me lo cruzo y, ya etílico, me mira, se descojona y me reconoce que sí. Que la foto era al de las patillas. Que menudo cabronazo.

Ocurre que en verano pasan cosas inexplicables. La gente sonríe más, abraza más fuerte y besa más despacio. Hay más tiempo y menos miedo. Y todo se reduce a la piel y a la sal. En verano es más fácil abandonarse a los cárdenos atardeceres en la playa. Al rumor del mar. A los veleros abarloados, meciéndose suavemente con la cadencia de las olas. A veces, entre tanto silencio, hay unos ojos que te observan desde otra época, y el estómago te da un vuelco. Y otras, es un colega, que te grita desde la distancia, pidiéndote que te des prisa, joder. Que la fiesta ya ha empezado y que llegáis tarde. Que siempre igual. Que no hay manera de llegar pronto a los sitios. Pero tú sonríes y él sonríe y todo es menos grave. No lleváis calcetines – porque no hace falta – y el futuro se viste de aventura.

c6f92388-ab0c-484d-903d-27d8f8df36f0.JPG

Pero todo acaba. O todo empieza. Vuelve Septiembre, y con él, la certeza inolvidable de Domiciano. Aquel emperador romano que intentó bautizar – como Julio César y Octavio Augusto – un mes del año con su nombre. Vuelve Septiembre, y con él, las victorias y las derrotas de quien lucha. De quien se alza y permanece. De quien subyuga el tiempo y le da forma.

Madrid, la ventana abierta, la brisa aún estival meciendo suavemente las cortinas mientras la luz se va extinguiendo en el exterior. Yo leyendo Tokyo Blues (Norwegian Wood) en el salón y, de repente, la temperatura perfecta para enmudecer un instante. O quizá una frase, la de que aquella película desesperada – aquel tío admirando en la distancia el estoicismo de una desconocida. La verdad que ésta escondía en su fragilidad y su entereza. Las lágrimas que se permitía únicamente cuando llovía. Y yo ahí, tumbado en el sofá, con el libro abierto en el pecho y la mirada perdida; encontrando – por fin – el sosiego necesario para recordar. Para entender.

Recuerdo cuando llegué a Londres por primera vez. Vauxhall, el metro, una casa con dos habitaciones y las putas maletas. El cambio constante, la indecisión del mañana. Había miedo en mí; pero también había curiosidad. Destellos de resolución. Una mirada que se enfrentaba a todo. Otra vez, una isla y una ciudad. Una ampliación – una más – del campo de batalla.

Pero había perdido esa rabia. Me preguntaba constantemente – como la Muerte a Bill Parrish – ¿dónde está tu arrebato? ¡Donde!

Sé que fue después de Tailandia. Tuvo que ver la mirada triste de los elefantes, las playas atestadas de chinos impersonales; la lluvia del monzón – continua e interminable – que me encogía el estómago y concedía al paisaje una nostalgia sin contorno, un desánimo impreciso. Esa lluvia que deshacía la niebla y olía a madera. Esa lluvia que me traje de vuelta. No sé qué fue exactamente. Pero se rompió algo en mis pulmones, en la certeza de vivir sin preámbulos. Dejé de comprender la sorpresa escondida en cada búsqueda. Olvidé – sin remedio – como disfrutar de un viaje.

Pero la amistad – no podía ser de otra manera – acudió en mi ayuda.

Bicicletas, una playa inaccesible. Un viaje en coche, Las Vegas, el desierto de Nevada, Sequoia, Reno. La naturaleza salvaje de Yosemite. Aquel lago, la barca que me permitió – lo sentí ahí, por primera vez – recuperar lo extraviado. El ronroneo de aquel motor. El calambre escondido en el reflejo del atardecer en la superficie inestable del agua. El tacto del metal, el escalofrío latente en su tibieza. El sol escondiéndose tras las montañas. Aquellas sillas desde las que contemplamos la agonía del día, el silencio roto por el canto de los pájaros.

bd57b1d9-fa45-46cd-8d22-c95633751a97.JPG

Me había perdido, joder. Pero – y lo escribí en una carta de Effeta – la vida reside en las pequeñas cosas. Que son las más grandes. La felicidad se esconde en el tonto de Barrera afirmando que Kobe significa headquearters en idioma león marino; en Albiñana poniéndose un chupito de Fireball a las once de la mañana – en medio del desierto – porque el día anterior le había sentado de cojones. En los negros empapados en crack, en las gaviotas de Black’s Beach, en Julieta, en los canales del Venetian. En Joseph, que curraba en Uber para tener más pasta y poder comprarle mierdas a su mujer y en Quiroga, el cubano con las manos más grandes de Las Vegas. Pala soltal guantazos, compadle, decía, orgulloso, mostrándonos las palmas.

El alborozo – el calambre, la adrenalina – se oculta en la peña que iba completamente en pelotas por aquella llanura baldía, en el canadiense que nos dio maría para tres vidas, en las cuestas de San Francisco. En las luces de La Playa por la noche. En aquel barco pirata que surcaba todos nuestros anhelos. En el desconocido que me arregló el manillar de la bicicleta. En las tormentas de arena. En el techno que nos engullía y nos liberaba. En cada amanecer violento en el desierto. En el aullido que despertaba.

Viajar – ahora lo sé, lo vuelvo a saber – es aprender a ser honesto. Enfrentarse al miedo, al vértigo, a la ignorancia. Comprender que la vida – qué remedio – es un trayecto. Intuir que cada estío es irrecuperable y que no hay tiempo. No tanto.

Viajar es entender que a veces se pierde.

Y viajar – también – es saber que siempre se puede empezar de nuevo.

PHOTO-2018-10-03-00-50-50.jpg

 

Aquel verano incandescente

Al final del silencio

Es viernes, es San Isidro, hace un día de pelotas y el cielo se tiñe de todas las cosas que vuelven en primavera. Cruzamos el Madrid castizo, preguntándonos, sin saberlo, si volveremos a ser los mismos, si volveremos a estar enteros. Pero qué importa de dónde vengas, si estás aquí, es viernes y hay toros. Nos mamamos en los bares del centro de la ciudad y recorremos las calles con la mirada de quien descubre un incendio o un tesoro. Gonzalo sonríe, a lo lejos, mientras murmura que no hay planes como éste. Que lo de los toros es algo ancestral que devuelve al pueblo la esencia de la sangre. Echarle cojones a la vida. Yo le cuento todas las cosas que he leído sobre el toreo que hacen que se me erice la piel. Un artículo de José Tomas, el libro sobre Belmonte, las frases de El Gallo. Palabras que me reconcilian con mi jefa, con mi padre; reflexiones que me recuerdan que la verdad del toreo – de la vida – es tener un misterio que contar. Y encontrar la entereza para hacerlo.

Entre tanto verbo y sacudida, vamos calzándonos copas, cambiando de bares e, inevitablemente, pasamos por la Plaza del Dos de Mayo. Comento que lo que está vallado es la puerta de lo que fue el parque de artillería de Monteleón, edificio que defendieron los dos únicos militares que salieron a la calle a combatir. Recuerdo que, justo, hace tres semanas, fue su aniversario – el día de la Comunidad de Madrid – y que estuve dieciocho hoyos contándoles el levantamiento a Juan y a Albiñana, en Marbella. Juan hinchándose a porros mientras mandaba las bolas a tomar por el culo, cabreándose como un demonio, blasfemando, lanzando los palos por el aire. Yo mordiéndome los labios para no descojonarme en alto.

No me hace ni puta gracia. ¡Ni puta gracia! – gritaba, mirándome desbocado . ¡Llevo cinco bolas Titleist perdidas, cojones! ¡Me voy a cagar en la puta!

Yo, llorando de la risa, pidiéndole perdón, reconociendo que en verdad me reía del esperpento que estábamos montando todos. No sólo de él. Que si seguíamos así nos iban a echar del campo. Recurrí al Dos de Mayo para que se le pasase el cabreo, y Gonzalo me pide que le cuente como empezó todo; los detalles, la furia – la trampa mortal en la que se convirtió el Madrid que hoy recorríamos para los franceses. Pero le contesto que la historia es muy larga, que hoy es día de toros y que hoy queremos otro calambre, otra mirada; y que, si eso, escribo alguna mierda otro día, pero que hoy no. Cogemos la moto, el cielo se llena de nubes y avanzamos entre los coches mientras Gonzalo comenta que va a llover y yo le digo que no, que aguanta. La cadencia del motor, la brisa en el rostro y yo pensando que ni de coña escribo nada sobre el Dos de Mayo, que ya se ha escrito de todo. Y, aún menos, que Juan se revienta a porros, o que soy malísimo (tampoco tanto, no dramaticemos) al golf. Mi acceso a ese mundo de ryders y domingos al sol se acabaría abruptamente. Y no queremos eso.

Pero a veces, las promesas que se hace uno a sí mismo pueden, supongo, irse un poco a la mierda.

Después de ser derrotado en Waterloo, Napoleón Bonaparte, desterrado en la isla de Santa Elena, en medio del Atlántico Sur – entre Angola y Brasil – le dictaba sus memorias a un secretario mientras languidecía contemplando el mar, dándole vueltas a sus errores y a sus remordimientos. Había tenido a Europa a sus pies, depuesto y nombrado reyes y aniquilado ejércitos. Miraba hacia atrás y veía, a pesar de su ocaso, grandeza. Y eso le imprimía en la mirada una melancólica satisfacción. Pero, al recordar la guerra en España y, en particular, el levantamiento del Dos de Mayo, se le oscurecía de una manera muy particular la expresión. Y es lógico.

Había invadido España sin pegar un tiro. En seis meses, cien mil franceses habían tomado sin apenas oposición Barcelona, Pamplona, Valencia, San Sebastián y Burgos; y mientras tanto, el subnormal de Carlos IV y el comepollas de su hijo Fernando se peleaban por la corona. El hijo obligaba a abdicar al padre en Aranjuez, el padre lloraba, Godoy se tiraba a la reina y el ejército español, con órdenes estrictas de dejar al francés hacer lo que le saliera de las pelotas, se mordía los labios y apretaba los puños, abochornados. Y, claro, los franceses se descojonaban. Con medio país en sus manos, creyeron, con razón, que todos los españoles éramos gilipollas. Murat, lugarteniente de Napoleón en España, engañó como a un chino al recién coronado Fernando VII para que viajase a Francia. Primero Burgos, luego Vitoria y, al final, Bayona. Siempre escoltado por los franceses porque la peña – el pueblo, la gente, con esas miradas hondas que acojonaban a los gabachos y ese silencio estoico, intentaba impedir que el rey cruzara la frontera.

Pero Fernando, por Dios, tonto de las pelotas, ¡no vayas a Francia! ¿En qué estás pensando? ¿Eres idiota? 

Algo así le gritaban. Pero él quería que Napoleón le reconociera como rey de España y lo demás se la pelaba. Llegaba a Bayona el 20 de abril y nadie salió a recibirle. Por otro lado, Murat, en Madrid, decretó que Napoleón no reconocía a otro rey que a Carlos IV. Y éste, decidió ir a Bayona para recuperar la corona, siendo recibido y agasajado el 30 de abril por Napoleón como el verdadero rey. Comieron todos juntos en amor y compañía y el corso les comunicó que lo de la corona, pues que bueno, que se lo había pensado mejor. Que ni uno ni otro, que a mamarla. Que el rey de España iba a ser su hermano José y que ellos se quedaban ahí, en Francia.

Mientras tanto, las noticias iban llegando y los españoles se empezaban a calentar. Ese odio acérrimo al vecino empezaba a aflorar. Aquellos franceses, con su arrogancia, pedían a gritos que los degollaran. El caso es que la gente empezó a llegar del campo a Madrid diciendo que qué cojones era aquello, que dónde estaba el ejército, que dónde estaba el Gobierno, que donde estaba el rey. En definitiva, que quién iba a mandar todo a la mierda y a luchar. Y el Dos de Mayo, mientras los franceses se intentaban llevar a Francia, de madrugada, al infante Francisco de Paula – hijo de Carlos IV – último miembro de la familia real en España, alguien articuló un grito que dio paso a toda la crueldad de la que sólo los españoles somos capaces. Un grito con el que comenzaría la Guerra de Independencia.

¡Que se lo llevan!

Entonces, el gentío empezó a montarla. Gente de a pie: herreros, mozos de cuadra, costureras y panaderos. Murat, flipando ante aquella muchedumbre enfervorecida que golpeaba a sus soldados, ordenó hacer fuego sobre la multitud. Y aquello fue la gota que colmó el vaso. El pueblo – abandonado por sus gobernantes y su ejército – se armó de cualquier manera y luchó. Luchó porque le salía del pecho, porque la venganza le temblaba en las manos. Luchó porque la infamia le había desbordado y la vergüenza le ardía en la cara. Luchó por decencia, por dignidad. Por el que dirán. Porque qué pollas era eso de dejar paso a los gabachos como si nada.

Los franceses comprendieron, aquel día, que se habían equivocado. El pueblo de Madrid – junto a los militares Luis Daoiz y Pedro Velarde – se lanzó a la calle, improvisó armas y le plantó cara al despotismo apretando los dientes y acuchillando a matar. En inferioridad, sin caballería, sin oficiales. Una explosión letal de arrojo y cólera.

Imagen relacionada

Es lógico, como digo, que el Petit Cabrón, en Santa Elena, diez años después, recordase aún, aquel día, con cierta turbación. A su secretario le confesó que manda huevos, que quién lo iba a decir. Aquellos hijos de puta armados con navajas enfrentándose a cara de perro a los mamelucos, coraceros y húsares del ejército francés. Y así quedó recogido en el Memorial de Santa Elena:

Enfoqué mal el asunto; la inmoralidad debió resultar demasiado patente; la injusticia demasiado cínica. Los españoles, todos, se comportaron como un solo hombre de honor.

Hay cosas que deberían ser inmutables. No sé. Mi madre, la luz de Turner, los artículos de Reverte, el tuit del alarmista, la película de Troya (Aquiles conquistando la playa), el cielo de Tiedra, aquella sala solitaria del Prado (aquel cuadro de Trafalgar), el cansancio de la Batalla de los Bastardos, las resacas introspectivas y melancólicas de los domingos y Las Ventas.

Entro en la plaza con respeto, como si entrase en un templo al que soy ajeno. Me pierdo, con asombro, en los detalles; descubriendo otro yo que se emociona con algo que no entiende, pero que siente en el estómago como una evidencia. Las Ventas es un viaje en el tiempo. Los colores – rojo, blanco y albero – el olor a campo, la tradición, la fiesta; el homenaje al valor. El arte del toreo como renuncia, un desafío a la época que nos ha tocado vivir. Rafael de Paula mostrándonos el camino de vuelta:

Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás; pero también como se vive, o como ha de vivirse, a compás.

O como ha de vivirse. No me gustan los toros, pero aprecio el coraje. Entiendo que, cuando un pollo se viste de luces, se santigua, resopla y se planta delante de media tonelada de mala hostia con cuernos, los tiene bien puestos. Llevo el alcohol justo en la sangre para que me hipnotice el movimiento. Para que aprecie si abre la mano, si el toro acompaña; si hay, en definitiva, armonía. La plaza otorgando a cada faena el silencio necesario para llenarla de abismo. Treinta mil gargantas conteniendo la respiración.

Y después, en la distancia, entre la bruma del olvido y la luz de lo eterno, más allá de la desesperación, rozando el enojo, está Roca Rey. Un chaval de veintidós años que vino de otro planeta – donde no existe el miedo – para enseñarnos lo que es aguantar de pie. Lo que es el desplante, la agonía. Lo que es vivir.

IMG_1875.jpg

¿Y qué esconde? ¿Qué pretende? ¿De dónde viene ese desprecio, ese amor, esa mirada? Somete a su antojo a la luz mientras arquea la espalda, estira las piernas y el pecho se le llena de un dolor desconsolado que le permite bailar con el toro como quién se despide, para siempre, de un amor imposible. Recurre a la rabia porque sabe que las cosas tienen siempre un final. Esa nostalgia que le satura los pulmones y se convierte en aliento; y grita para ayudar al animal a encontrarle, para fundirse con él en una maniobra que nos lleva, al resto, al borde del colapso; perfilándose ante la muerte para condenarnos a la vida.

Y al final, silencio y una estocada. Roca Rey cubierto de sangre y, tras él, la certeza ineludible de que todo ha acabado y hemos sobrevivido.

La gente, desorientada, comienza a aplaudir con una timidez intrínseca al desgarro. El pecho compungido y roto de cada uno, donde irremediablemente se confunde la piedad con la belleza, la muerte con el arte y el dolor con la vida. Entonces, el clamor crece – mientras la muchedumbre recuerda quién era – y el cielo se llena de pañuelos blancos y suspiros. De todas las promesas que ya no saben a derrota.

Pero yo sigo estático, pensativo, incompleto. Contemplo la profundidad de la plaza, la sangre, el artificio, el trágico ritual del que soy partícipe. Y siento, de pronto, como todo encaja.

Aquellos presos de la Cárcel Real que pidieron al alguacil salir a combatir al francés, jurando volver cuando todo acabase. Un campesino que, hace doscientos años se dio la vuelta, escupió al suelo, y con una navaja y un sable se enfrentó a una carga de coraceros, él solo, en una angosta calle de Madrid, para salvar a dos niñas que corrían asustadas. Aquiles, destrozado por la muerte de Patroclo, vengándole; precipitando al Hades el alma de múltiples heroes esforzados. Churruca, en Trafalgar – la furia de aquel cuadro – al mando del San Juan Nepomuceno, pidiéndole al guardiamarina que clavase la bandera al mástil. Que aquel no era día de rendirse, que aquel era día de morir. Roca Rey, envuelto en su misterio, recordándonos el valor del que una vez fuimos capaces; la osadía que a veces olvidamos. Velarde y Daoiz – altivo uno, profesional y resignado el otro – combatiendo en Monteleón. Al frente de sus hombres, heridos, exhaustos, cubiertos de pólvora, de sangre; seguros de sí mismos. Peligrosos como la madre que los parió. El orgullo, el valor de aquel tercio español improvisado que rechazó la carga de los mamelucos en la Plaza Mayor. La entereza para no huir, la frialdad inhóspita de aquellos incautos. Avanzar, resistir, romperse. Ser fiel a uno mismo. Mirar de frente. Luchar pese a todo. No rendirse jamás.

Miro a Gonzalo que, sin expresar nada, entiende mi calambre y sonrío.

Al final, digo, todo encaja. En el golf, en los toros, en la guerra, en el amor. Los hombres llevamos vagando perdidos desde hace miles de años y siempre fue la misma historia.

Lo único que nos diferencia es cómo vivimos y cómo elegimos morir.

Al final del silencio

La barca de Caronte

Tengo unos amigos que son, definitivamente, subnormales. Pensaba en ello el otro día, en la despedida de Joaquín. Después de 40 años cotizando y con 64 hierros en el coleto decidió que ya era suficiente. Recursos Humanos montó la fiesta que se merecía y en su discurso le tembló la voz y, como debe ser, le faltaron las palabras. Después, entre copas, aparecieron los detalles sobre cómo Joaquín y Claudio se habían conocido, el calambre que les había unido. Por lo visto, Joaquín ayudó a Claudio y a su madre con cierto papeleo tras el fallecimiento de su padre. Y al escucharlo, me acordé de aquella conversación en Granada, en la despedida de Goitia. El crujir de hielos, las siete de la tarde – todos recordando aquel enero donde compartimos un fin de semana con Luis en Barcelona. El ofrecimiento de ir a cazar a su finca, cómo nos sorprendió a Maik y a mí hablando de lo putos amos que éramos los de ICAI (su carcajada al descubrirlo), el concierto de Izal, aquella cafetería donde nos alcoholizamos sin remedio. El comentario del puerta de Bling Bling cuando nos vio llegar a las once de la noche arrastrándonos por el suelo: “Joder, estos vienen calentitos”. Somos lo que arrebatamos al olvido. Eso es así. Estamos hechos de lo que perdemos. También de nuestros triunfos, de nuestros logros, pero lo que duele en la mirada es ese camino ya para siempre intransitable. Una risa, un rostro, unas manos, las palabras que nunca dijiste y que son para siempre tuyas. A Fredi le lleva abrasando esta certeza desde hace mucho tiempo y sabe que recordar a los que ya no están es el mejor de los homenajes. El único. Recordar – del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón. Y en aquella mesa, en Granada, a las siete de la tarde, Fredi se emocionó porque recordábamos a Luis. Y todos nos emocionamos con él.

Un sextante. Claudio explicó que lo había comprado en un anticuario y que le había acompañado desde la fundación de la empresa. Era un objeto antiguo, poco práctico, grande y pesado. Pero era un jodido sextante. Auténtico, genuinamente real. Con él, perdido en la inmensidad del océano, solo hace falta el horizonte, el sol y la hora del día para conocer la latitud del navegante. Un sextante – en un viaje, en una aventura – te permite saber donde estás. Concede la realidad necesaria para ubicarte y te recuerda hacia dónde te diriges (o de dónde huyes). Fue el regalo que le hizo, a título personal, Claudio a Joaquín. Para que siempre sepas volver, creí escuchar. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, y de pronto todos fuimos marineros, el aire se llenó de salitre, de viento, de gaviotas; y nos sentimos libres y audaces. Aquella frase nos permitió ser corsarios. De pronto, estábamos (y nunca mejor dicho) en alta mar; y todo dependía de la fuerza de nuestros brazos, de nuestro arrojo y de nuestro valor.

Fue una buena despedida. Después de las palabras vino el alcohol, pero yo, como buena prostituta que soy, tuve que volver a currar. Todos mamándose por la oficina y yo haciendo cash flows. Pero entre tanto número, celdas de excell, rentabilidades y múltiplos, volví a pensarlo: Tengo unos amigos que son subnormales. Esa certeza me arrancó una sonrisa y un suspiro. Intenté concentrarme en lo que hacía, pero en realidad había vuelto a Granada. A las seis de la mañana. A Borja completamente etílico buscándonos, desesperado, por la discoteca. Repitiéndose que es imposible, que debería poder salir de ese garito de mierda; pero, oh destino inefable, no conseguía encontrar la salida. Además, había perdido el abrigo. El viernes el jersey y el sábado el abrigo. La gracia del siglo. Le había preguntado varias veces a la chica del ropero si tenía un abrigo negro y absolutamente todas las veces le había mandado a la mierda. También, le preguntó si por casualidad no tendría un aparato bucal. No sé, alguno, el que sea. Que él había perdido el suyo hace unas semanas y que cualquiera le valía. De repente notó un dolor en el brazo izquierdo y se alejó del ropero para acercarse tambaleándose – como si estuviese en un barco, como si fuese un pirata empapado en ron – a un puerta.

– Perdona…

El puerta le miró como si estuviese resolviendo un sudoku y le acabaran de interrumpir.

– Es que… creo… Creo que me está dando un infarto.

El puerta le miró de arriba abajo. Borja, en camiseta, sujetándose el brazo derecho (que no el izquierdo) con los ojos girándole en la cara como un camaleón. La boca tiritando de la mega mierda que llevaba.

– Borja – dice el puerta, llamándole por su nombre, sin un atisbo de duda – me llevas tocando los cojones toda la noche. Vete a casa de una puta vez.

Sonrío desarmado, ahogando una carcajada, delante de la pantalla. Recordando. Una de mis jefas entra gritando que está borracha y yo le digo que eso está muy bien. Que es muy bonito. Terrés escribió  hace mucho  que los cambios pocas veces son para mejor. Pienso en Joaquín y en su mirada lejana de mar abierto. Pienso en su tristeza, en su voz rompiéndose contra las rocas. Leí el otro día que la Playa de las Catedrales se está yendo a la mierda debido a la afluencia masiva de turistas, que causan desprendimientos. Leí también que la playa tailandesa donde Leonardo DiCaprio rodó La Playa ha tenido que cerrar porque los turistas estaban jodiendo el ecosistema. Otro artículo, desolador, contando cómo habían cazado a una manada de elefantes en Zambia con kalashnikovs, acribillándoles sin piedad. Todo por el marfil de sus colmillos. Y puede que el subnormal de Terrés tenga razón y que sea verdad – los cambios pocas veces son para mejor. Ya no se puede viajar, ni comer, ni querer como antes. Todo es estándar y replicable. Todo tiene un nombre, un precio, una pega. Puede ser. Pero, de repente, se me va la olla (el miedo, las dudas) y, de un día para otro, me mudo al centro de Madrid y vuelvo a tener conversaciones a la hora de cenar que suplen mi apatía. Que la arrinconan. Y un día, Rober me cuenta como su abuelo, rodeado de su familia, en su último estertor, le miró a los ojos y le dijo: “Creo que estoy preparado para morir”.

Cuando Paco de Lucía quería definir el duende de una canción o de un guitarrista que se arriesgaba llegando hasta el final para buscar lo que quería expresar, cuentan que simplemente decía: “Tiene abismo”.

Hay frases que cuando las escuchas (o las lees) te llenan de la melancolía necesaria para seguir luchando. Por un lado – nostalgia por lo que perdiste, por lo que disfrutaste, por lo que quisiste con locura. Por el otro – valor, coraje para lo que vendrá. Siempre llega ese lunes de mierda, a primera hora de la mañana y eres Joaquín y ya no hay copas, ni discursos, ni despedidas. No hay ni siquiera una oficina a la que volver. Una rutina a la que aferrarte. Solo nos queda respirar profundamente y disfrutar de la zozobra. Aceptar la incertidumbre del mañana. Quién sabe. A lo mejor la vida te pone en las manos un sextante, y consigues, por fin, regresar. O huir.

A lo mejor, si tienes suerte, el camino se hace largo. Y puede que, por las noches, contemples las estrellas. A lo mejor te enamoras, luchas y te traicionan. O a lo mejor viajas, a lo mejor tienes hijos o un barco. A lo mejor pierdes con clase y vences con osadía. A lo mejor te decepcionan o a lo mejor te llenan los ojos de luz. A lo mejor – qué cojones – vives. Y al final, rodeado de todos tus recuerdos y cicatrices, puedes suspirar derrotado y admitir, por fin, que crees que estás preparado para morir.

Sabiendo que otros te recordarán.

Resultado de imagen de sextante marinero

P.S. Borja es Ingeniero Industrial del ICAI y en agosto comenzará a cursar el MBA del MIT. Ahí es nah. El gilipollas.

La barca de Caronte