La casa de las dagas voladoras

Lo he escrito muchas veces: Hemingway dijo una vez que no se puede escribir sobre un sitio hasta que te has marchado. Son las 4 de la mañana, una brisa cálida e inverosímil entra por la ventana y me encuentro observando con ternura las proporciones de mi cuarto. La mesilla de noche a la que hice un agujero para meter el cargador. Mi cama, la colcha, las almohadas. Mi cuarto vacío, sin mí. Con los restos de mi pasado. Las huellas que cantan que un día existí. Libros, los mecheros, un cajón lleno de multas. Las conversaciones que las paredes de mi cuarto esconden. La experiencia, la memoria, la reflexión de la sombra. El milagro de la amistad.

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La luz mortecina de la mesilla de noche concede a la situación la melancolía necesaria. La nostalgia precisa. Que le jodan a Hemingway. Tengo entre los dedos la estilográfica que me ha regalado Moreton. Me palpita en el muslo el tatuaje que nos hemos hecho en un arrebato de sinceridad, de familia, de instinto. Un grito contra la impostura, a favor de la sangre que eliges. Un tatuaje que habla de cerraduras, de posibilidades. De cosas que se abren y se destruyen. De rehacerse. Un tatuaje que habla de nosotros. Un tatuaje que dice que nunca nos podremos olvidar.

Y cómo cojones podríamos hacerlo.

Han sido dos años llenos de traspiés, de viajes, de desvelos, penurias, éxitos, derrotas y esperanza. Sería injusto no mencionar a La Roche, a Chefo, a Silverio, a Miguel, a Mike, a Vela, al Primo. Miami, Infernos, La Armada, Mestizo, Ibérica, Cask, el moro hijo de puta de la esquina, el Waitrose, todos y cada uno de nuestros vecinos. Sería injusto – incluso –  no nombrar a ciertas mujeres. Pero todo a su tiempo.

Esta noche es para recordar lo que fuimos capaces de crear juntos – una familia en el corazón de la ciudad más agresiva del mundo. Recorro mentalmente Moreton Place. La calle donde aparcaba la moto (últimamente pienso que nunca le puse nombre), la torre de Artiñano reinando a lo lejos. La apacible calma que nos encargábamos de romper cada fin de semana. La aldaba del león (la que casi nos tatuamos), la puerta negra, el macetero con las bolas verdes de plástico. Atravieso la entrada y recorro el cuarto de las bicicletas, que es a la vez cuarto de invitados, el cuarto de la plancha, de los abrigos, de las camisas; el cuarto de Vela. Enfrente, la cocina. La mesa de madera donde tantas conversaciones se fraguaron. Gritos, insultos, comida, Doritos con la salsa esa de mierda que estaba de cojones. Risa en general, en particular, como conclusión y sustento. Risa envuelta en todos los aromas que impregnaban, a diario, aquella cocina; una cocina traída de algún lugar que aún conserva – intactas – la cordura, las ganas de vivir, la fuerza para seguir luchando. Recuerdo ciertos detalles, detalles intrínsecos a aquel espacio: Amaro vestido de biciclista comiendo pollo, Juan con gafas, concentrado, cocinando cualquier cosa, Alfonso trajeado y su salsa de tomate, Maligna en calzoncillos y calcetines cortando lomo. Cada uno con una frase, un comentario personal y sincero. Un modo de ser, unas personalidades que, mañana, cuando regrese a España, cuando abandone esta isla, perderé para siempre.

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Se me encharcan, otra vez, en esta madrugada, – aún más – los pulmones de pérdida. Y empiezo, para variar, a recordar.

A Juan le conocí en Salamanca. Abrió dos veces una puerta, la segunda vez pensando que era otra. Representando el error humano más antiguo. El más obsoleto y fatal: tropezar con la misma piedra. La primera vez que nos tomamos en serio fue hablando sobre el número de soldados muertos en la segunda guerra mundial. Aquel atisbo de comprensión, de interés por el pasado. Después vino todo lo demás – John, Johnie, Jonathan, Unpredictijohn. Imprevisible, volátil, carismático. “¿Qué pasa papi?¿Nos mamaremos accordingly?“. Supongo que todo empieza con los porros de maría, pasa por las películas de Kurosawa y termina en Kvothe. Vertebrándose, todo, en el placer de la lectura, en las carcajadas leyendo La sombra del águila, en las conversaciones en la terraza sobre el tiempo y el amor. El sofá como refugio, el aprendizaje de italiano, el póker, las tías que le sacaban a él – curiosamente a él – los temas más escabrosos que habían decidido olvidar. La boina, Dorothy, los feeling unwell de los martes, la coca cola light con hielo, los huevazos al vecino, la frente sudada, la risa fácil, la mirada honesta. Una persona que, si no conoces, la inventas por necesidad. La constante rivalidad con el subnormal de Maligna.

A Maleficiencia le conocí en Santander. Era un niñato de diecisiete años, alto y deforme, y yo era un subnormal de veinte, peludo y también deforme. Lo único que nos diferenciaba es que yo tenía coche y él tenía ganas liarla. Fue amor a primera vista. Nos reencontramos, cinco años después, en el concierto de Melendi, en Londres. Y la llama seguía intacta. Seguía siendo alto, era menos deforme y le habían crecido – como una enredadera, como las uñas, como el vértigo – las ganas de liarla. Y la liamos. Una ciudad que no conocíamos pero que íbamos intuyendo en cada copa, en cada garito, en cada palpitar juntos. Después de cada noche, llegaba la luz, el alba; y con ella venían las confidencias, el día a día, la comprensión, las cosas bien hechas (aunque nunca pidió un puto Uber). Le robé mil camisas, un abrigo, un cargador y las ganas de vivir con el desparpajo de la gente que sabe soltar lastre. La nitidez de cada mañana cuando yo bajaba las escaleras con desgana – esa desgana implícita en cada madrugada – y entraba en su cuarto para observar cómo se anudaba la corbata con esmero; con esos ojos cansados y esa sonrisa, resuelta, al verme. “Joder, estoy destrozado“. A pesar de la confrontación, de las mañanas etílicas en las que casi acabamos a tortazos, también ha sido refugio y consuelo. Un lugar al que recurrir cuando todo se desmoronaba y la fría lucidez de quien ve más allá era necesaria. La tranquilidad de quien conoce los resortes del alma humana; esa serena y extraña habilidad que – como dice Amaro – le permite orquestar un método en su locura.

A Amaro le conocí tres semanas después que a Maligna, en Llanes. Aquel mes de agosto que me llenó el armario de futuro. Llegó el último a Londres y ha sido – y es – mi compañero de desvelos. Supongo que convivir en el último piso de un manicomio y compartir baño durante un año te hace merecedor de cierto estatus; digno de un indiscutible rango. Estoy sentado en el suelo de mi cuarto escribiendo y le imagino paseando de lado a lado, como tanto otros días de este año que ya son irrecuperables. Analizando la parte más humana de cada acción, de cada frase. Oigo como llama a mi puerta para ir a nadar, para hablar a la una de la mañana sobre la necesidad de ser un cabrón, para poner verde a Barrera, para convencerme de que el Garmin es la polla. Me veo recorriendo su cuarto, atrapado, enjaulado, violento e indeciso, reproduciendo a la inversa todas las conversaciones en las que nos volcábamos. Le veo llegando a casa, saludando y diciendo: “¿Qué pasa chicken? Joder hoy he nadado mil quinientos metros en tres segundos“. Le visualizo realizando la complicada maniobra del timonel holandés, le veo durmiendo etílico con zapatos. Le siento, al otro lado de la pared, y le extraño en la distancia que ya nos separa; aunque siempre le quedará Alfonso para retroalimentarse.

Alfonso era el único al que no había conocido en Madrid. Adivinábamos en cada conversación – en cenas, en copas, en conciertos –  la amistad que en un futuro surgiría sin remedio. Aquella complicidad propia de los que antes de conocerse, ya se conocen. Fue una noche (una de tantas) en Raffles; no nos dejaron entrar  sobornando a los puertas y decidimos, con el amanecer en los bolsillos, volver a casa. Le hablé de Delibes, de aquella mujer con carácter que quería – que necesitaba –  en mi vida, una mujer de rojo sobre fondo gris. Una bestia social que cuidaba de un pintor brillante y apático. El reloj de pared destripado y lleno de libros. Ahí, supongo, empezó todo. Y todo llegó después. La conversación en la que le dimos la última vuelta – el último giro de tuerca – a la novela, la temperatura de la ducha, la necesidad de luz en la nueva casa. Las putas pesas que olvidé, las mudanzas. Las conversaciones en la cena, el otro punto de vista; las segundas y terceras derivadas de su jefe. El futuro. Aquella cena en Ibérica que estuvo llena de altura. Su cuarto amueblado tres veces. Su puto sombrero dado la vuelta que utilizaba como mesilla. El colchón en el suelo. Su antifaz, los tapones. La salsa de vino, el gazpacho, la vuelta que le dimos a mi proyecto, con Amaro, en aquella noche desesperada: el service debt coverage ratio. Su paciencia con los números, su afán por explicar y entender. Su mirada sin juicio y su calma resuelta. El agradecimiento que siento por su serenidad ante mi inquietud en estos últimos meses. Aquellas largas llamadas para recuperarme. La canción de Notorius que me regalaba cada domingo.

Cojo el móvil, abro Spotify y pongo Old thing back; y le veo, le veo joder. Veo a Alfonso mover de arriba a abajo, serio, la cabeza mientras escucha la canción. Nos veo a todos de resaca, en silencio. Con pantalones cortos en cualquier Uber dirigiéndonos a defender a una Armada en la que dejamos de creer hace ya cuatro meses. Juan reconociendo que ni un jodido domingo le había apetecido ir a jugar al fútbol.

Perdí, junto a todos, el miedo al abismo del domingo en aquella casa previa de sofás blancos y techos altos. Comprendí – atisbé – que la vida es sencilla. Que somos nosotros los que decidimos complicarla. Que merece la pena y que siempre hay que jugar. Que hemos venido a palmar y que el calambre es necesario. Que si te equivocas es por que lo has intentado; que quedarse quieto – con el dinero, con el amor – no sale rentable. Que la soledad compartida no es tan definitiva y que no hay mejor terapia que hablar las cosas con el corazón, el hígado y los pulmones en la mano. Que llorar es de valientes y que levantarse es cosa de uno mismo. Que nadie puede salvarte  – uno se salva a sí mismo o se pierde – pero que un abrazo, una conversación, o una sonrisa a tiempo diluye la rabia. He aprendido que amueblar una casa te enseña a ordenar tu cabeza, tu paciencia, tu instinto; y que cuidar de cuatro subnormales te prepara – a la larga – para cuidar de ti mismo.

Recorro en mi cabeza cada estancia de 17 Moreton Place – de la Casa de las dagas voladoras – y una profunda inquietud me llena el estómago de añoranza. Mañana, como siempre, contemplaré, por última vez mi casa. Estos cuartos, este salón, esta terraza, esta cocina, esta calle que ha vivido mi insomnio y mi alegría, mi felicidad y mi desgracia. Transitaré, como un fantasma, por aquellas habitaciones, por aquellos salones que me vieron crecer y convertirme en la persona que he conseguido llegar a ser. Una persona que habría sido imposible sin esta casa, sin esta familia, sin esta ciudad. Cierro los ojos y siento, otra vez, la brisa cálida del amanecer que se acerca inexorable, un amanecer que me cambiará la vida. Sonrío – con esa sonrisa familiar, de lobo estepario cansado – y me digo que, definitivamente, Hemingway tenía razón.

No se puede escribir de un sitio hasta que te has marchado.

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La casa de las dagas voladoras

Que duela lo que tenga que doler

Las cosas siempre duran un poco más de lo que deberían. Pienso en ello en la Terminal 1 de Barajas. Son las seis de la mañana y tengo que coger un vuelo a Londres, o a Calella, o a Venecia, o a San Sebastián. Ya no lo recuerdo. Y hace tiempo que dejó de importarme. Loriga escribió aquello de que la memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa. Y es verdad. Las imágenes desfilan rápido por mi cabeza. Cada recuerdo unido a cierto desequilibrio, a un vértigo que se me antoja ajeno. Una amalgama de sensaciones torturando a mi estómago, a mis manos, a lo que era yo antes de sentirme incompleto. Antes de que me arrebataran algo. Los rasgos que difumino en mi cabeza para que el pecho me duela menos. Para que el desconsuelo me encuentre llorado, y que mis lágrimas canten el amor que sentía, y que a pesar de todo no fue suficiente.

El avión despega y yo, como siempre, me concentro en las turbinas. Recuerdo con precisión las palabras de Miki, en Dubai, cuando me contaba que, en el despegue, la clave está en las turbinas. Si una falla, la otra tiene la potencia suficiente para levantar el avión. Tiene fuerza para socorrer a su compañera, para cargar con la responsabilidad de las dos. Las turbinas están resueltas a no rendirse. Y a mí se me inundan los ojos de alternativas cuando pienso en eso. Debería, quizá, a lo mejor, aquel día, si hubiese hecho, si hubiera sido, si hubiera callado. Qué más da, concluyo, si el puto avión ahora mismo se cae. Si total, quién nos dice que este mundo no es el infierno de otra vida. Intento dormir pero un extraño impulso llega a mis dedos, desbloqueo el móvil y borro su número. Y el aire se detiene en mis pulmones. Pero hay algo más. Aquella conversación, aquella línea conocida, aquella foto gris y azul que me desdice cuando aprieto los puños y me grito que ya es suficiente. Doscientos cuarenta archivos. Lo volveré a escribir más despacio. Doscientos. Cuarenta. Archivos. Fotos, pantallazos, selfies. Esos putos ojos que me persiguen, que están incrustados en el fondo de mi ansiedad y son la causa de mi desvelo. Esos ojos que me atenazan hasta lo indecible. Respiro hondo y ya, sin pudor, las lágrimas hacen carreras por mis mejillas. Giro la cabeza para ocultarlas, mirando por la ventanilla, y ahogo un lamento mientras deslizo el pulgar y corto para siempre el hilo de Teseo. Quemo los barcos, destruyo los puentes, renuncio a Cristóbal de Mondragón. Dejo que el Elba anegue mis anhelos.

Y de pronto estamos en el aire, el avión no se ha caído y la vida sigue y yo me seco las lágrimas como quien renuncia a la esperanza, al futuro o a encontrar las llaves de casa que perdió Maligna hace tres meses.

Empieza a amanecer y el horizonte es una línea de fuego anaranjada que ofrece nuevas oportunidades para los intrépidos. Yo, que siempre fui audaz, inquieto, despierto, lúcido, hoy, ya no lo soy. No ahora. Y quizá no lo seré jamás. Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Consigo dormir un poco, con los brazos cruzados sobre el pecho para no romperme, sujetándome con la entereza de un puto panda. Temblando en el recuerdo y en la ausencia. Aterrizo – creo reconocer a donde he llegado – y piso, de nuevo, como un mantra, como una triste cantinela, el suelo de la pérfida Albión. Las verdades acuden a mí y me dicen y me preguntan: ¿Qué quieres cenar hoy?  Yo respondo agradecido mientras se derrumba mi convicción. Como la vida, como el amor, como las cosas que se rompen y se arreglan, esa verdad – la que me pregunta qué quiero cenar – trae consigo un lado amargo. Y aparece cuando mi mente vuela y me traiciona y decide ser todas las cosas inalcanzables que la habrían mantenido a mi lado. No va a volver – dice aquella verdad sin ningún quiebro, sin que la voz le vibre mucho, sin saber que me hace resonar a mí como un cueva llena de murciélagos y de derrotas -. Las mujeres son así. Quiere dejar una puerta abierta. Pero no va a volver. 

Y recuerdo las palabras de Benedetti que tuve la desgracia de encontrar hace tiempo, cuando todo se derrumbaba: Creo que tenés razón, la culpa es de uno cuando no enamora, y no de los pretextos, ni del tiempo. Y muero un poco, lo justo, lo necesario para poder seguir respirando. Para poder pasar el control de pasaportes, para coger el Stansted Express e irme a tomar por el culo.

Al final, me digo, todo pasa. Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y empezar de nuevo. Le lanzo al mundo un suspiro temerario y aprieto los dientes, los puños, el corazón. Estoy vivo. Y como decía el mamao de Bukowsky, seguir vivo es la victoria. Sé – esa certeza me brilla en los ojos – que los próximos findes van a ser un infierno. Que habrá mil dudas, que lloraré, que sentiré vértigo, nostalgia, que mis manos echarán de menos su piel (al escribir esto me ha dado una punzada en el estómago). Pero también sé que está saliendo en sol en Londres. Que Amaro se ha dejado cien mil pavos en una bicicleta y que Alfonso a lo mejor le compra la antigua. Sé que Juan ha comprado una mesa y sillas para la terraza y que nos vamos a hacer un tatuaje porque de alguna manera hay que inmortalizar este año. Que Moreton Place es una familia y que me rompe el corazón abandonarles. Que mis amigos de Madrid me esperan con ansia. Que Anto está intentando recuperar Cris. Que un colega le va a pedir matrimonio a su novia – me lo dijo ayer y aún me dura el escalofrío – y que el amor existe y que aún hay esperanza, joder. Que, por supuesto, hay tiniebla. Que necesito tiempo. Que, como Gayo Máximo, necesito un Rin que me separe de mis bárbaros. De mis recuerdos, de las alternativas. Un cuartel de invierno al que retirarme, aunque sea Ibiza, aunque sea Tiedra, aunque sea agosto con mi hermano en casa.  El puto final del poema de Benedetti:

Siempre cuesta un poco empezar a sentirse desgraciado. Antes de regresar a mis lóbregos cuarteles de invierno, con los ojos bien secos, por si acaso, miro como te vas adentrando en la niebla,

y empiezo a recordarte.

Pues eso.

Que duela lo que tenga que doler

En tu final encontré la aventura

Cuando por fin, todos estuvimos juntos, eran las tres de la mañana. El hotel más decente en la calle más infame de Bangkok. Un habitación con vistas al vicio. Carteles de luz, combinados y prostitutas. Yo estaba en coma, las dos rubias holandesas habían empezado a arrepentirse y Xavi, una vez más, con sus palabras, me había anegado el corazón de una emoción lenta e indescriptible. Pedimos más botellas, más crujir de hielo, alzamos el tono de voz; comenzaron los gritos y la risas. El desafío, la aventura, acababa de empezar. Después – qué añadir – la isla de los monos, cómo dejaron K.O. a Xavi en un ring, la venganza de Abel. La villa de Koh Samui, las prostitutas que llamaron a la policía, la espalda de Vasco, Manuel fumando porros por primera vez en su vida, Gorka con los ojos fantásticos, con aquella sonrisa que le hacía volver a los quince años. Pablo con su tatuaje, sus viajes nacionales, los disparos a través de la puerta del hotel. Pablo y su mundo. El mundo, Tailandia y nosotros.

Siempre siento una amarga felicidad cuando un viaje acaba. Nada une más que contemplar un amanecer en coma. Compartir conversaciones largas, desvelos, zozobras; el tono de voz, los detalles de una convivencia fácil, que ya nos sorprendió haciendo el Camino de Santiago en putas bicicletas – los Cipocletas -. Después de cinco días de sufrimiento y sudor, ni una discusión, ni una voz. Tan solo la desesperación en los ojos de Jorgito cuando girábamos una curva y la carretera parecía no tener fin. “A la siguiente me pido un taxi. Me cago en mi vida. ¿Quien me manda venir a hacer esto? ¡Que soy un paleto de ciudad!”.

Cuando un viaje acaba significa que has sobrevivido a él. Que tus ojos han recogido cosas nuevas, tu paladar se ha equivocado, tus pies han recorrido otras ciudades, otros fracasos. Porque las cosas nunca salen bien. Las condiciones nunca son las perfectas. El tiempo (los monzones), el azar, un amigo irresponsable que pilla y desaparece, la pereza, el cansancio. Un coro emocionado y etílico que canta Un beso y una flor y que interrumpen unos ingleses lanzando buckets de vodka con kiwi. El viaje acaba. Su final te sorprende como una ex novia en una discoteca. Miras alrededor y estás en un puerto feísimo rodeado de viento, en la cafetería de un aeropuerto, tumbado en una cama intentando sobrevivir a la resaca. Bueno, dice alguien, nosotros nos vamos. El abrazo rápido, un beso en la mejilla, las sonrisas a medio hacer, ha sido la polla, te debo veinte pavos. Una tristeza que nadie se reconoce del todo. Esa alegría taciturna que envuelve cada despedida. Volver a casa, descansar, perder lo que podría haber sido. Lo que no conseguimos juntos. El viaje acaba, los días se agotan y hay que regresar a la rutina; a la decencia de ser quien eras antes de coger aquel avión. Antes de despedirte de tu novia en el coche, antes de mandar el último email en el curro. Traicionarte una vez más – la penúltima – no siendo el rufián buscavidas y cabrón que soñaste ser. El último de los mohicanos. Volver – necesariamente – a la agonía y a la felicidad de quien lucha.

Mi viaje acabó ayer. Volvimos huyendo de ese país caótico y explotado. De milagro, gracias a que Pablo se dio cuenta de que el avión salía un día antes. Cansados de tanto vuelo, de la incertidumbre del mañana, de la búsqueda de un paisaje definitivo y arrebatador. Hasta las pelotas de tanto templo y elefantes maltratados. Exhaustos, envueltos en una luz diurna, completamente derrotados. Volvía a casa – reconociendo lo inmutable, las cosas que siempre siguen en su sitio – con una paz intranquila girando dentro de mi. Todo empieza y todo acaba. Mis amigos se desvanecen, poco a poco, en mi memoria. Una extraña angustia me alcanza, me revuelca en su desesperación medida y yo dejo que me conquiste un poco. Lo justo. Llego a casa agitado, nervioso, herido y me pongo a escribir estas líneas porque, al final, estamos hechos de memoria. De lo que somos capaces de recordar un puto lunes a las nueve de la mañana yendo al curro. Sonreír mientras susurras: vaya pavo. Un pensamiento de algo inverosímil, una escena que recuperas en cada derrota; una frase, un consejo, la voz gutural de Diego analizando el porqué de cada huida. No hay alternativa a lo vivido. Venimos de nuestros errores. Al final, entre todos, conseguiremos recuperar cuatro historias. Reírnos de la policía que nunca vino, del salto a la arena desde un barco varado, los golpes en la puerta. Volver a lo que supimos encontrar juntos. Ser lo que una vez nos permitimos.

En eso consiste viajar. Viajar con amigos. Con una loca que te arranca una sonrisa. Emborracharte, exponerte, medirte; volver con cicatrices o tatuajes que cuentan una historia. La leyenda que después narras entre copas. La nostalgia de lo que nunca volverá.

Deshacerte, envejecer, aprender a observar. Luchar y devorarte. Volver a casa con los nudillos magullados y el labio partido preguntándote: ¿quién cojones bebe vodka con kiwi?

En tu final encontré la aventura

Como dicen en la Traviata: Domani

Todo empezó, supongo, cuando quedé con Juan a tomar pintas; antes de ir a Mestizo. Una ciudad nueva, costumbres diferentes y un cielo plomizo y cansado en cada amanecer. Siempre a punto de romper en lluvia, gris; un horizonte sin altura. Ahí, en un pub – seguramente de nombre absurdo: El caballo y la nieve, o El pollo y la esperanza – se rompió el cosmos, el big bang, Dios hizo el verbo. Conocí a Miki. Un pavo que no paraba de peinarse, flirtear con mujeres y beber espresso Martini. Después Maleficiencia puso la cabeza y Alfonso el saber estar; Chefo el salto de altura – la risa sin complejos. Silverio, la desnudez como bandera; La Roche su libertad conquistada, su mirada de niño perdido, su saber volver a empezar. Y de repente un Chevrolet diseñado para un coloso nos llevaba por las calles de Miami mientras una canción manoseada sonaba en la radio. Un conductor cubano sin erres en sus frases. Las ventanillas bajadas, marzo, los colores del atardecer llenando el cielo de promesas y derrotas.

Siempre he sido yo el que se ha marchado. Dejaba algo intacto a mi espalda, no miraba hacia atrás. Conocía la melancólica estela que deja una conclusión, un final – la certeza de seguir viviendo pese a todo. Primero fue Lille. Un año de blackouts y una cinta en la cabeza. Un año de postales, de miradas sedientas, de soledad y lectura. Un coche cargado: el bonsai que compramos un diciembre ya imposible, una guitarra, maletas, un edredón. La mirada empañada de mi amigo Xavi, vuelcafresas de corazón rojigualda, agitando la mano mientras se mordía los labios. Las preguntas sin respuesta. La amistad que por fin le ardía en el pecho. ¿La perdería para siempre? ¿Volveríamos a vernos? ¿Viajaríamos a más Sarajevos? ¿Conoceríamos a Vinagre, a Alicia, a Perséfone? Aún me repito que vivir es perder. Que estar roto es ese amanecer que descubres al salir de un after. Una realidad cotidiana que descubres cada cierto tiempo – y siempre es la primera vez. Ese asombro infantil ante la claridad del cielo cuando rompe el día. Tuve que perder una isla, sus rincones, el olor a jazmín, los cascos de los caballos bajo mi ventana para comprenderlo. El último helado en la Plaza del Quadrado, la historia de un amor imposible, de otro tiempo, otro espacio – su voz rasgada, la suave cadencia de su pelo cuando bailaba, aquel perfume de abismo. Leonardo DiCaprio diciéndole a los ojos azules de Jennifer Connelly “in another life maybe, all right?”. Seguir, traicionarse, perder. El corazón desolado mientras un silencioso taxi te lleva al aeropuerto y que, al final, te está llevando a otra vida. Aprender a marcharte silbando un tango. La canción apropiada para cada final – que no es otra cosa que un comienzo.

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Pero esta vez me toca a mi. Esta vez, en otra isla, soy yo el que se queda sentado viendo como alguien se marcha. Herido, abandonado, sintiendo que se llevan algo, que me traicionan. Aullando al cielo, buscando vengarme, desenterrando mis armas. Acude, a veces, a mi rostro una sonrisa de lobo solitario y cansado. Una mueca que entiende que el pasado es irrecuperable. Cruzamos, como cada domingo, en Uber, el Vauxhall Bridge – y alguien dice que esa vista del Big Ben es la mejor de Londres. Entonces yo me siento ligeramente afortunado. Por la luz, por el sentimiento de pertenencia, por la resaca que me llena los pulmones de remordimientos. Comparo el Támesis con el Guadalquivir, recuerdo lo que he leído de Mnomgo, de Herodoto, de las columnas de Hércules; y sonrío. Sonrío porque una vez le solté a alguien que las columnas de Hércules estaban en Galicia y Cádiz. Contemplo la luz del mediodía reflejándose en la corriente cambiante del río y me pregunto cuantas despedidas habrán presenciado sus riberas. Cuántos desastres, cuantos reencuentros. Cuánta desgracia inmerecida. Qué pasa cuando Aquiles sobrevive y se conviernte en Ulises y tiene sangre entre las uñas. Conrad describiendo el estuario del río, learnt by heart:

Nos sentíamos meditabundos, incapaces de hacer nada, excepto dejar vagar nuestra mirada plácidamente. El día se acababa en una serenidad de tranquila e intensa brillantez. El agua relucía apacible; el cielo, sin una mancha, era una dulce inmensidad de luz inmaculada; incluso la bruma sobre las marismas de Essex era como un tejido radiante y transparente, colgado de las boscosas colinas del interior y revistiendo las costas bajas de pliegues diáfanos. [..] ¡Qué grandeza no había flotado en el flujo de ese río hacia el misterio de una tierra desconocida! Los sueños de los hombres, la semilla de las colonias, el germen de los imperios. 

Incapaz de expresar lo que siento en ese momento (el Uber, la resaca, la inmensa alegría de respirar, de recordar, de poder sentir amor y miedo) un suspiro se hace sonoro en mis labios. Me vacía los pulmones, y la resignación se queda flotando en algún punto del paisaje. Sonrío, otra vez, una más, la penúltima, recordando lo que soy, de lo que he sido capaz. Recordando a un amigo que he perdido en el día a día, un amigo del que no conoceré más – no tanto como antes – sus inquietudes, sus avatares con las mujeres, sus decisiones y alegrías. Entonces, vuelvo sin remedio, sin ningún pretexto, como catapultado por una fuerza invisible a Miami. A aquel Chevrolet, una canción huyendo por las ventanillas, el cielo estallando para nosotros cuando aún estábamos juntos. Sin decisiones, sin ningún tipo de futuro. El viento corriendo dentro de nuestras camisetas y camisas. El frenesí etílico, la apuesta de un porvenir desesperado.

Somos lo que perdemos. Nada es inmutable. Ni la amistad, ni el Támesis, ni las Columnas de Hércules. La muerte, las despedidas, nos zarandean para que recordemos que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Dar los abrazos a tiempo, decir más tequieros –la mirada azorada de mi hermana-, saber por qué haces las cosas. Y quizá, algún día, si se es valiente; si hay lucidez, calambre y aventura, comprenderlo todo. Y entender nada.

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Como dicen en la Traviata: Domani

Don Alfonso de la Mancha

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Hacía calor en Lezuza. O en Munera. O en Toboso. Ya no lo recuerdo. Era un pueblo de la Mancha. Un solitario conjunto de casas blancas, soleadas y frescas. En una habitación, Alfonso, un joven sudoroso y algo desquiciado, terminaba de leer Ivanhoe. En una repisa, desordenados, otros títulos se amontonaban como una pira de leña. El último mohicano. El tango de la guardia vieja. Tirante el Blanco. Y se dijo: yo también quiero ser caballero. Bajó al patio. El sol perfilaba la tarde de una luz indecisa. La cuadra se había convertido hace tiempo en un desván y comenzó a buscar, entre los objetos más variopintos, algo que le sirviese de armadura. El ajetreo atrajo a su primo Pancho.

-¿Qué buscas?

-¡Cómo osáis –rugió Alfonso desde dentro- tutearme! Soy un caballero. ¡Tratadme como tal!

El chaval de ocho años dudó. Pero abrió los sorprendidos ojos al contemplar a su primo con almohadones atados en el torso, una pértiga en la mano y la cabeza cubierta por un viejo cubo de latón.

-¡Tú, deslenguado! –gritó Alfonso señalando a Pancho-. Tú serás mi escudero. Si me sirves bien te haré gobernador de una ínsula. ¡Sígueme!

En el corral, rodeado de gallinas, un viejo y delgado rocín masticaba distraídamente alfalfa.

-¡Ayúdame a montar, escudero!

Apoyando el pie en el hombro del silencioso Pancho, el paladín consiguió asentarse en la grupa de Cinorrante; que así se llamaba el caballo. Éste, sorprendido, comenzó a andar y se dirigió a campo abierto. Pancho corrió hacia las casas.

-¿A dónde vas bellaco? ¡Villano! ¡Rústico! ¡Patán!

Al rato, Pancho alcanzó a Alfonso accionando con brío los pedales de una vieja BH verde.

-Necesitaba mi montura – se excusó-. ¿A dónde vamos?

-A vivir aventuras, a socorrer doncellas bajo el yugo del bullying. ¡Combatiremos al corrupto y veremos países exóticos y lejanos!

-¿Y cuántos días nos iremos? Se lo debería decir a mamá.

-Tu madre no podrá gobernar en tu lugar las islas que estoy dispuesto a ofrecerte.

-Pero…

-¡La gloria es del audaz! – exclamó Alfonso, perdiendo la vista en la lejanía. Alzando la pértiga como un trofeo, como una amenaza.

Lo campos de trigo inundaban la vista. Y a lo lejos, dispuestos ordenadamente, cortaban el aire las aspas de unos modernos molinos eólicos. Los ojos de Alfonso se quedaron clavados en aquellas estructuras. Largos, estilizados, blancos. Centinelas inmutables del campo.

-Estamos de suerte. Parece que la batalla viene a nosotros, amigo Pancho. Rendiremos a esos gigantes con dos lanzadas.

-¿Qué gigantes?

-Aquellos que tienes enfrente. Aquellos de blanca vestimenta que nos desafían alzando los brazos. El viento me trae sus gritos de júbilo y guerra. ¡Seré su castigo por tamaña afrenta!

-Señor –dijo Pancho, ligeramente preocupado- son molinos eólicos. ¡No son brazos! !Son aspas que giran empujadas por el viento!

-Ay, felón. Cobarde. ¡Tienes miedo! Pero no importa. Mía será toda la gloria. Observa cómo se bate un caballero.

Alfonso clavó los talones y Cinorrante avanzó a desgana. Con un trote sin futuro dejando atrás a Pancho aturdido y boquiabierto. El primer golpe de la pértiga contra el metal resonó como un campanario. El impacto derribó a Alfonso de su montura. Cinorrante siguió con su galope discreto hasta detenerse algo más adelante. Iracundo, Alfonso recogió la pértiga del suelo y comenzó a golpear la base del molino con rabia.

-¡Malandrín! –gritaba-. ¡Cuesco de dátil! ¡Truhán!

Descargaba golpes terribles sobre la torre inmóvil. En las alturas, las aspas, impasibles, ocultaban intermitentemente el sol, cegando al novel caballero en intervalos regulares. Alfonso juraba y golpeaba sin descanso. Sin perder el aliento. Un insólito odio guiaba su verbo y sus manos. Pancho alcanzó pedaleando a su señor en el mismo momento en el que el motor de un coche amortiguaba el sonido metálico de las estocadas. Dos hombres uniformados de verde se apearon del vehículo.

-¿Qué pasa aquí? –preguntó uno de ellos dirigiéndose a Alfonso.

-¿Por qué tendría que darles yo explicación alguna? –respondió arrogante.

-Somos del SEPRONA –puntualizó el segundo-. ¿Nos puede explicar por qué golpeaba usted los molinos?

-No reconozco autoridad ninguna por encima de mi juramento. Ni recibirán de mi boca…

Un guantazo resonó en la tarde templada, por encima del sonido de las aspas de los molinos rompiendo el viento. Cuando, más tarde, el ronroneo del motor se perdió en la lejanía, dos figuras desandaban el camino a casa. Uno, el más pequeño, empujaba una bicicleta verde. El mayor guiaba, con una mano, las riendas de un flaco caballo y, con la otra, se apoyaba en una pértiga rota.

-Señor –preguntó Pancho-. ¿Por qué no ha querido batirse con aquellos asaltadores de caminos?

Su amo rumiaba una respuesta convincente. Le palpitaba aún la mejilla, enrojecida. La marca de cinco dedos surcándole el rostro.

-Un caballero –reflexionó Alfonso- ha de saber elegir sus batallas. Luchaba contra gigantes, Pancho. ¡Gigantes! Aquellos bandoleros me sorprendieron a traición.

-Ya entiendo –comentó Pancho, observando la mirada triste del caballero-. Algún día les vencerá. Puede que solo necesite beber un poco de leche.

Alfonso sonrió agradecido.

-Seguir vivo es la victoria, Pancho.

Pancho respiró tranquilo. La brisa cálida del atardecer. El sol agonizando detrás de lejanas colinas. Un rojo y un rosa violento pintando el cielo de amor y agonía. Nadie salió a recibirles cuando llegaron. Viendo el rostro abatido de su amo, Pancho se giró abriendo los brazos y comenzó a gritar:

-¡Abran paso! ¡Abran paso a Don Alfonso de la Mancha! ¡También conocido como el Caballero de la Triste Victoria! ¡Abran paso!

Por detrás, Alfonso, sorprendido y sonriente, saludaba a todos lados.

-De la Triste Victoria – murmuraba-. Me gusta, me gusta. La victoria es insolente –decía-. Todas las victorias lo son. Todas menos esta.

Don Alfonso de la Mancha

Muéstrame lo que hoy desconozco

Se aprende a vivir perdiendo. Eso es así. Puede ser un antiguo mapa de Madrid, un atardecer, el autobús o las ganas de seguir jugando. Todos estamos un poco rotos y eso está bien. Por que cuando todo va mal pienso en ti y todo eso. Lo que deja de ser nuestro y echamos de menos. Se nos pone esa mirada de alta mar y miramos sin ver. El recuerdo nos asalta, las decisiones, la incógnita, lo que nunca será, aquello que ya no puede volver. En un prólogo acojonante Javier Marías resume perfectamente como la nostalgia nos traiciona, nos vende a Mnemósime, nos lastra el presente, nos fusila:

Cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos. De lo que nos abandonó a nosotros. Quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Supongo que todo tiene sentido. Las jodidas procesiones de recuerdos que me recorren de arriba a abajo, mis ojos lejanos, mi obsesión con esa isla, el desastre del 98, un fusil Remington, Vara de Rey, barcos sin honra. Trincheras carlistas en el caribe. Está claro. Tuve que mandarlo todo a la mierda  e irme a Cuba con cinco camisetas de Primark, dos pantalones y el deslumbre agazapado de los que vivimos manteniendo la esperanza. De los que mueren pero no se rinden.

Buscaba, qué se yo, ignorar el paso del tiempo, la inexorable carrera que acaba con todo y con todos. Escapar del recuerdo, aquellos besos ya intransitables, lo que nunca será. Las posibilidades, el destino que me llevó al Valle de Viñales, los caballos Mojito y Salsita, el humo que despedía aquel puro que sabía a miel y a destierro. Una discoteca sin música, ron y conversaciones largas y profundas como un pozo, como una noche sin luna, como un adiós. Miradas insondables. Un amigo besando a una prostituta en un bar de La Habana Vieja. No escribiré su nombre porque puede que alguien conocido acabe leyendo esto; y claro, en la oficina dirían: “He leído que La Roche pilló en Cuba con una puta”. En fin, las cosas que llenan sin ningún motivo. Las escenas que te sorprenden, que merecen tu silencio. Disfrutar mínimamente de esta existencia de mierda. Un atardecer que te reconcilia con tu padre, con una ex novia, con una elección precipitada. Un paisaje que te dice que no es tan grave, que siempre hay una solución. Que aún resiste la belleza en este mundo. Que, efectivamente, Dios creó más poetas que poesía; pero que la sensibilidad es inherente al que enmudece sin público, al que sabe callar, al que intuye la gravedad sin equilibrio. Que un viaje está en el camino, que Itaca es Circe, Troya, Nadie, aquellas putas sirenas, tensar un arco. Desafiar a la muerte. Zarandear la vida.

Cuando emprendas tu viaje a Itaca, pide que tu camino sea largo. Lleno de aventuras, lleno de conocimientos.  A los Lestrigones y a los Cíclopes, al fiero Poseidón no encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si tu alma no los coloca ante ti.

Ningún viaje debería acabar cerca y el que mira, el que observa y siente, no debería acabar entero. Dejar partes de uno mismo aquí y allí. Perder, desgarrarse, vivir. Dominar el extravío como Elizabeth Bishop. Perdí dos ciudades, dos preciosas ciudades. Y aún más: algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente. Una isla, un coche, dos amigos, una mujer imposible, un reloj, unas gafas que surgieron del océano, las cosas que nunca dije. Quedarse sin ganas de seguir intentándolo es la peor de las renuncias. Sobrevivir, rehacerse. Forzar con rabia una sonrisa esquiva, distante, mentirosa. El mundo se divide entre los que se quejan y los que luchan con los dientes apretados. Encontrar aquellas viejas herramientas de Kipling para empezar de nuevo. Yo que sé. Un viaje – Itaca-, un libro, una frase, el orgullo que calienta, una noche de primavera, un proyecto (una aventura), un recuerdo, una moneda de oro. Un paseo, la amistad, un abrazo a tiempo. La voluntad de resistir. De vivir como Ramón Acín escribía: sujetándose el hígado, agarrándose el corazón. Sangre en cada página de la vida, cicatrices plateadas que dicen que has luchado, que cuando todo estuvo perdido supiste morir de pie. La toma de Báyamo. La caída de Santiago de Cuba.

La pérdida. La puta pérdida. Lo que nunca fue nuestro o lo que perdimos, lo que nos arrebataron. Tiene sentido, yo creo, que perdiese todo aquello en Trinidad. El móvil, la tarjetera que me regaló mi padre cuando tenía diecisiete años, todos aquellos números, las fotos, instantes y recuerdos. El post it con el móvil de aquella francesa, Elodie, la puta tarjeta VIP de Graf. La púa que me regaló Padre Pere. La dirección de Silvia. Aquella copa que nunca llegué a tomarme en Musée. La zozobra que me invade al recordarlo, al escribir estas líneas. Las reliquias que me permitían volver a veranos irrecuperables, a un tiempo ya imposible. El hilo que Teseo utilizó para matar al Minotauro, para esquivar la soledad, para encontrar el amor. Tiene sentido que haya perdido parte de mi mismo en Cuba, que no recuerde que pasó y que, en alguna parte, haya un vídeo que lo inmortalice. Lidiar con el paso ecuánime del tiempo, con la memoria inabarcable del pasado. Aprender a perder, doblar la apuesta. Afrontar esa puntual desolación a medida.

Cathy Linton estaba zumbada de cojones pero tenía razón. Es un viaje muy duro para hacerlo con el corazón triste. Y es verdad. Porque nos queda una certeza insignificante y definitiva. Asimilar que en lo más profundo de la derrota siempre hay algo que pugna por levantarse. Tener el coraje de empezar de nuevo. Llegar a Itaca cansado y herido. Feliz. Sediento y audaz.

Muéstrame lo que hoy desconozco

Qué importa de donde vengas

No creo en las casualidades. Me da por Cuba – siempre me ha dado por Cuba-. Puede ser por Hermenegildo Alonso, que se dejó la cordura en la isla. Puede ser por el libro que llevo dentro y que empieza a tomar forma. O puede ser porque es un enigma, uno de los últimos territorios en ultramar (esa palabra), los Jardines de Rey, el Fuerte Navidad. Los brazos esforzados de quienes creyeron que valía la pena morir por algo. Lo repito: no creo en las casualidades. Kennedy y Kruschev a un mal día de acabar con el mundo con Cuba como telón de fondo. Releo la crisis de los misiles en 1962 y un escalofrío me recorre la memoria. Hasta le pusieron un nombre: MAD. Mutua destrucción asegurada. Entonces, entre tanta línea y tensión, aparece el pollo que le escribía los discursos a Kennedy. Haciendo preguntas que desmontan una invasión. Esa retórica, su afilado saber incitar, incomodar, rebelarse. Su conocimiento profundo de las palabras. Ted Sorensen conocía el poder de la emoción, de apretar los dientes y luchar sin esperanza. Y me pregunto si ese notas será el mismo que le escribió el discurso a aquel presidente guaperas para el aniversario del décimo quinto año del muro de Berlín. Recuerdo a mi padre, con esa sonrisa de canalla, declamando aquellas palabras. Recuerdo la mesa de madera de la cocina, el mantel, la disposición de los muebles, una cena cualquiera, un día sin utopías ni remedio. Recuerdo lo de: <<Hace dos mil años el más orgulloso alarde era poder decir Civis Romanus Sum. Hoy, en un mundo de libertad, el orgullo reside en decir Ich bin ein Berliner>>. Total, que tiro de Wikipedia, de internet, y me leo el discurso entero.

sorensen

Leo las frases como un cazador, buscando la esencia de Sorensen. Atento, paladeando cada pausa, despacio, repito mentalmente cada artificio buscando la sonoridad adecuada del lenguaje. Como no se quién decía de Shakespeare. Que fue el primer pavo que descubrió el escalofrío paciente, escondido entre el público, esperando la potencia de un diálogo encendido. Esos que te dejan sin respiración, trastocado, herido; paulatinamente diferente. En aquel discurso, enfrente de un pueblo cansado de la guerra, sin paz ni luz, busco el ímpetu de Sorensen. Ese tío que con 24 años ya escribía los discursos para uno de los presidentes del mundo. Y lo encuentro joder. Lo encuentro y sonrío con suficiencia. Fuerza, esperanza, determinación. Fue volando solo a Berlín cuando me di cuenta de lo que me acojonaba. Anto esperándome en el aeropuerto mamadísimo con una botella de vodka entera. La música, la gente, la completa vorágine, el Reichstag incendiado por Hitler, las puertas de Istar en el museo del Pérgamo, esos putos cuervos del tamaño de un caballo. La lejana promesa de Munich. Maik y Lorenzo hablando alemán sin darse cuenta. Aquel after en un barco que se hundía y que no parecía importarle a nadie. Mi única foto en el Muro; en calzones y durmiendo en el suelo. Las Montañas del Diablo, la estación abandonada. Lo he dicho. No creo en las casualidades. Dos días después estalla en mis oídos los bajos de una canción que no podía -no puede- ser de verdad. Reconozco palabra por palabra a Sorensen, a Kennedy, fundidos en un ritmo impersonal, agnóstico y furtivo. El grito de la muchedumbre, la impotencia, la resolución de seguir viviendo. No me lo puedo creer me digo.

Miro a mi alrededor y están todos los topos de mi departamento observando mi cara de sorpresa, un estupor recién creado, nuevo en mi mirada. No puede ser, repito. Y va Kennedy, en esa canción que devora los últimos conceptos de destino que me quedaban, y lo dice. Lo. Puto. Dice. With the vitality, and the force, and the hope, and the determination of the city of West Berlin.

Joder. Me dan ganas de coger de las solapas al tonto de Adnan y preguntárselo. Clavar mis ojos en sus pupilas vacías y gritarlo. Estuvimos a punto de irnos todos a la mierda una preciosa mañana de octubre en 1962. El general McNamara reconoció años después que pensó que iba a ser el último amanecer de su vida. Un puñado de hombres valientes -en los dos bandos- supieron encontrar el camino de vuelta. Recurrir a la serenidad. Espías fríos de mirada lánguida, periodistas suspicaces. Pienso en la entrevista que he leído esta mañana. Quique Gonzalez hablando de supervivencia. Seguir pese a todo, vivir sabiendo que el pasado es irrecuperable y casi siempre injusto. Que jugamos a ciegas. La muerte, la pérdida. Pienso en las palabras, los libros, el amor que no habría sido posible. Pienso en Vasco y el artículo que me pasó el otro día. James Rhodes cabreando al mundo como terapia. Aspirar a ser lo suficientemente bueno. Como padre, como amigo, como simple amante. El precio de la redención. Las columnas de Leila Guerriero. Un bálsamo entre los gritos del mundo. Poemas disfrazados de breviarios.  El libro de Javier Marías. Aquel título. Mañana en la batalla piensa en mí. Mi hermana diciendo que era un título súper romántico. Debí explicarle que no era de amor, ni de guerra. Que aquella frase pertenecía a un espectro, que el destinatario era un traidor. Pero le gustó. Supongo que las historias de corazones rotos son las más cautivadoras. Hay algo de cansancio lúcido en todas ellas. De hastío, de destrucción. Las bombas atómicas: Little Boy y Fat Man. La Bomba del Zar.

¿Que habría sido del futuro?

Vuelvo de mis pensamientos y me sorprendo. Cojo aire con ansia, como cuando Diego se despertó en coma, en medio de clase. ¿Qué cojones hago aquí? Como Gandalf. Sigo rodeado de mis coleguísimas del curro. Apáticos, concentrados, ignorando la vida y el fluir del tiempo. La luz entra por los ventanales de la oficina. Una luz mortecina y débil. Son las diez y cincuenta y tres de la mañana. Tengo tiempo. Sigo escuchando esa canción que aún no puedo creerme. Recorro otra vez aquel edificio abandonado de la CIA. La extraña acústica de las bóvedas. Las Montañas del Diablo. La victoria es por sí misma insolente. Negrín – el último republicano lúcido- diciendo que resistir es vencer. Un bárbaro -uno de tantos- afirmando que lo mejor de la vida es aplastar enemigos, verlos destrozados y oír el lamento de sus mujeres. Otra vez Quique Gonzalez, murmura a las cuatro de la mañana que el puto show de la vida está pasando y que no, no vamos a rendirnos. El futuro es de los intrépidos, de los audaces. Resistir, avanzar. El coraje de enfrentarse a una larga sucesión de amaneceres indescifrables. Las. Putas. Montañas. Del. Diablo.

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