Al final del silencio

Es viernes, es San Isidro, hace un día de pelotas y el cielo se tiñe de todas las cosas que vuelven en primavera. Cruzamos el Madrid castizo, preguntándonos, sin saberlo, si volveremos a ser los mismos, si volveremos a estar enteros. Pero qué importa de dónde vengas, si estás aquí, es viernes y hay toros. Nos mamamos en los bares del centro de la ciudad y recorremos las calles con la mirada de quien descubre un incendio o un tesoro. Gonzalo sonríe, a lo lejos, mientras murmura que no hay planes como éste. Que lo de los toros es algo ancestral que devuelve al pueblo la esencia de la sangre. Echarle cojones a la vida. Yo le cuento todas las cosas que he leído sobre el toreo que hacen que se me erice la piel. Un artículo de José Tomas, el libro sobre Belmonte, las frases de El Gallo. Palabras que me reconcilian con mi jefa, con mi padre; reflexiones que me recuerdan que la verdad del toreo – de la vida – es tener un misterio que contar. Y encontrar la entereza para hacerlo.

Entre tanto verbo y sacudida, vamos calzándonos copas, cambiando de bares e, inevitablemente, pasamos por la Plaza del Dos de Mayo. Comento que lo que está vallado es la puerta de lo que fue el parque de artillería de Monteleón, edificio que defendieron los dos únicos militares que salieron a la calle a combatir. Recuerdo que, justo, hace tres semanas, fue su aniversario – el día de la Comunidad de Madrid – y que estuve dieciocho hoyos contándoles el levantamiento a Juan y a Albiñana, en Marbella. Juan hinchándose a porros mientras mandaba las bolas a tomar por el culo, cabreándose como un demonio, blasfemando, lanzando los palos por el aire. Yo mordiéndome los labios para no descojonarme en alto.

No me hace ni puta gracia. ¡Ni puta gracia! – gritaba, mirándome desbocado . ¡Llevo cinco bolas Titleist perdidas, cojones! ¡Me voy a cagar en la puta!

Yo, llorando de la risa, pidiéndole perdón, reconociendo que en verdad me reía del esperpento que estábamos montando todos. No sólo de él. Que si seguíamos así nos iban a echar del campo. Recurrí al Dos de Mayo para que se le pasase el cabreo, y Gonzalo me pide que le cuente como empezó todo; los detalles, la furia – la trampa mortal en la que se convirtió el Madrid que hoy recorríamos para los franceses. Pero le contesto que la historia es muy larga, que hoy es día de toros y que hoy queremos otro calambre, otra mirada; y que, si eso, escribo alguna mierda otro día, pero que hoy no. Cogemos la moto, el cielo se llena de nubes y avanzamos entre los coches mientras Gonzalo comenta que va a llover y yo le digo que no, que aguanta. La cadencia del motor, la brisa en el rostro y yo pensando que ni de coña escribo nada sobre el Dos de Mayo, que ya se ha escrito de todo. Y, aún menos, que Juan se revienta a porros, o que soy malísimo (tampoco tanto, no dramaticemos) al golf. Mi acceso a ese mundo de ryders y domingos al sol se acabaría abruptamente. Y no queremos eso.

Pero a veces, las promesas que se hace uno a sí mismo pueden, supongo, irse un poco a la mierda.

Después de ser derrotado en Waterloo, Napoleón Bonaparte, desterrado en la isla de Santa Elena, en medio del Atlántico Sur – entre Angola y Brasil – le dictaba sus memorias a un secretario mientras languidecía contemplando el mar, dándole vueltas a sus errores y a sus remordimientos. Había tenido a Europa a sus pies, depuesto y nombrado reyes y aniquilado ejércitos. Miraba hacia atrás y veía, a pesar de su ocaso, grandeza. Y eso le imprimía en la mirada una melancólica satisfacción. Pero, al recordar la guerra en España y, en particular, el levantamiento del Dos de Mayo, se le oscurecía de una manera muy particular la expresión. Y es lógico.

Había invadido España sin pegar un tiro. En seis meses, cien mil franceses habían tomado sin apenas oposición Barcelona, Pamplona, Valencia, San Sebastián y Burgos; y mientras tanto, el subnormal de Carlos IV y el comepollas de su hijo Fernando se peleaban por la corona. El hijo obligaba a abdicar al padre en Aranjuez, el padre lloraba, Godoy se tiraba a la reina y el ejército español, con órdenes estrictas de dejar al francés hacer lo que le saliera de las pelotas, se mordía los labios y apretaba los puños, abochornados. Y, claro, los franceses se descojonaban. Con medio país en sus manos, creyeron, con razón, que todos los españoles éramos gilipollas. Murat, lugarteniente de Napoleón en España, engañó como a un chino al recién coronado Fernando VII para que viajase a Francia. Primero Burgos, luego Vitoria y, al final, Bayona. Siempre escoltado por los franceses porque la peña – el pueblo, la gente, con esas miradas hondas que acojonaban a los gabachos y ese silencio estoico, intentaba impedir que el rey cruzara la frontera.

Pero Fernando, por Dios, tonto de las pelotas, ¡no vayas a Francia! ¿En qué estás pensando? ¿Eres idiota? 

Algo así le gritaban. Pero él quería que Napoleón le reconociera como rey de España y lo demás se la pelaba. Llegaba a Bayona el 20 de abril y nadie salió a recibirle. Por otro lado, Murat, en Madrid, decretó que Napoleón no reconocía a otro rey que a Carlos IV. Y éste, decidió ir a Bayona para recuperar la corona, siendo recibido y agasajado el 30 de abril por Napoleón como el verdadero rey. Comieron todos juntos en amor y compañía y el corso les comunicó que lo de la corona, pues que bueno, que se lo había pensado mejor. Que ni uno ni otro, que a mamarla. Que el rey de España iba a ser su hermano José y que ellos se quedaban ahí, en Francia.

Mientras tanto, las noticias iban llegando y los españoles se empezaban a calentar. Ese odio acérrimo al vecino empezaba a aflorar. Aquellos franceses, con su arrogancia, pedían a gritos que los degollaran. El caso es que la gente empezó a llegar del campo a Madrid diciendo que qué cojones era aquello, que dónde estaba el ejército, que dónde estaba el Gobierno, que donde estaba el rey. En definitiva, que quién iba a mandar todo a la mierda y a luchar. Y el Dos de Mayo, mientras los franceses se intentaban llevar a Francia, de madrugada, al infante Francisco de Paula – hijo de Carlos IV – último miembro de la familia real en España, alguien articuló un grito que dio paso a toda la crueldad de la que sólo los españoles somos capaces. Un grito con el que comenzaría la Guerra de Independencia.

¡Que se lo llevan!

Entonces, el gentío empezó a montarla. Gente de a pie: herreros, mozos de cuadra, costureras y panaderos. Murat, flipando ante aquella muchedumbre enfervorecida que golpeaba a sus soldados, ordenó hacer fuego sobre la multitud. Y aquello fue la gota que colmó el vaso. El pueblo – abandonado por sus gobernantes y su ejército – se armó de cualquier manera y luchó. Luchó porque le salía del pecho, porque la venganza le temblaba en las manos. Luchó porque la infamia le había desbordado y la vergüenza le ardía en la cara. Luchó por decencia, por dignidad. Por el que dirán. Porque qué pollas era eso de dejar paso a los gabachos como si nada.

Los franceses comprendieron, aquel día, que se habían equivocado. El pueblo de Madrid – junto a los militares Luis Daoiz y Pedro Velarde – se lanzó a la calle, improvisó armas y le plantó cara al despotismo apretando los dientes y acuchillando a matar. En inferioridad, sin caballería, sin oficiales. Una explosión letal de arrojo y cólera.

Imagen relacionada

Es lógico, como digo, que el Petit Cabrón, en Santa Elena, diez años después, recordase aún, aquel día, con cierta turbación. A su secretario le confesó que manda huevos, que quién lo iba a decir. Aquellos hijos de puta armados con navajas enfrentándose a cara de perro a los mamelucos, coraceros y húsares del ejército francés. Y así quedó recogido en el Memorial de Santa Elena:

Enfoqué mal el asunto; la inmoralidad debió resultar demasiado patente; la injusticia demasiado cínica. Los españoles, todos, se comportaron como un solo hombre de honor.

Hay cosas que deberían ser inmutables. No sé. Mi madre, la luz de Turner, los artículos de Reverte, el tuit del alarmista, la película de Troya (Aquiles conquistando la playa), el cielo de Tiedra, aquella sala solitaria del Prado (aquel cuadro de Trafalgar), el cansancio de la Batalla de los Bastardos, las resacas introspectivas y melancólicas de los domingos y Las Ventas.

Entro en la plaza con respeto, como si entrase en un templo al que soy ajeno. Me pierdo, con asombro, en los detalles; descubriendo otro yo que se emociona con algo que no entiende, pero que siente en el estómago como una evidencia. Las Ventas es un viaje en el tiempo. Los colores – rojo, blanco y albero – el olor a campo, la tradición, la fiesta; el homenaje al valor. El arte del toreo como renuncia, un desafío a la época que nos ha tocado vivir. Rafael de Paula mostrándonos el camino de vuelta:

Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás; pero también como se vive, o como ha de vivirse, a compás.

O como ha de vivirse. No me gustan los toros, pero aprecio el coraje. Entiendo que, cuando un pollo se viste de luces, se santigua, resopla y se planta delante de media tonelada de mala hostia con cuernos, los tiene bien puestos. Llevo el alcohol justo en la sangre para que me hipnotice el movimiento. Para que aprecie si abre la mano, si el toro acompaña; si hay, en definitiva, armonía. La plaza otorgando a cada faena el silencio necesario para llenarla de abismo. Treinta mil gargantas conteniendo la respiración.

Y después, en la distancia, entre la bruma del olvido y la luz de lo eterno, más allá de la desesperación, rozando el enojo, está Roca Rey. Un chaval de veintidós años que vino de otro planeta – donde no existe el miedo – para enseñarnos lo que es aguantar de pie. Lo que es el desplante, la agonía. Lo que es vivir.

IMG_1875.jpg

¿Y qué esconde? ¿Qué pretende? ¿De dónde viene ese desprecio, ese amor, esa mirada? Somete a su antojo a la luz mientras arquea la espalda, estira las piernas y el pecho se le llena de un dolor desconsolado que le permite bailar con el toro como quién se despide, para siempre, de un amor imposible. Recurre a la rabia porque sabe que las cosas tienen siempre un final. Esa nostalgia que le satura los pulmones y se convierte en aliento; y grita para ayudar al animal a encontrarle, para fundirse con él en una maniobra que nos lleva, al resto, al borde del colapso; perfilándose ante la muerte para condenarnos a la vida.

Y al final, silencio y una estocada. Roca Rey cubierto de sangre y, tras él, la certeza ineludible de que todo ha acabado y hemos sobrevivido.

La gente, desorientada, comienza a aplaudir con una timidez intrínseca al desgarro. El pecho compungido y roto de cada uno, donde irremediablemente se confunde la piedad con la belleza, la muerte con el arte y el dolor con la vida. Entonces, el clamor crece – mientras la muchedumbre recuerda quién era – y el cielo se llena de pañuelos blancos y suspiros. De todas las promesas que ya no saben a derrota.

Pero yo sigo estático, pensativo, incompleto. Contemplo la profundidad de la plaza, la sangre, el artificio, el trágico ritual del que soy partícipe. Y siento, de pronto, como todo encaja.

Aquellos presos de la Cárcel Real que pidieron al alguacil salir a combatir al francés, jurando volver cuando todo acabase. Un campesino que, hace doscientos años se dio la vuelta, escupió al suelo, y con una navaja y un sable se enfrentó a una carga de coraceros, él solo, en una angosta calle de Madrid, para salvar a dos niñas que corrían asustadas. Aquiles, destrozado por la muerte de Patroclo, vengándole; precipitando al Hades el alma de múltiples heroes esforzados. Churruca, en Trafalgar – la furia de aquel cuadro – al mando del San Juan Nepomuceno, pidiéndole al guardiamarina que clavase la bandera al mástil. Que aquel no era día de rendirse, que aquel era día de morir. Roca Rey, envuelto en su misterio, recordándonos el valor del que una vez fuimos capaces; la osadía que a veces olvidamos. Velarde y Daoiz – altivo uno, profesional y resignado el otro – combatiendo en Monteleón. Al frente de sus hombres, heridos, exhaustos, cubiertos de pólvora, de sangre; seguros de sí mismos. Peligrosos como la madre que los parió. El orgullo, el valor de aquel tercio español improvisado que rechazó la carga de los mamelucos en la Plaza Mayor. La entereza para no huir, la frialdad inhóspita de aquellos incautos. Avanzar, resistir, romperse. Ser fiel a uno mismo. Mirar de frente. Luchar pese a todo. No rendirse jamás.

Miro a Gonzalo que, sin expresar nada, entiende mi calambre y sonrío.

Al final, digo, todo encaja. En el golf, en los toros, en la guerra, en el amor. Los hombres llevamos vagando perdidos desde hace miles de años y siempre fue la misma historia.

Lo único que nos diferencia es cómo vivimos y cómo elegimos morir.

Anuncios
Al final del silencio

La barca de Caronte

Tengo unos amigos que son, definitivamente, subnormales. Pensaba en ello el otro día, en la despedida de Joaquín. Después de 40 años cotizando y con 64 hierros en el coleto decidió que ya era suficiente. Recursos Humanos montó la fiesta que se merecía y en su discurso le tembló la voz y, como debe ser, le faltaron las palabras. Después, entre copas, aparecieron los detalles sobre cómo Joaquín y Claudio se habían conocido, el calambre que les había unido. Por lo visto, Joaquín ayudó a Claudio y a su madre con cierto papeleo tras el fallecimiento de su padre. Y al escucharlo, me acordé de aquella conversación en Granada, en la despedida de Goitia. El crujir de hielos, las siete de la tarde – todos recordando aquel enero donde compartimos un fin de semana con Luis en Barcelona. El ofrecimiento de ir a cazar a su finca, cómo nos sorprendió a Maik y a mí hablando de lo putos amos que éramos los de ICAI (su carcajada al descubrirlo), el concierto de Izal, aquella cafetería donde nos alcoholizamos sin remedio. El comentario del puerta de Bling Bling cuando nos vio llegar a las once de la noche arrastrándonos por el suelo: “Joder, estos vienen calentitos”. Somos lo que arrebatamos al olvido. Eso es así. Estamos hechos de lo que perdemos. También de nuestros triunfos, de nuestros logros, pero lo que duele en la mirada es ese camino ya para siempre intransitable. Una risa, un rostro, unas manos, las palabras que nunca dijiste y que son para siempre tuyas. A Fredi le lleva abrasando esta certeza desde hace mucho tiempo y sabe que recordar a los que ya no están es el mejor de los homenajes. El único. Recordar – del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón. Y en aquella mesa, en Granada, a las siete de la tarde, Fredi se emocionó porque recordábamos a Luis. Y todos nos emocionamos con él.

Un sextante. Claudio explicó que lo había comprado en un anticuario y que le había acompañado desde la fundación de la empresa. Era un objeto antiguo, poco práctico, grande y pesado. Pero era un jodido sextante. Auténtico, genuinamente real. Con él, perdido en la inmensidad del océano, solo hace falta el horizonte, el sol y la hora del día para conocer la latitud del navegante. Un sextante – en un viaje, en una aventura – te permite saber donde estás. Concede la realidad necesaria para ubicarte y te recuerda hacia dónde te diriges (o de dónde huyes). Fue el regalo que le hizo, a título personal, Claudio a Joaquín. Para que siempre sepas volver, creí escuchar. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, y de pronto todos fuimos marineros, el aire se llenó de salitre, de viento, de gaviotas; y nos sentimos libres y audaces. Aquella frase nos permitió ser corsarios. De pronto, estábamos (y nunca mejor dicho) en alta mar; y todo dependía de la fuerza de nuestros brazos, de nuestro arrojo y de nuestro valor.

Fue una buena despedida. Después de las palabras vino el alcohol, pero yo, como buena prostituta que soy, tuve que volver a currar. Todos mamándose por la oficina y yo haciendo cash flows. Pero entre tanto número, celdas de excell, rentabilidades y múltiplos, volví a pensarlo: Tengo unos amigos que son subnormales. Esa certeza me arrancó una sonrisa y un suspiro. Intenté concentrarme en lo que hacía, pero en realidad había vuelto a Granada. A las seis de la mañana. A Borja completamente etílico buscándonos, desesperado, por la discoteca. Repitiéndose que es imposible, que debería poder salir de ese garito de mierda; pero, oh destino inefable, no conseguía encontrar la salida. Además, había perdido el abrigo. El viernes el jersey y el sábado el abrigo. La gracia del siglo. Le había preguntado varias veces a la chica del ropero si tenía un abrigo negro y absolutamente todas las veces le había mandado a la mierda. También, le preguntó si por casualidad no tendría un aparato bucal. No sé, alguno, el que sea. Que él había perdido el suyo hace unas semanas y que cualquiera le valía. De repente notó un dolor en el brazo izquierdo y se alejó del ropero para acercarse tambaleándose – como si estuviese en un barco, como si fuese un pirata empapado en ron – a un puerta.

– Perdona…

El puerta le miró como si estuviese resolviendo un sudoku y le acabaran de interrumpir.

– Es que… creo… Creo que me está dando un infarto.

El puerta le miró de arriba abajo. Borja, en camiseta, sujetándose el brazo derecho (que no el izquierdo) con los ojos girándole en la cara como un camaleón. La boca tiritando de la mega mierda que llevaba.

– Borja – dice el puerta, llamándole por su nombre, sin un atisbo de duda – me llevas tocando los cojones toda la noche. Vete a casa de una puta vez.

Sonrío desarmado, ahogando una carcajada, delante de la pantalla. Recordando. Una de mis jefas entra gritando que está borracha y yo le digo que eso está muy bien. Que es muy bonito. Terrés escribió  hace mucho  que los cambios pocas veces son para mejor. Pienso en Joaquín y en su mirada lejana de mar abierto. Pienso en su tristeza, en su voz rompiéndose contra las rocas. Leí el otro día que la Playa de las Catedrales se está yendo a la mierda debido a la afluencia masiva de turistas, que causan desprendimientos. Leí también que la playa tailandesa donde Leonardo DiCaprio rodó La Playa ha tenido que cerrar porque los turistas estaban jodiendo el ecosistema. Otro artículo, desolador, contando cómo habían cazado a una manada de elefantes en Zambia con kalashnikovs, acribillándoles sin piedad. Todo por el marfil de sus colmillos. Y puede que el subnormal de Terrés tenga razón y que sea verdad – los cambios pocas veces son para mejor. Ya no se puede viajar, ni comer, ni querer como antes. Todo es estándar y replicable. Todo tiene un nombre, un precio, una pega. Puede ser. Pero, de repente, se me va la olla (el miedo, las dudas) y, de un día para otro, me mudo al centro de Madrid y vuelvo a tener conversaciones a la hora de cenar que suplen mi apatía. Que la arrinconan. Y un día, Rober me cuenta como su abuelo, rodeado de su familia, en su último estertor, le miró a los ojos y le dijo: “Creo que estoy preparado para morir”.

Cuando Paco de Lucía quería definir el duende de una canción o de un guitarrista que se arriesgaba llegando hasta el final para buscar lo que quería expresar, cuentan que simplemente decía: “Tiene abismo”.

Hay frases que cuando las escuchas (o las lees) te llenan de la melancolía necesaria para seguir luchando. Por un lado – nostalgia por lo que perdiste, por lo que disfrutaste, por lo que quisiste con locura. Por el otro – valor, coraje para lo que vendrá. Siempre llega ese lunes de mierda, a primera hora de la mañana y eres Joaquín y ya no hay copas, ni discursos, ni despedidas. No hay ni siquiera una oficina a la que volver. Una rutina a la que aferrarte. Solo nos queda respirar profundamente y disfrutar de la zozobra. Aceptar la incertidumbre del mañana. Quién sabe. A lo mejor la vida te pone en las manos un sextante, y consigues, por fin, regresar. O huir.

A lo mejor, si tienes suerte, el camino se hace largo. Y puede que, por las noches, contemples las estrellas. A lo mejor te enamoras, luchas y te traicionan. O a lo mejor viajas, a lo mejor tienes hijos o un barco. A lo mejor pierdes con clase y vences con osadía. A lo mejor te decepcionan o a lo mejor te llenan los ojos de luz. A lo mejor – qué cojones – vives. Y al final, rodeado de todos tus recuerdos y cicatrices, puedes suspirar derrotado y admitir, por fin, que crees que estás preparado para morir.

Sabiendo que otros te recordarán.

Resultado de imagen de sextante marinero

P.S. Borja es Ingeniero Industrial del ICAI y en agosto comenzará a cursar el MBA del MIT. Ahí es nah. El gilipollas.

La barca de Caronte

Detrás de todo este espectáculo de palabras

La certeza de los años. La madurez del estío – el invierno que avanza y se desmorona. Aquella atalaya de Londres desde donde contemplaba con placidez resignada – los días despejados – los tejados, las chimeneas y el cielo, mientras abajo, en mi oficina, Lorenzo y Pierandrea me disculpaban encogiéndose de hombros, mirándose, resignados, conocedores de los entresijos del corazón, del alma humana, de la potencia de un adiós definitivo. Viene a mi esa imagen como un reflejo. Esa ventana, el canto de las gaviotas, la proximidad del Támesis. La incipiente humedad del día, la melancolía que me invadía. Por lo menos allí había distancia, soledad; días de lluvia, atardeceres encendidos, parques infinitos, edificios que cantaban sobre la guerra y el tiempo, sobre el tiempo y el amor, sobre la muerte y la vida. Pienso en aquella terraza –  si fumase habría subido ahí con el impulso suicida de llenarme los pulmones de petróleo – en lo que sentía cuando subía allí, en quien era y a donde quería llegar. En lo que me estaba convirtiendo.

Foto 2.JPG

El otro día. Un restaurante. Tres colegas. Un anuncio de boda – otra más –. Enhorabuenas y abrazos. El que se casaba, sonriente, feliz, se giró para contemplar mi tranquila apatía y me lo soltó como si nada: “Por cierto, vete preparando el discurso, porque 100% vas a hablar en mi boda”. Pronunció el “cien por cien” con una rotundidad que me faltó llevarme el índice al pecho: ¿Yo? ¿Hablar en tu boda? ¿De amor, de compromiso, de felicidad? Estás tonto, ¿yo? Que he hecho de la pérdida un deporte; que aún conservo un temblor indescriptible en las manos, en la garganta, en la vida. De verdad, tío, ¿yo?

Y me dice el cabrón – sí, tú. Para que vuelvas a escribir, cojones. Para que creas en algo. Para que regreses.

Y recuerdo que pensé: ¿Regresar de dónde? Como si no lo supiera. De su piel, de sus piernas, de su sonrisa, de su manera de chasquear la lengua, de sus manos mientras explicaba las cosas, de aquel día de julio en el que sus ojos verdes resplandecían cuando les daba la luz del sol y el viento bailaba en su vestido. En definitiva, de mi puto turismo emocional. Y volví a pensar en la terraza – en mí terraza –. Donde conseguía hacer, por un segundo, las paces conmigo mismo. Perdonarme. Los brazos apoyados en la barandilla, el día despuntando – las diez o las once de la mañana – y yo ahí, ensimismado como un gilipollas, perdiendo el tiempo, recordando otros días donde la felicidad me vistió de héroe griego y conquisté Arcadia. Así que, el otro día, etílico después de dos cervezas – siempre fui un pusilánime con carisma – llegué a casa, cogí un papel, la estilográfica de Moreton, ajusté la luz y escribí el discurso del tirón, rompiéndome en cada frase. Incinerándome. Recordando – recordándome – con una honestidad que me agrietaba por dentro, que es mejor arder y consumirse que permanecer entero.

“¿Y sabes? No supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara”

Como decía aquella puta canción, no supe que estaba triste hasta que me pidieron – en mi caso – que escribiera. Me froté los ojos, cansado, releyendo mi proclama, mi grito, mi jodido abordaje, y yo que sé por qué me acordé de todo lo que no había escrito hasta ese momento. Recordé el impulso, las palabras en mi cabeza, las frases que no había querido que crecieran en mí. El miedo que aún sentía, el vértigo que me seguía invadiendo en cada recuerdo. Me acordé de Diamantes de Sangre, de London Boulevard, de todas las películas que acaban mal. Me acordé del torrijo de Lyovin proponiéndole matrimonio a Kitty, de Kitty enamorada de Vronski, de Vronski largándose con Anna Karenina. Me acordé de todas las tragedias, de todas las historias de amor truncadas. De la voz destrozada de Beret cantando Vuelve. De las palabras que Horacio repetía siempre a los Buendía, del post Incendios en la Nieve del Manual de un Buen Vividor. Recordé los Diarios de Gil de Biedma, cuando se va de Filipinas, cuando se arrepiente de no haber escrito una última carta a su amante. Una última carta de desgarro, de despedida, de amor, de melancolía, de dicha, de destierro.

El caso es que paré, empanadísimo, en moto, hace nada, en un semáforo en rojo. La palabras me habían vuelto a encontrar e iba repasando el discurso de la boda en mi memoria; dándole vueltas a un párrafo. Evocando – mientras sonreía – una frase que me dijo mi padre el otro día mientras comíamos en Bibo que me había recordado a otra que soltó cuando yo era pequeño y a él aún le gustaba cazar. Y pensaba, también, qué puto remedio, en ella.

Entonces, la luz del atardecer, la Castellana, el ralentí de la moto, el frío que hacía en la calle y el otro, el que llevaba yo dentro, me transportó a un lejano mes de marzo en el que me llevé a mi primo a montar en moto a Tiedra. Un finde lleno de nostalgia, con esa débil luz primaveral de la meseta – traslúcida, herida – que da ganas de morirse o de matar. Esa luz melancólica que nos acompañó mientras recorríamos los campos de trigo, mientras mi primo intentaba olvidar y rehacerse. La combustión de la gasolina rompiendo el silencio del atardecer y él intentando permanecer entero. Aquella loma donde le prometí que le dedicaría mi novela – “Para Luis; aquella loma, aquel río, aquel camino” – mientras él revisaba el WhatsApp con manos temblorosas. Los paseos, por la noche, contemplando la infinidad de estrellas y todas aquellas preguntas desesperadas y sinceras que me conmovían hasta lo indecible: si aquel dolor en el pecho le duraría siempre, si podría volver a dormir bien, si aquella ansiedad desparecería, que porqué las cosas hermosas se nos rompen en las manos. La certeza de estar perdiendo un amor irrepetible. El miedo a no saber (o no querer) volver a empezar.

Foto 1.jpg

Y todas aquellas preguntas – preguntas que yo creía lejanas e imposibles – las reconozco hoy en mi como un diagnóstico. Como una evaluación terrible y definitiva sobre mi estado terminal. Como si estuviese roto. Como si necesitase que alguien me llevara a montar en moto, como si mirase las estrellas haciéndome las preguntas más antiguas del mundo, como si estuviese perdiendo algo hermoso, como si algo único se me hubiese roto en las manos. O sin el cómo.

La última vez que escribí sobre ella me dijo que lo hice con rabia. Pero no era así. Era, tan solo – y se lo dije después – un pobre hombre intentando permanecer entero mientras la combustión de la gasolina rompía el silencio del atardecer. O se rompían otras cosas, yo qué cojones sé. El segundo viaje a la Costa Brava (aquella habitación alejada del mundo), los sábados de resaca en su casa con Goiko Grill, ella y yo bailando etílicos en Amazónico, las llamadas a las nueve y veinte de la mañana antes de entrar a currar. Su sonrisa – esa que me dedicaba, siempre, antes de llamarme subnormal – o los besos de película que nos dábamos en el portal de su casa. Su mirada – aquellos ojos inverosímiles – cuando se daba cuenta de que me quería sin remedio. La ternura de sus manos. Todas las terrazas de Madrid donde nos bebimos el tiempo.

No. Nunca podría haber habido rabia porque ella era Arcadia, Ítaca, el lugar al que se dirigía Inman, todas las películas de amor que acaban bien, la última conversación por teléfono de Diamantes de Sangre. Lyovin casándose con Kitty.

J.R. Moehringer escribió que “La vida es una sucesión de historias de amor, y cada una de ellas es la respuesta a la anterior”. Y ella era, sin duda, la respuesta a todas las mías.

El semáforo se pone en verde y yo acelero sin mucha convicción. Recuerdo la mirada preocupada de mi padre, el otro día, en Bibo, diciéndome que ojalá pudiese sufrir por mí. También le recuerdo – yo mucho más pequeño y él aún con bigote – con una escopeta en las manos, moviéndose despacio entre las encinas del coto de Villavellid, indicándome que no hiciese ruido. Aquel tiempo en el que aún disfrutaba del rececho, de la adrenalina, del temblor de un arma al dispararse. Recuerdo su voz, su mirada despierta, el tacto de sus manos, mientras me decía que huir solo sirve para morir cansado. “Hijo, siempre hay que luchar”. Y acelero, ya con vehemencia, perdiendo la mirada en el cielo de Madrid. Imaginando que mi primo me acompaña mientras desciendo por una ladera imposible con espigas de trigo rozándome las rodillas y que la luz del atardecer nos invade y nos salva, nos zarandea y nos transporta a otro lugar donde el amor triunfa y no hay dolor, ni suspiros, ni congoja. Acelero, diciéndome que sí, que las preguntas son siempre las mismas, que todos estamos un poco rotos y que cuando todo va mal pienso en ti. Que hace falta tiempo. Que hace falta soledad.

Pero – y lo sé – hay cosas que permanecerán en mí sin ningún tipo de remedio. Instantes llenos de calambre y emoción. Recuerdos que me dan forma, que me explican, que me acompañarán siempre. Y no puedo evitar imaginarlo. Ella corriendo a mi lado (y perdiendo un pendiente) por aquella siembra, un domingo, buscando las vistas para una casa que ahora ya no tiene tanto sentido sin sus manos, sin su criterio. Contemplando juntos el horizonte, con los campos desiertos a nuestros pies. Con el futuro por delante.

Acelero. Acelero y vuelvo a aquella terraza, la de Londres, que ya siento lejana y extranjera. Aquella terraza donde puedo recordar mejores días. Días como aquel domingo. Días como la mirada sincera de mi padre. Días en los que la felicidad me vistió de héroe griego y conquisté Arcadia.

IMG_1502.jpg

Detrás de todo este espectáculo de palabras

La casa de las dagas voladoras

Lo he escrito muchas veces: Hemingway dijo una vez que no se puede escribir sobre un sitio hasta que te has marchado. Son las 4 de la mañana, una brisa cálida e inverosímil entra por la ventana y me encuentro observando con ternura las proporciones de mi cuarto. La mesilla de noche a la que hice un agujero para meter el cargador. Mi cama, la colcha, las almohadas. Mi cuarto vacío, sin mí. Con los restos de mi pasado. Las huellas que cantan que un día existí. Libros, los mecheros, un cajón lleno de multas. Las conversaciones que las paredes de mi cuarto esconden. La experiencia, la memoria, la reflexión de la sombra. El milagro de la amistad.

IMG_0387.JPG

La luz mortecina de la mesilla de noche concede a la situación la melancolía necesaria. La nostalgia precisa. Que le jodan a Hemingway. Tengo entre los dedos la estilográfica que me ha regalado Moreton. Me palpita en el muslo el tatuaje que nos hemos hecho en un arrebato de sinceridad, de familia, de instinto. Un grito contra la impostura, a favor de la sangre que eliges. Un tatuaje que habla de cerraduras, de posibilidades. De cosas que se abren y se destruyen. De rehacerse. Un tatuaje que habla de nosotros. Un tatuaje que dice que nunca nos podremos olvidar.

Y cómo cojones podríamos hacerlo.

Han sido dos años llenos de traspiés, de viajes, de desvelos, penurias, éxitos, derrotas y esperanza. Sería injusto no mencionar a La Roche, a Chefo, a Silverio, a Miguel, a Mike, a Vela, al Primo. Miami, Infernos, La Armada, Mestizo, Ibérica, Cask, el moro hijo de puta de la esquina, el Waitrose, todos y cada uno de nuestros vecinos. Sería injusto – incluso –  no nombrar a ciertas mujeres. Pero todo a su tiempo.

Esta noche es para recordar lo que fuimos capaces de crear juntos – una familia en el corazón de la ciudad más agresiva del mundo. Recorro mentalmente Moreton Place. La calle donde aparcaba la moto (últimamente pienso que nunca le puse nombre), la torre de Artiñano reinando a lo lejos. La apacible calma que nos encargábamos de romper cada fin de semana. La aldaba del león (la que casi nos tatuamos), la puerta negra, el macetero con las bolas verdes de plástico. Atravieso la entrada y recorro el cuarto de las bicicletas, que es a la vez cuarto de invitados, el cuarto de la plancha, de los abrigos, de las camisas; el cuarto de Vela. Enfrente, la cocina. La mesa de madera donde tantas conversaciones se fraguaron. Gritos, insultos, comida, Doritos con la salsa esa de mierda que estaba de cojones. Risa en general, en particular, como conclusión y sustento. Risa envuelta en todos los aromas que impregnaban, a diario, aquella cocina; una cocina traída de algún lugar que aún conserva – intactas – la cordura, las ganas de vivir, la fuerza para seguir luchando. Recuerdo ciertos detalles, detalles intrínsecos a aquel espacio: Amaro vestido de biciclista comiendo pollo, Juan con gafas, concentrado, cocinando cualquier cosa, Alfonso trajeado y su salsa de tomate, Maligna en calzoncillos y calcetines cortando lomo. Cada uno con una frase, un comentario personal y sincero. Un modo de ser, unas personalidades que, mañana, cuando regrese a España, cuando abandone esta isla, perderé para siempre.

IMG_0077.JPG

Se me encharcan, otra vez, en esta madrugada, – aún más – los pulmones de pérdida. Y empiezo, para variar, a recordar.

A Juan le conocí en Salamanca. Abrió dos veces una puerta, la segunda vez pensando que era otra. Representando el error humano más antiguo. El más obsoleto y fatal: tropezar con la misma piedra. La primera vez que nos tomamos en serio fue hablando sobre el número de soldados muertos en la segunda guerra mundial. Aquel atisbo de comprensión, de interés por el pasado. Después vino todo lo demás – John, Johnie, Jonathan, Unpredictijohn. Imprevisible, volátil, carismático. “¿Qué pasa papi?¿Nos mamaremos accordingly?“. Supongo que todo empieza con los porros de maría, pasa por las películas de Kurosawa y termina en Kvothe. Vertebrándose, todo, en el placer de la lectura, en las carcajadas leyendo La sombra del águila, en las conversaciones en la terraza sobre el tiempo y el amor. El sofá como refugio, el aprendizaje de italiano, el póker, las tías que le sacaban a él – curiosamente a él – los temas más escabrosos que habían decidido olvidar. La boina, Dorothy, los feeling unwell de los martes, la coca cola light con hielo, los huevazos al vecino, la frente sudada, la risa fácil, la mirada honesta. Una persona que, si no conoces, la inventas por necesidad. La constante rivalidad con el subnormal de Maligna.

A Maleficiencia le conocí en Santander. Era un niñato de diecisiete años, alto y deforme, y yo era un subnormal de veinte, peludo y también deforme. Lo único que nos diferenciaba es que yo tenía coche y él tenía ganas liarla. Fue amor a primera vista. Nos reencontramos, cinco años después, en el concierto de Melendi, en Londres. Y la llama seguía intacta. Seguía siendo alto, era menos deforme y le habían crecido – como una enredadera, como las uñas, como el vértigo – las ganas de liarla. Y la liamos. Una ciudad que no conocíamos pero que íbamos intuyendo en cada copa, en cada garito, en cada palpitar juntos. Después de cada noche, llegaba la luz, el alba; y con ella venían las confidencias, el día a día, la comprensión, las cosas bien hechas (aunque nunca pidió un puto Uber). Le robé mil camisas, un abrigo, un cargador y las ganas de vivir con el desparpajo de la gente que sabe soltar lastre. La nitidez de cada mañana cuando yo bajaba las escaleras con desgana – esa desgana implícita en cada madrugada – y entraba en su cuarto para observar cómo se anudaba la corbata con esmero; con esos ojos cansados y esa sonrisa, resuelta, al verme. “Joder, estoy destrozado“. A pesar de la confrontación, de las mañanas etílicas en las que casi acabamos a tortazos, también ha sido refugio y consuelo. Un lugar al que recurrir cuando todo se desmoronaba y la fría lucidez de quien ve más allá era necesaria. La tranquilidad de quien conoce los resortes del alma humana; esa serena y extraña habilidad que – como dice Amaro – le permite orquestar un método en su locura.

A Amaro le conocí tres semanas después que a Maligna, en Llanes. Aquel mes de agosto que me llenó el armario de futuro. Llegó el último a Londres y ha sido – y es – mi compañero de desvelos. Supongo que convivir en el último piso de un manicomio y compartir baño durante un año te hace merecedor de cierto estatus; digno de un indiscutible rango. Estoy sentado en el suelo de mi cuarto escribiendo y le imagino paseando de lado a lado, como tanto otros días de este año que ya son irrecuperables. Analizando la parte más humana de cada acción, de cada frase. Oigo como llama a mi puerta para ir a nadar, para hablar a la una de la mañana sobre la necesidad de ser un cabrón, para poner verde a Barrera, para convencerme de que el Garmin es la polla. Me veo recorriendo su cuarto, atrapado, enjaulado, violento e indeciso, reproduciendo a la inversa todas las conversaciones en las que nos volcábamos. Le veo llegando a casa, saludando y diciendo: “¿Qué pasa chicken? Joder hoy he nadado mil quinientos metros en tres segundos“. Le visualizo realizando la complicada maniobra del timonel holandés, le veo durmiendo etílico con zapatos. Le siento, al otro lado de la pared, y le extraño en la distancia que ya nos separa; aunque siempre le quedará Alfonso para retroalimentarse.

Alfonso era el único al que no había conocido en Madrid. Adivinábamos en cada conversación – en cenas, en copas, en conciertos –  la amistad que en un futuro surgiría sin remedio. Aquella complicidad propia de los que antes de conocerse, ya se conocen. Fue una noche (una de tantas) en Raffles; no nos dejaron entrar  sobornando a los puertas y decidimos, con el amanecer en los bolsillos, volver a casa. Le hablé de Delibes, de aquella mujer con carácter que quería – que necesitaba –  en mi vida, una mujer de rojo sobre fondo gris. Una bestia social que cuidaba de un pintor brillante y apático. El reloj de pared destripado y lleno de libros. Ahí, supongo, empezó todo. Y todo llegó después. La conversación en la que le dimos la última vuelta – el último giro de tuerca – a la novela, la temperatura de la ducha, la necesidad de luz en la nueva casa. Las putas pesas que olvidé, las mudanzas. Las conversaciones en la cena, el otro punto de vista; las segundas y terceras derivadas de su jefe. El futuro. Aquella cena en Ibérica que estuvo llena de altura. Su cuarto amueblado tres veces. Su puto sombrero dado la vuelta que utilizaba como mesilla. El colchón en el suelo. Su antifaz, los tapones. La salsa de vino, el gazpacho, la vuelta que le dimos a mi proyecto, con Amaro, en aquella noche desesperada: el service debt coverage ratio. Su paciencia con los números, su afán por explicar y entender. Su mirada sin juicio y su calma resuelta. El agradecimiento que siento por su serenidad ante mi inquietud en estos últimos meses. Aquellas largas llamadas para recuperarme. La canción de Notorius que me regalaba cada domingo.

Cojo el móvil, abro Spotify y pongo Old thing back; y le veo, le veo joder. Veo a Alfonso mover de arriba a abajo, serio, la cabeza mientras escucha la canción. Nos veo a todos de resaca, en silencio. Con pantalones cortos en cualquier Uber dirigiéndonos a defender a una Armada en la que dejamos de creer hace ya cuatro meses. Juan reconociendo que ni un jodido domingo le había apetecido ir a jugar al fútbol.

Perdí, junto a todos, el miedo al abismo del domingo en aquella casa previa de sofás blancos y techos altos. Comprendí – atisbé – que la vida es sencilla. Que somos nosotros los que decidimos complicarla. Que merece la pena y que siempre hay que jugar. Que hemos venido a palmar y que el calambre es necesario. Que si te equivocas es por que lo has intentado; que quedarse quieto – con el dinero, con el amor – no sale rentable. Que la soledad compartida no es tan definitiva y que no hay mejor terapia que hablar las cosas con el corazón, el hígado y los pulmones en la mano. Que llorar es de valientes y que levantarse es cosa de uno mismo. Que nadie puede salvarte  – uno se salva a sí mismo o se pierde – pero que un abrazo, una conversación, o una sonrisa a tiempo diluye la rabia. He aprendido que amueblar una casa te enseña a ordenar tu cabeza, tu paciencia, tu instinto; y que cuidar de cuatro subnormales te prepara – a la larga – para cuidar de ti mismo.

Recorro en mi cabeza cada estancia de 17 Moreton Place – de la Casa de las dagas voladoras – y una profunda inquietud me llena el estómago de añoranza. Mañana, como siempre, contemplaré, por última vez mi casa. Estos cuartos, este salón, esta terraza, esta cocina, esta calle que ha vivido mi insomnio y mi alegría, mi felicidad y mi desgracia. Transitaré, como un fantasma, por aquellas habitaciones, por aquellos salones que me vieron crecer y convertirme en la persona que he conseguido llegar a ser. Una persona que habría sido imposible sin esta casa, sin esta familia, sin esta ciudad. Cierro los ojos y siento, otra vez, la brisa cálida del amanecer que se acerca inexorable, un amanecer que me cambiará la vida. Sonrío – con esa sonrisa familiar, de lobo estepario cansado – y me digo que, definitivamente, Hemingway tenía razón.

No se puede escribir de un sitio hasta que te has marchado.

FullSizeRender.jpg

La casa de las dagas voladoras

Que duela lo que tenga que doler

Las cosas siempre duran un poco más de lo que deberían. Pienso en ello en la Terminal 1 de Barajas. Son las seis de la mañana y tengo que coger un vuelo a Londres, o a Calella, o a Venecia, o a San Sebastián. Ya no lo recuerdo. Y hace tiempo que dejó de importarme. Loriga escribió aquello de que la memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa. Y es verdad. Las imágenes desfilan rápido por mi cabeza. Cada recuerdo unido a cierto desequilibrio, a un vértigo que se me antoja ajeno. Una amalgama de sensaciones torturando a mi estómago, a mis manos, a lo que era yo antes de sentirme incompleto. Antes de que me arrebataran algo. Los rasgos que difumino en mi cabeza para que el pecho me duela menos. Para que el desconsuelo me encuentre llorado, y que mis lágrimas canten el amor que sentía, y que a pesar de todo no fue suficiente.

El avión despega y yo, como siempre, me concentro en las turbinas. Recuerdo con precisión las palabras de Miki, en Dubai, cuando me contaba que, en el despegue, la clave está en las turbinas. Si una falla, la otra tiene la potencia suficiente para levantar el avión. Tiene fuerza para socorrer a su compañera, para cargar con la responsabilidad de las dos. Las turbinas están resueltas a no rendirse. Y a mí se me inundan los ojos de alternativas cuando pienso en eso. Debería, quizá, a lo mejor, aquel día, si hubiese hecho, si hubiera sido, si hubiera callado. Qué más da, concluyo, si el puto avión ahora mismo se cae. Si total, quién nos dice que este mundo no es el infierno de otra vida. Intento dormir pero un extraño impulso llega a mis dedos, desbloqueo el móvil y borro su número. Y el aire se detiene en mis pulmones. Pero hay algo más. Aquella conversación, aquella línea conocida, aquella foto gris y azul que me desdice cuando aprieto los puños y me grito que ya es suficiente. Doscientos cuarenta archivos. Lo volveré a escribir más despacio. Doscientos. Cuarenta. Archivos. Fotos, pantallazos, selfies. Esos putos ojos que me persiguen, que están incrustados en el fondo de mi ansiedad y son la causa de mi desvelo. Esos ojos que me atenazan hasta lo indecible. Respiro hondo y ya, sin pudor, las lágrimas hacen carreras por mis mejillas. Giro la cabeza para ocultarlas, mirando por la ventanilla, y ahogo un lamento mientras deslizo el pulgar y corto para siempre el hilo de Teseo. Quemo los barcos, destruyo los puentes, renuncio a Cristóbal de Mondragón. Dejo que el Elba anegue mis anhelos.

Y de pronto estamos en el aire, el avión no se ha caído y la vida sigue y yo me seco las lágrimas como quien renuncia a la esperanza, al futuro o a encontrar las llaves de casa que perdió Maligna hace tres meses.

Empieza a amanecer y el horizonte es una línea de fuego anaranjada que ofrece nuevas oportunidades para los intrépidos. Yo, que siempre fui audaz, inquieto, despierto, lúcido, hoy, ya no lo soy. No ahora. Y quizá no lo seré jamás. Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Consigo dormir un poco, con los brazos cruzados sobre el pecho para no romperme, sujetándome con la entereza de un puto panda. Temblando en el recuerdo y en la ausencia. Aterrizo – creo reconocer a donde he llegado – y piso, de nuevo, como un mantra, como una triste cantinela, el suelo de la pérfida Albión. Las verdades acuden a mí y me dicen y me preguntan: ¿Qué quieres cenar hoy?  Yo respondo agradecido mientras se derrumba mi convicción. Como la vida, como el amor, como las cosas que se rompen y se arreglan, esa verdad – la que me pregunta qué quiero cenar – trae consigo un lado amargo. Y aparece cuando mi mente vuela y me traiciona y decide ser todas las cosas inalcanzables que la habrían mantenido a mi lado. No va a volver – dice aquella verdad sin ningún quiebro, sin que la voz le vibre mucho, sin saber que me hace resonar a mí como un cueva llena de murciélagos y de derrotas -. Las mujeres son así. Quiere dejar una puerta abierta. Pero no va a volver. 

Y recuerdo las palabras de Benedetti que tuve la desgracia de encontrar hace tiempo, cuando todo se derrumbaba: Creo que tenés razón, la culpa es de uno cuando no enamora, y no de los pretextos, ni del tiempo. Y muero un poco, lo justo, lo necesario para poder seguir respirando. Para poder pasar el control de pasaportes, para coger el Stansted Express e irme a tomar por el culo.

Al final, me digo, todo pasa. Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y empezar de nuevo. Le lanzo al mundo un suspiro temerario y aprieto los dientes, los puños, el corazón. Estoy vivo. Y como decía el mamao de Bukowsky, seguir vivo es la victoria. Sé – esa certeza me brilla en los ojos – que los próximos findes van a ser un infierno. Que habrá mil dudas, que lloraré, que sentiré vértigo, nostalgia, que mis manos echarán de menos su piel (al escribir esto me ha dado una punzada en el estómago). Pero también sé que está saliendo en sol en Londres. Que Amaro se ha dejado cien mil pavos en una bicicleta y que Alfonso a lo mejor le compra la antigua. Sé que Juan ha comprado una mesa y sillas para la terraza y que nos vamos a hacer un tatuaje porque de alguna manera hay que inmortalizar este año. Que Moreton Place es una familia y que me rompe el corazón abandonarles. Que mis amigos de Madrid me esperan con ansia. Que Anto está intentando recuperar Cris. Que un colega le va a pedir matrimonio a su novia – me lo dijo ayer y aún me dura el escalofrío – y que el amor existe y que aún hay esperanza, joder. Que, por supuesto, hay tiniebla. Que necesito tiempo. Que, como Gayo Máximo, necesito un Rin que me separe de mis bárbaros. De mis recuerdos, de las alternativas. Un cuartel de invierno al que retirarme, aunque sea Ibiza, aunque sea Tiedra, aunque sea agosto con mi hermano en casa.  El puto final del poema de Benedetti:

Siempre cuesta un poco empezar a sentirse desgraciado. Antes de regresar a mis lóbregos cuarteles de invierno, con los ojos bien secos, por si acaso, miro como te vas adentrando en la niebla,

y empiezo a recordarte.

Pues eso.

Que duela lo que tenga que doler

En tu final encontré la aventura

Cuando por fin, todos estuvimos juntos, eran las tres de la mañana. El hotel más decente en la calle más infame de Bangkok. Un habitación con vistas al vicio. Carteles de luz, combinados y prostitutas. Yo estaba en coma, las dos rubias holandesas habían empezado a arrepentirse y Xavi, una vez más, con sus palabras, me había anegado el corazón de una emoción lenta e indescriptible. Pedimos más botellas, más crujir de hielo, alzamos el tono de voz; comenzaron los gritos y la risas. El desafío, la aventura, acababa de empezar. Después – qué añadir – la isla de los monos, cómo dejaron K.O. a Xavi en un ring, la venganza de Abel. La villa de Koh Samui, las prostitutas que llamaron a la policía, la espalda de Vasco, Manuel fumando porros por primera vez en su vida, Gorka con los ojos fantásticos, con aquella sonrisa que le hacía volver a los quince años. Pablo con su tatuaje, sus viajes nacionales, los disparos a través de la puerta del hotel. Pablo y su mundo. El mundo, Tailandia y nosotros.

Siempre siento una amarga felicidad cuando un viaje acaba. Nada une más que contemplar un amanecer en coma. Compartir conversaciones largas, desvelos, zozobras; el tono de voz, los detalles de una convivencia fácil, que ya nos sorprendió haciendo el Camino de Santiago en putas bicicletas – los Cipocletas -. Después de cinco días de sufrimiento y sudor, ni una discusión, ni una voz. Tan solo la desesperación en los ojos de Jorgito cuando girábamos una curva y la carretera parecía no tener fin. “A la siguiente me pido un taxi. Me cago en mi vida. ¿Quien me manda venir a hacer esto? ¡Que soy un paleto de ciudad!”.

Cuando un viaje acaba significa que has sobrevivido a él. Que tus ojos han recogido cosas nuevas, tu paladar se ha equivocado, tus pies han recorrido otras ciudades, otros fracasos. Porque las cosas nunca salen bien. Las condiciones nunca son las perfectas. El tiempo (los monzones), el azar, un amigo irresponsable que pilla y desaparece, la pereza, el cansancio. Un coro emocionado y etílico que canta Un beso y una flor y que interrumpen unos ingleses lanzando buckets de vodka con kiwi. El viaje acaba. Su final te sorprende como una ex novia en una discoteca. Miras alrededor y estás en un puerto feísimo rodeado de viento, en la cafetería de un aeropuerto, tumbado en una cama intentando sobrevivir a la resaca. Bueno, dice alguien, nosotros nos vamos. El abrazo rápido, un beso en la mejilla, las sonrisas a medio hacer, ha sido la polla, te debo veinte pavos. Una tristeza que nadie se reconoce del todo. Esa alegría taciturna que envuelve cada despedida. Volver a casa, descansar, perder lo que podría haber sido. Lo que no conseguimos juntos. El viaje acaba, los días se agotan y hay que regresar a la rutina; a la decencia de ser quien eras antes de coger aquel avión. Antes de despedirte de tu novia en el coche, antes de mandar el último email en el curro. Traicionarte una vez más – la penúltima – no siendo el rufián buscavidas y cabrón que soñaste ser. El último de los mohicanos. Volver – necesariamente – a la agonía y a la felicidad de quien lucha.

Mi viaje acabó ayer. Volvimos huyendo de ese país caótico y explotado. De milagro, gracias a que Pablo se dio cuenta de que el avión salía un día antes. Cansados de tanto vuelo, de la incertidumbre del mañana, de la búsqueda de un paisaje definitivo y arrebatador. Hasta las pelotas de tanto templo y elefantes maltratados. Exhaustos, envueltos en una luz diurna, completamente derrotados. Volvía a casa – reconociendo lo inmutable, las cosas que siempre siguen en su sitio – con una paz intranquila girando dentro de mi. Todo empieza y todo acaba. Mis amigos se desvanecen, poco a poco, en mi memoria. Una extraña angustia me alcanza, me revuelca en su desesperación medida y yo dejo que me conquiste un poco. Lo justo. Llego a casa agitado, nervioso, herido y me pongo a escribir estas líneas porque, al final, estamos hechos de memoria. De lo que somos capaces de recordar un puto lunes a las nueve de la mañana yendo al curro. Sonreír mientras susurras: vaya pavo. Un pensamiento de algo inverosímil, una escena que recuperas en cada derrota; una frase, un consejo, la voz gutural de Diego analizando el porqué de cada huida. No hay alternativa a lo vivido. Venimos de nuestros errores. Al final, entre todos, conseguiremos recuperar cuatro historias. Reírnos de la policía que nunca vino, del salto a la arena desde un barco varado, los golpes en la puerta. Volver a lo que supimos encontrar juntos. Ser lo que una vez nos permitimos.

En eso consiste viajar. Viajar con amigos. Con una loca que te arranca una sonrisa. Emborracharte, exponerte, medirte; volver con cicatrices o tatuajes que cuentan una historia. La leyenda que después narras entre copas. La nostalgia de lo que nunca volverá.

Deshacerte, envejecer, aprender a observar. Luchar y devorarte. Volver a casa con los nudillos magullados y el labio partido preguntándote: ¿quién cojones bebe vodka con kiwi?

En tu final encontré la aventura

Como dicen en la Traviata: Domani

Todo empezó, supongo, cuando quedé con Juan a tomar pintas; antes de ir a Mestizo. Una ciudad nueva, costumbres diferentes y un cielo plomizo y cansado en cada amanecer. Siempre a punto de romper en lluvia, gris; un horizonte sin altura. Ahí, en un pub – seguramente de nombre absurdo: El caballo y la nieve, o El pollo y la esperanza – se rompió el cosmos, el big bang, Dios hizo el verbo. Conocí a Miki. Un pavo que no paraba de peinarse, flirtear con mujeres y beber espresso Martini. Después Maleficiencia puso la cabeza y Alfonso el saber estar; Chefo el salto de altura – la risa sin complejos. Silverio, la desnudez como bandera; La Roche su libertad conquistada, su mirada de niño perdido, su saber volver a empezar. Y de repente un Chevrolet diseñado para un coloso nos llevaba por las calles de Miami mientras una canción manoseada sonaba en la radio. Un conductor cubano sin erres en sus frases. Las ventanillas bajadas, marzo, los colores del atardecer llenando el cielo de promesas y derrotas.

Siempre he sido yo el que se ha marchado. Dejaba algo intacto a mi espalda, no miraba hacia atrás. Conocía la melancólica estela que deja una conclusión, un final – la certeza de seguir viviendo pese a todo. Primero fue Lille. Un año de blackouts y una cinta en la cabeza. Un año de postales, de miradas sedientas, de soledad y lectura. Un coche cargado: el bonsai que compramos un diciembre ya imposible, una guitarra, maletas, un edredón. La mirada empañada de mi amigo Xavi, vuelcafresas de corazón rojigualda, agitando la mano mientras se mordía los labios. Las preguntas sin respuesta. La amistad que por fin le ardía en el pecho. ¿La perdería para siempre? ¿Volveríamos a vernos? ¿Viajaríamos a más Sarajevos? ¿Conoceríamos a Vinagre, a Alicia, a Perséfone? Aún me repito que vivir es perder. Que estar roto es ese amanecer que descubres al salir de un after. Una realidad cotidiana que descubres cada cierto tiempo – y siempre es la primera vez. Ese asombro infantil ante la claridad del cielo cuando rompe el día. Tuve que perder una isla, sus rincones, el olor a jazmín, los cascos de los caballos bajo mi ventana para comprenderlo. El último helado en la Plaza del Quadrado, la historia de un amor imposible, de otro tiempo, otro espacio – su voz rasgada, la suave cadencia de su pelo cuando bailaba, aquel perfume de abismo. Leonardo DiCaprio diciéndole a los ojos azules de Jennifer Connelly “in another life maybe, all right?”. Seguir, traicionarse, perder. El corazón desolado mientras un silencioso taxi te lleva al aeropuerto y que, al final, te está llevando a otra vida. Aprender a marcharte silbando un tango. La canción apropiada para cada final – que no es otra cosa que un comienzo.

Youraregonnacallme2.png

Pero esta vez me toca a mi. Esta vez, en otra isla, soy yo el que se queda sentado viendo como alguien se marcha. Herido, abandonado, sintiendo que se llevan algo, que me traicionan. Aullando al cielo, buscando vengarme, desenterrando mis armas. Acude, a veces, a mi rostro una sonrisa de lobo solitario y cansado. Una mueca que entiende que el pasado es irrecuperable. Cruzamos, como cada domingo, en Uber, el Vauxhall Bridge – y alguien dice que esa vista del Big Ben es la mejor de Londres. Entonces yo me siento ligeramente afortunado. Por la luz, por el sentimiento de pertenencia, por la resaca que me llena los pulmones de remordimientos. Comparo el Támesis con el Guadalquivir, recuerdo lo que he leído de Mnomgo, de Herodoto, de las columnas de Hércules; y sonrío. Sonrío porque una vez le solté a alguien que las columnas de Hércules estaban en Galicia y Cádiz. Contemplo la luz del mediodía reflejándose en la corriente cambiante del río y me pregunto cuantas despedidas habrán presenciado sus riberas. Cuántos desastres, cuantos reencuentros. Cuánta desgracia inmerecida. Qué pasa cuando Aquiles sobrevive y se conviernte en Ulises y tiene sangre entre las uñas. Conrad describiendo el estuario del río, learnt by heart:

Nos sentíamos meditabundos, incapaces de hacer nada, excepto dejar vagar nuestra mirada plácidamente. El día se acababa en una serenidad de tranquila e intensa brillantez. El agua relucía apacible; el cielo, sin una mancha, era una dulce inmensidad de luz inmaculada; incluso la bruma sobre las marismas de Essex era como un tejido radiante y transparente, colgado de las boscosas colinas del interior y revistiendo las costas bajas de pliegues diáfanos. [..] ¡Qué grandeza no había flotado en el flujo de ese río hacia el misterio de una tierra desconocida! Los sueños de los hombres, la semilla de las colonias, el germen de los imperios. 

Incapaz de expresar lo que siento en ese momento (el Uber, la resaca, la inmensa alegría de respirar, de recordar, de poder sentir amor y miedo) un suspiro se hace sonoro en mis labios. Me vacía los pulmones, y la resignación se queda flotando en algún punto del paisaje. Sonrío, otra vez, una más, la penúltima, recordando lo que soy, de lo que he sido capaz. Recordando a un amigo que he perdido en el día a día, un amigo del que no conoceré más – no tanto como antes – sus inquietudes, sus avatares con las mujeres, sus decisiones y alegrías. Entonces, vuelvo sin remedio, sin ningún pretexto, como catapultado por una fuerza invisible a Miami. A aquel Chevrolet, una canción huyendo por las ventanillas, el cielo estallando para nosotros cuando aún estábamos juntos. Sin decisiones, sin ningún tipo de futuro. El viento corriendo dentro de nuestras camisetas y camisas. El frenesí etílico, la apuesta de un porvenir desesperado.

Somos lo que perdemos. Nada es inmutable. Ni la amistad, ni el Támesis, ni las Columnas de Hércules. La muerte, las despedidas, nos zarandean para que recordemos que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Dar los abrazos a tiempo, decir más tequieros –la mirada azorada de mi hermana-, saber por qué haces las cosas. Y quizá, algún día, si se es valiente; si hay lucidez, calambre y aventura, comprenderlo todo. Y entender nada.

VauxhallBridge.JPG

 

Como dicen en la Traviata: Domani